07 de abril de 2018
07.04.2018
Historia

La bestia nazi tenía garras de barro

Dos excelentes libros de reciente publicación, 'Stalingrado (la ciudad que derrotó al Tercer Reich)' y 'El auge de Alemania', desmontan mitos sobre la II Guerra Mundial con documentos y testimonios inéditos

06.04.2018 | 21:32
Fuente Barmalej, en Stalingrado, en agosto de 1942.

La munición editorial de la II Guerra Mundial es inagotable. Y bienvenida sea esa abundancia cuando se trata de libros tan extraordinarios como El auge de Alemania, de James Holland, y Stalingrado (La ciudad que derrotó al Tercer Reich), de Jochen Hellbeck. Dos auténticas joyas que dan visiones actualizadas y sorprendentes sobre el conflicto. Se cumplen 75 años del fin de la batalla de Stalingrado –terminó el 2 de febrero de 1943–, la más brutal y sangrienta de la historia de la humanidad: más de un millón de muertos en medio año. Que ningún corresponsal extranjero pudiera viajar al escenario bélico y el blindaje de los archivos rusos hizo que la mayor parte de los estudios publicados hasta ahora estuvieran hechos a partir de los testimonios de los soldados alemanes atrapados en aquella inmensa trampa mortal. Hellbeck ha podido acceder para su excepcional trabajo a las entrevistas recogidas en la devastada ciudad, lo que permite conocer de primera mano los padecimientos, pensamientos y emocionesde los soldados del Ejército Rojo y otros defensores.

Además de acercar el lado más humano de aquel volcán de violencia sin fin, con cartas y declaraciones inéditas de los alemanes prisioneros, el libro también ayuda a responder algunas de las grandes cuestiones que escoltan aquel episodio histórico: ¿cómo pudo el Ejército Rojo vencer a un enemigo superior en planificación operativa, disciplina militar y técnicas de combate? ¿Qué recursos ayudaron a derrotar a un ejército invencible?

El derramamiento de sangre, cuenta el autor, «superó con mucho el de Verdún, una de las batallas con un coste en muertes más alto de la Primera Guerra Mundial. La analogía con Verdún no pasó desapercibida a los soldados alemanes y soviéticos que lucharon en Stalingrado. En las descripciones del ´infierno de Stalingrado´ que hacían en sus cartas privadas, algunos alemanes se veían a sí mismos atrapados en un segundo Verdún Muchos defensores soviéticos ensalzaban a su vez Stalingrado, una ciudad con una sangrienta historia bélica previa, como su Verdún Rojo, jurando no rendirla nunca al enemigo».

La batalla también fue una guerra de los medios de comunicación mundiales: «Desde sus mismos inicios, observadores de ambos bandos fijaron su atención en este choque de gigantes en el extremo de Europa, proclamándolo como un hecho que decidiría la Segunda Guerra Mundial. La lucha por Stalingrado se convertiría en la batalla más transcendental de la Guerra, anunciaba un periódico de Dresde a primeros de agosto de 1942, justo cuando los soldados de Hitler se estaban preparando para la toma de la ciudad. En Berlín, Joseph Goebbels leía los periódicos de los enemigos de Alemania sin pestañear. La batalla de Stalingrado, declaró el jefe de propaganda nazi en alusión a la prensa británica, era una cuestión de vida o muerte, y todo nuestro prestigio, así como el de la Unión Soviética, dependerá de cómo termine. A partir de octubre de 1942, los periódicos soviéticos empezaron a citar con regularidad artículos de prensa occidentales en los que se alababa el heroísmo de los soldados y civiles que defendían la ciudad frente a los deshumanizados combatientes alemanes. En los pubs de toda Inglaterra la radio se sintonizaba a la hora que empezaban las noticias de la noche y no se apagaba hasta que se había emitido el parte sobre Stalingrado: Nadie quiere oír otra cosa, comentaba un reportero británico. La gente solo habla de Stalingrado, nada más que de Stalingrado».

