20 de enero de 2018
20.01.2018
50 años de '2001' (I)

En los confines del Universo

La genialidad de Stanley Kubrick tiene una huella indeleble en su película '2001: una odisea del espacio', una creación inagotable en interpretaciones y que se resiste a caducar en su medio siglo de vida

20.01.2018 | 16:33
Keir Dullea, el astronauta explorador de los orígenes del hombre en la película de Stanley Kubrick.

Celebramos cinco décadas de éxtasis ante una de las películas más visionarias, sensoriales y complejas de la historia del cine con una serie de reportajes que abordan poliédricamente las diversas aristas de esta obra maestra absoluta

Desde que el cine perdió su inocencia, es decir, desde el mismo momento en que dejó de ser un espectáculo de barraca de feria para transformarse en uno de los medios de expresión artística más sofisticados, complejos y versátiles del siglo XX, especialmente tras la salida a escena de George Méliès y David W. Griffith, dos grandes precursores de la técnica cinematográfica cuyos arriesgados experimentos visuales lograrían, en la prehistoria del séptimo arte, abrir las compuertas de la imaginación al tiempo que alumbraban el camino hacia la codificación de un lenguaje nuevo cuya rápida expansión, como ha quedado bien patente al cabo de los años, ha permitido esbozar un panorama particularmente sugestivo para un medio que alcanzaría el umbral de la madurez con títulos que todos retenemos, con mayor o menor intensidad, en nuestra memoria como paradigmas de un trabajo inteligente, libre, riguroso, audaz y, sobre todo, con una clara proyección de futuro.

Durante los muchísimos años transcurridos desde la muerte de Griffith y Méliès, legiones de directores no han dudado en rastrear sus huellas y las de algunos de sus más provectos discípulos, utilizando el lenguaje fílmico como un instrumento para explorar las zonas más inquietantes de la realidad y las menos visibles al ojo humano, penetrando así en la espesa madeja de misterios, incógnitas, dudas e interrogantes varios por donde transitan el pensamiento y el discurso de los grandes demiurgos del arte cinematográfico cuando se muestran dispuestos a afrontar las metas artísticas y técnicas más aventuradas, tal como sucede con la película que hoy nos ocupa.

Entre los numerosos cineastas que a lo largo de la historia han compartido con tan eminentes maestros esa posición entre radical y apasionada por la creatividad como la finalidad última de su oficio, cabe destacar, por la audacia de sus propuestas y por su interés por los desafíos más arriesgados, al gran Stanley Kubrick (Nueva York/USA, 1928. St.
Albans, Reino Unido, 1999), creador de un estilo cinematográfico en permanente mutación, artista inconformista, brillante y provocador que, hace medio siglo, transformó por completo el paisaje del cine moderno con uno de los monumentos más ambiciosos y disímiles que ha engendrado este arte en toda su historia: 2001, una odisea del espacio (2001, A Space Odyssey, 1968), una de las cumbres inobjetables de la ciencia ficción moderna y la película que alumbró un nuevo y fascinante camino para la escritura fílmica.

De este modo, la película se convertiría en el punto de partida para la revisión integral de un género -progresivamente degradado por la maquinaria depredadora del coloso hollywoodiense en su afán por saquear hasta el extremo cualquier nicho de mercado que le permita disparar su escalada en el box office internacional que obtuvo su más elevada recompensa con este formidable ejercicio de prestidigitación visual al que hoy, al cumplir sus 50 años de vida ininterrumpida en los circuitos de distribución de todo el mundo, se lo sigue evocando como una de las piezas cinematográficas más veneradas de la historia.

Y, aunque, sobre todo en la Meca del Cine, se forjaron, antes y después del estreno de esta excelente película, ejemplos del género tan encomiables como El planeta de los simios (Planet of the Apes, 1968), Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979), Blade Runner (Blade Runner, 1982), La guerra de los mundos (The War of the Worlds, 1953), Farenheit 451 (Farenheit 451, 1966), Naves misteriosas (Silent Running, 1972), Solaris (Solaris, 1972), Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, 1977), Dune (Dune, 1984), La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956), Viaje alucinante (Fantastic Voyage, 1966), Wall-E (Wall-E, 2008), La jetée (1962), Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, 1973) o Gattaca (Gattaca, 1997), el rastro imborrable que ha dejado 2001? en la memoria cultural del siglo XX sigue sin tener parangón en los anales del cine, pues, no en vano, aquella memorable epifanía artística se transformó en el verdadero detonante que establecería un an- tes y un después en los anales de la science fiction, y, naturalmente, del cine en su conjunto como experiencia cognoscitiva, conceptual y estética de primer orden.

