07 de abril de 2018
07.04.2018
Historia del tebeo

Tras los patos más famosos del mundo

Carl Barks desarrolló el universo de Donald en los cortos de animación de Walt Disney y creó al Tío Gilito en los tebeos, donde no vio acreditada su autoría hasta después de jubilado

07.04.2018 | 14:09

Antes de atender el anuncio del periódico en que Disney buscaba dibujantes, ya se había divorciado y llevaba años dibujando por 100 dólares al mes para el «Calgary Eye-Opener»

En 1998, el dibujante de historietas Carl Barks, gigante, sordo, sinusítico y en el largo final de su vida casi centenaria, vendió uno de sus óleos del pato Donald por medio millón de dólares. Cuarenta años antes, en los tebeos ánades donde creó a Tío Gilito, a Narciso Bello y a los Golfos Apandadores, alcanzó la cota de los cinco millones de ejemplares en Estados Unidos. Pero nadie sabía su nombre.

Sus historietas iban firmadas por Walt Disney, el emperador de los dibujos animados, un nombre hecho marca y una persona que había nacido el mismo año que Barks y con el que coincidió una sola vez cuando era su patrón.

Carl Barks (Merril, Oregón, 1901- Grant Pass, Oregón, 2000) sólo quiso ser dibujante desde niño pero tardó 40 años en asentarse en el oficio. Desde pequeño estuvo muy dotado pero se encontraba muy lejos de cualquier sitio o en movimiento. Su padre, de origen holandés, y su madre, de ascendencia escocesa, les dieron a su hermano y a él una infancia campesina y viajera entre Oregón, Missuri y California en busca de una riqueza que acabó en varios fracasos. En la adolescencia hizo un curso de dibujo por correspondencia pero, en adelante, aprendió como autodidacta en casas rodeadas de hectáreas de cereal.

Antes de vender sus primeros dibujos fue botones de una imprenta en San Francisco, remachador en Roseville, marido y dos veces padre. Antes de atender el anuncio del periódico en el que Walt Disney buscaba dibujantes ya se había divorciado y llevaba cuatro años publicando aquí y allá y dibujando de todo en la redacción del Calgary Eye-Opener por cien dólares al mes. Los dibujos animados de Disney eran un éxito pero en los tiempos del anuncio del periódico que atendió Barks aún disputaba el terreno a los hermanos Fleisher y otros estudios, trabajaba con nuevos personajes y con la idea de hacer el primer largometraje: Blancanieves (1937).

Los estudios de Disney admitieron a Barks como dibujante intercalador (los que hacen, una y otra vez, con pequeñas variaciones, los dibujos que completan el movimiento) por 20 dólares a la semana y en seguida lo pasaron al departamento de guionistas donde estaban desarrollando un personaje, el Pato Donald, que ganaba protagonismo frente al gentil, inocente y fundacional ratón Mickey. Donald iba a ser un pato animoso vestido de marinero, con una baja tolerancia a la frustración que le provocaba unos cabreos monumentales. Barks es el autor de una escenaen la primera aparición de Donald. Al final de una de esos cortos coincidió una vez con Walt Disney, al que definió como simpático y motivador.

El dibujante de Oregón fue guionista de los 37 cortos que desarrollaron el mundo de Donald, en el que fueron apareciendo su novia Daisy, sus sobrinos Juanito, Jorgito y Jaimito, su afortunado primo Narciso Bello y otros. También intervino en un par de escenas de Bambi.

El 6 de noviembre 1942 Barks dejó el estudio. Se dan varios motivos. Uno, que el aire acondicionado del estudio era dañino para su sinusitis. Dos, que la producción de Disney se centraba en producir material propagandístico y bélico desde que Estados Unidos había entrado en la II Guerra Mundial.

Su siguiente paso fue trabajar en una granja de cría de pollos en San Jacinto (California) con su segunda mujer. Es irresistible pensar que aúna en esa empresa fallida su origen granjero y su trabajo avícola con patos de animación.

Mientras tanto, una editorial llamada Western Publishing tenía la licencia para sacar en formato de comic- book (de tebeo) las tiras diarias y páginas dominicales que se publicaban en los periódicos con los personajes de Disney, donde destacaban las deliciosas aventuras de Mickey Mouse dibujadas por el excepcional Floyd Gottfredson y las humorísticas historias del pato Donald de Al Taliaferro.

Los tebeos se vendían bien, la editorial quedó pronto sin material y decidió crear sus propias historietas con los personajes. Así le llegó a Barks un guión de Donald que enfriaba en un cajón de la Disney y que dibujó a medias con otro colega, Jack Hannah, en el que introdujo varias mejoras. Fue la primera obra original para tebeo con Donald de protagonista. Era una patoinspiración en La isla del tesoro, de R. L. Stevenson. Sirvió para que Barks se quedara contratado para hacer historietas de diez páginas. Así lo hizo en los siguientes 23 años.

No quedó ahí. Libre para desarrollar sus propias historias y el mundo de los patos en 1947 ideó al Tío Gilito, millonario y avaricioso, para una historia de Navidad que debe mucho al cuento de Charles Dickens.