Stalingrado «marcó un punto de inflexión en la Segunda Guerra Mundial. La batalla terminó con el acorralamiento y destrucción de un ejército de campaña alemán al completo. Constituyó la peor derrota militar de la historia de Alemania hasta el momento y, tras la inmediata conmoción, los observadores alemanes más lúcidos supieron ver claramente la advertencia. Para la Unión Soviética, Stalingrado representó su mayor victoria hasta la fecha sobre los invasores alemanes. Cambió el rumbo de la guerra a favor del Ejército Rojo; después de Stalingrado, sus divisiones avanzarían con paso seguro hacia el oeste, con la vista puesta en Berlín».

La lectura de Stalingrado y El auge de Alemania se complementan a la perfección porque ambos libros ofrecen unas aproximaciones a la máquina de guerra nazi que se apartan de la tendencia general, mostrando sus flaquezas y exhibiendo zonas vulnerables que hasta ahora no habían recibido la suficiente atención. En el caso de la obra de Holland, también novelista, es la primera entrega de una saga que arranca en 1939 y se detiene, de momento, en 1941, antes de que ese auge empezara a quebrarse.

El escritor ha rastreado durante una década archivos y memorias con acceso a registros oficiales que no se habían analizado hasta el momento, hablando cara a cara con supervivientes de los que no conocíamos su experiencia. El resultado es uno de esos libros de historia narrativa en la que los autores anglosajones son imbatibles, y que ayuda a contemplar lo sucedido con nuevos ojos. Por ejemplo, echa por tierra mitos como la eficiencia del ejército alemán, la solidez de la alianza entre Alemania e Italia, la incompetencia de los Aliados o la resistencia en solitario de Inglaterra con escasos medios. La célebre blitzkrieg, o guerra relámpago, fue, sostiene Holland, una construcción propagandística.

Advierte Holland: «Gran parte de lo que creemos saber sobre la Segunda Guerra Mundial se basa más en percepciones y mitos que en hechos reales (...). Con demasiada frecuencia, los relatos de quienes lucharon en la guerra retornan a los viejos mitos y estereotipos: las tropas británicas eran lentas y pasaban demasiado tiempo ¡preparando! el té; los estadounidenses eran desaliñados y carecían de disciplina; las ametralladoras alemanas eran claramente superiores a las de sus contrincantes; el Tiger era el mejor tanque en el campo de batalla».

He aquí un ejemplo de grueso calibre: el Tiger alemán era «una bestia terrible y muy superior a cualquiera del arsenal aliado. Era enorme. Estaba equipado con un cañón de gran calibre. Contaba con un buen número de blindajes (...) Pero el Tiger era tremendamente complicado, poco fiable desde el punto de vista mecánico, muy difícil de mantener en combate, utilizable solo en las distancias cortas y para trasladarlo había que hacerlo por ferrocarril, fuera cual fuese la distancia, por lo que necesitaba un cambio de ancho de vía porque, de otro modo, no podría moverse por la red ferroviaria continental, cuyo ancho de vía era diferente; el Tiger también era insaciable en el consumo de combustible –del que los alemanes eran muy deficitarios en 1942 cuando este modelo de tanque empezó a usarse– y su manejo era extremadamente engorroso, por lo que habría resultado inútil para una fuerza militar que actuaba a la ofensiva».

Y otro dato sorprendente: «En 1939, la propaganda nazi se había esforzado mucho en dar la impresión de que la Wehrmacht era el ejército más moderno y mecanizado del mundo (...) Lo cierto es que apenas quince divisiones de las cincuenta y cuatro utilizadas contaban con alguna mecanización; el resto dependía de grandes cantidades de caballos y de hombres que marchaban a pie, del mismo modo que lo habían hecho los ejércitos prusianos y alemanes durante cientos de años. Tampoco contaban con ningún tipo de estrategia de ´Blitzkrieg´. En realidad, nadie en Alemania conocía este término, que fue acuñado más tarde, el 25 de septiembre, por la revista estadounidense Time».

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