Se cumple, pues, medio siglo de su estreno y casi dos décadas desde que abandonamos el 2001, año que durante mucho tiempo sirvió de brújula para infinidad de producciones fantacientíficas de todos los colores, intenciones y tendencias, tras la sonada première del filme el 6 de abril de 1968 en el Cinerama Theatre Broadway de Nueva York. Sea como fuere, lo cierto es que, transcurrido ya algún tiempo desde que se rompiera el sortilegio que supuso tan emblemática fecha, el mundo hoy no es tan diferente al que nos profetizaba el autor de Senderos de gloria (Paths of Glory, 1957) en su famosa película, ni sus pronósticos difieren mucho de la realidad que en el plano tecnológico, humano, político y social se ha venido extendiendo a lo largo y lo ancho del planeta con el propósito de instalarse fuertemente en el imaginario artístico de un siglo tan convulso e inquietante como el XX. Junto a la inapreciable colaboración del escritor y científico británico Arthur C. Clarke, autor a la sazón de la novela original que inspiró el propio guion del filme y, tras acumular un acreditado currículo profesional con títulos de la enjundia de Atraco perfecto (The Killing, 1955), Espartaco (Spartacus, 1960), ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1963) o Lolita (Lolita, 1962), Kubrick nos sumerge, con admirable habilidad, sin subrayados dramáticos y sin grandes y aparatosos giros de guion, casi como un cálido susurro, en una de las aventuras interestelares más hondas, misteriosas y desconcertantes que recoge la memoria del arte contemporáneo.

Una suerte de drama épico, donde el hombre se enfrenta a su inapelable destino en un marco visual y filosófico que invita a participar de cuantas pistas hacia el conocimiento y la verdad se van abriendo a lo largo y lo ancho de esta colosal superproducción, que cambió tantos paradigmas en el cine y en la cultura universales y que tanto pábulo ha prestado a la reflexión sobre nuestra presencia en medio de un sobrecogedor paisaje cósmico cuyas impredecibles fronteras nos invitan a revisar continuamente algunas de nuestras más arraigadas certezas acerca del papel real que representa el hombre contemporáneo y su civilización, tal como estamos conociéndola hoy, en medio de semejante escenario.

«Para alcanzar el subconsciente de los espectadores», aseguraba el propio Kubrick, «es preciso prescindir de las palabras y penetrar en el mundo de los sueños y de los mitos. No se debe esperar encontrar en esta película la claridad literal a la que estamos acostumbrados. Por el contrario, lo que en ella acontece es de una claridad visceral. He querido, en suma, que el filme, con su contenido emocional y filosófico, alcance al espectador a un nivel profundo de conciencia, igual que la música. Y si lo he conseguido daré por amortizados todos los esfuerzos empleados en su realización».

Contra lo que profetizaban decenas de películas y relatos de anticipación, durante los años sesenta y setenta especialmente, el mundo no parece que, al menos en el ámbito de la moral colectiva, vaya a alterarse tanto en el siglo XXI. Más al contrario, los últimos estudios sobre la materia apuntan a que ni los logros tecnológicos más sofisticados ni los más avanzados descubrimientos en el campo de la astrofísica podrán impedir la más que previsible radicalización de la desigualdad, las diferencias salariales, la discriminación laboral, la xenofobia, la intolerancia política, la insolidaridad, la polarización de la economía internacional, la aceleración de los niveles de desempleo, el analfabetismo, la desertización paulatina del planeta y un rosario de persistentes lacras alojadas durante demasiado tiempo en el mismo epicentro de esa irrefrenable tormenta de iniquidad y relativismo que sigue asolando al mundo en esta era de continua provisionalidad, recelo, posverdad, incertidumbre y confusión en la que nos hallamos instalados.
Pero nuestra cita con el año 2001 no pretende naturalmente generar ninguna nueva controversia sobre la evolución del hombre ante el nuevo milenio en el que ya estamos inmersos, pues, para hacerlo con el rigor imprescindible habría que disponer, como mínimo, de otras 20 páginas como éstas, sino acercarnos a algo que, probablemente, constituya una de las obras de creación más ambiciosas y proféticas que hayamos podido presenciar nunca en una pantalla. Un reto cinematográfico en toda regla, arriesgado, brillante y extremadamente sugestivo, cuyos resultados comerciales no alcanzaron en ningún caso las predicciones que tanto la Metro Goldwyn Mayer, su productora, como la Warner Brothers y Turner Entertainment, como compañías encargadas de la distribución internacional, manejaban antes del estreno.

En el ámbito de la crítica, sin embargo, sí corrió con mucha mejor suerte, a pesar de que ciertas voces autorizadas en la prensa especializada estadounidense no mostrasen tanto entusiasmo cuando llegaron a calificarla de «confusa y pretenciosa» o de «lenta e incomprensible» (sic). Curiosamente, algunos de sus más airados detractores se convirtieron, con el paso del tiempo, en rendidos admiradores de lo que el mismísimo Orson Welles, en un insólito acceso de generosidad, calificó como «una de las hazañas creativas más ambiciosas y fascinantes que ha emprendido el cine en los últimos 20 años».

Tal como ocurrió con Blade Runner (Blade Runner) hace 35 años, libremente inspirada en la turbadora novela del escritor californiano Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Do Androids Dream of Electric Sheep?). Otro filme icónico, inquietante y enigmático, difícil de aceptar entre los sectores más inmovilistas de la crítica de la época que, tras su estreno internacional en 1982 en la Mostra veneciana, emprendió su carrera provocando, entre otros muchos, un debate abstruso sobre la legitimidad de Ridley Scott para alterar los clichés tradicionales de un género tan popular, aportando un discurso estético que, como viene demostrándose a través del tiempo transcurrido desde su presentación, no solo no agota su capacidad de seducción sino que se ha ido convirtiendo en un sólido referente en el entorno de la ciencia ficción más bizarra y experimental.

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