Ese personaje al que el iris de los ojos se le vuelve dólares cuando ve un negocio, ese eterno buscador de oro que se baña en su depósito de monedas y que se ducha con diamantes, que ha desgastado el suelo de su despacho dando vueltas en redondo mientras rumia sus decisiones, que vive en una casa acorazada como una caja fuerte en lo alto de la colina, que comanda continuas expediciones en busca de tesoros y que vive atormentado por los Golfos Apandadores que sólo piensan en robarle es un símbolo de la codicia capitalista. Gilito, del que ha desarrollado una completa biografía el seguidor y nuevo hombre de los patos Don Rosa ha sido utilizado más de una vez contra el propio Disney, al fin un magnate cuyo legado es ahora la mayor empresa del espectáculo del mundo.

Barks procedía de la animación pero en seguida profundizó en el cómic, donde no basta la gracia del movimiento y de la comedia de golpes. Llenó de detalles humorísticos unas viñetas que fluyen narrativamente como un torrente.

Inspiración

Su inspiración fueron los clásicos de la literatura popular y películas de éxito o viajes a lugares exóticos que encontraba en su muy usada colección de National Geographic, ya que por entonces sólo había salido de Estados Unidos para ir a Tijuana (México) y a Victoria en la Columbia Británica (Canadá).

Su gran momento creativo fueron los años cincuenta (por los que empieza ahora la edición del coleccionable de la obra completa de Cal Barks que lleva a quiosco Salvat). Es la década que inicia divorciándose de su segunda mujer y que media casándose con Margaret Williams, Gare, su última esposa, de la que enviudó en 1993, a los 92 años. El tebeo Walt Disney´s comics and stories, que abría cada mes con la historieta de diez páginas que hacía Barks, se convirtió en septiembre de 1953 en el comic-book más vendido de todos los tiempos con tres millones de copias. Western nunca debió de pagarle mucho dinero porque renunció a acabar una versión del flautista de Hamelín porque no le era rentable dibujar tantos ratones y niños. Don Rosa la terminó a su modo 30 años después.

En 1967, a los 66 años, Barks se jubiló pero los lectores siguieron encontrando aventuras de patos sin pensar en los autores que había detrás. Entre ellos, los españoles que leyeron los tomos de la colección Dumbo, con su papel grueso y esponjoso, sus colores pálidos y su horrible rotulación mecánica en mayúsculas y sin acentos y títulos inolvidables como Andes lo que andes no andes por los Andes, Gilito de Arabia, La isla de los gansos de oro o El rey del río de oro.

La historia de Barks continúa en Italia, un país adicto a Disney desde 1938 cuando Arnoldo Mondadori constituyó en Milán la primera filial de Disney del mundo. En Italia las reediciones de Topolino (Mickey) son continuas y tienen producción propia de historias desde 1953. Los lectores de Don Miki conocieron esos spaghetti-Disney.

La editorial Oscar Mondadori acreditó oficialmente a Carl Barks como autor de esas historias en el libro Vita e dollari di Paperon de´ Paperoni, dedicado a Tío Gilito en agosto de 1968. Fue la primera vez que se publicó en el mundo que el historietista bueno de los patos se llamaba Carl Barks.

Veintiséis años después, el activo anciano Barks hizo un viaje por Europa que fue una gira triunfal de estrella del rock. La razón es que los tebeos de Donald tuvieron su mayor continuidad y popularidad en Europa. Además de Italia y de España, fueron una fiebre en Noruega y Finlandia, Alemania, Dinamarca, Holanda y Suiza producidas por la editorial Egmont para la que trabajaron algunos dibujantes españoles, entre ellos Mascaró, bajo estrictas plantillas de canon y estilo.


Reivindicación

Los años sesenta fueron los de la primera reivindicación del cómic. Los lectores habían crecido, trabajaban, se ganaban la vida. El Carl Barks de 70 años, que había aprendido de Gare, su tercera mujer, la técnica del óleo y que complementa la pensión haciendo algunos cuadros recibió un encargo del coleccionista californiano Glen Bray. Quería que pintara un lienzo inspirado en la portada de Walt Disney´s comics and stories, de 1949. Curioso capricho. Barks pidió permiso a la Disney para hacerlo, se lo concedieron y vendió el cuadro por 150 dólares. Los fans de Donald se fueron enterando, le pidieron encargos similares y él subió algo los precios para enfriar la oferta. Error.

La fama historietística de Barks no dejó de subir en el mundo y la producción de sus cuadros de crecer. En 1976 llevaba hechos 122 óleos. El más caro fue El 4 de julio en Patolandia, un lienzo patohistoricista por el que cobró 6.400 dólares. Pero uno de sus cuadros fue reproducido sin autorización y la Disney le retiró el permiso de pintar a sus personajes. Barks siguió con sus óleos y acuarelas, algunos de animales antropomorfos de su creación.

Pero en 1980, la Disney le da nuevo permiso para una tirada de litografías numeradas. Lo que le esperó en adelante sólo fue reconocimiento. Trabajos biográficos, estudios, recopilaciones de su obra, homenajes, precios astronómicos para su arte y el bautismo de un asteroide: 2730 Barks. Hasta volvió a oír después de años de sordera y le gustaba hacer llamadas de teléfonos larguísimas. Perdió a su esposa tres años antes de morir. Quedó bajo la atención de un vecindario amistoso y los cuidados de tres mujeres hasta que la leucemia lo mató a los 99 años.

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