28 de mayo de 2018
28.05.2018
Crítica

Verano del 88

Reseña del último concierto de abono de la Orquesta Filarmónica de Málaga

28.05.2018 | 13:24

Dirección: Manuel Hernández Silva. Programa: Sinfonía nº 39 en Mi bemol mayor, K.543; Sinfonía nº40 en Sol menor, K.550 y Sinfonía nº 41 en Do mayor, K. 551 'Júpiter' de W. A. Mozart.

El primero de los tres últimos conciertos de abono de la Filarmónica de Málaga ha centrado la atención en la personalidad estética y singular del genio de Salzburgo, especialmente en su tríptico sinfónico que corona los trabajos iniciados en mil setecientos sesenta y cuatro, cuando Mozart contaba la edad de ocho años. Dos décadas después y con un margen de semanas entre una y otra, en el ochenta y ocho, el compositor dispone tres ejercicios conducentes a plantear los hitos por los que discurrirá el género en la centuria siguiente de la mano de Beethoven.

Tres sinfonías finales que también han constituido una prueba de músculo para la OFM de mano de su titular, Manuel Hernández Silva. En días pasados se apuntaba la madurez formal del conjunto malagueño en cuanto a la manera de entender a Mozart que ha ido evolucionando de un híbrido incomprensible, desnaturalizado unas, descontextualizado otras, hasta desembocar en el espacio ideal más natural tanto en plantilla como en ataque, sentando la manera de hacer propio este repertorio que hasta estos momentos se resistía. No es sólo éxito personal del actual director artístico del conjunto, también lo es de los profesores, que han sabido hilar el discurso mozartiano no como una sucesión de obstáculos sino más bien como un todo entrelazado donde cada pieza es piedra clave en la construcción sinfónica.

A pesar de los inexplicables quince minutos de retraso sobre la hora de comienzo y cierto ambiente hostil desde el auditorio -probablemente es este el abono que más interrupciones por móviles se hayan sucedido en toda la temporada- hacía su aparición Nicolae Ciocan como concertino de este programa seguido de Hernández Silva para abordar las páginas escritas por Mozart entre junio y julio de ese crucial verano citado. El adagio-allegro del K. 543 comenzó acobardado desde las primeras cuerdas, si bien en el desarrollo del movimiento y los dos motivos que lo atraviesan, advertían del protagonismo de las maderas a lo largo de todo el programa finamente rematadas por unas trompas felizmente inspiradas. El andante como los de la cuarenta y cuarenta y uno caminarían por calzadas serenas e inspiradas señalándolas como espacios destacados del programa. Un sereno menuetto daba paso al firme allegro conclusivo decididamente acobardado entre los primeros violines que aún seguían buscando el escurridizo empaste y la emisión decidida que no siempre estuvo presente en la interpretación. Llegados a la Sinfonía 40, el equilibrio dinámico de Hernández Silva gobernaba la nave. Tal es así que el molto allegro de apertura se movió por cauces sólidos y ajustados a la batuta. Destacar nuevamente el importante papel de maderas y las cuerdas graves.

Tras el descanso la sinfonía 'Júpiter' protagonizaría toda la segunda parte del abono y en este punto todos los elementos instrumentales apetecían engrasados y ajustados, capaces de afrontar con solvencia una página capital del repertorio. Si el monográfico Mozart hubiera constituido un examen para los profesores no todo hubieran sido laureles pero al menos Mozart, el disfrutado en este programa, dista mucho artísticamente de otras sonadas ejecuciones.

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