Festival de Málaga

Toca buscar nuevos techos

El Festival de Málaga afronta su decimonovena edición con una fórmula más agotada que consolidada

22.04.2016 | 09:10
Imagen de la calle Larios

Empecemos la película del inminente XIX Festival de Málaga Cine Español, como viene siendo habitual, por el final de su anterior edición, la número dieciocho: "El Festival de Málaga necesita, desde ya, de pequeñas revoluciones de contenidos y de formas de presentarlos, dejar de depender, hasta cierto punto –al fin y al cabo, se nutre de la cosecha de la producción nacional– de los vaivenes de la industria y exhibir cierta autonomía. Porque si no, si no se le echa imaginación a la cosa, lo único que seremos es un esto es lo que hay del cine español –puntualicemos: de cierto cine español, el que no tiene posibilidades de ir a San Sebastián o competir en certámenes extranjeros–".

Así evaluamos su convocatoria del 2015 y parece ser que con palabras similares concluiremos la que está a la vuelta de la esquina –y eso que aún no ha comenzado–. Porque da la sensación de que el certamen dedicado al celuloide nacional se ha convertido en una fórmula, pasó de ser una posición a una postura, en una actitud de alergia a las sorpresas y en una forma de crecer a lo ancho –cada año más actividades, secciones y subsecciones; más, sí, pero ¿mejores?–, no a lo alto. Tomaron nota los responsables del aperitivo, del MaF, que pasaron de programar más de 300 actividades –aquello era una gymkana eterna, sin final ni recompensa, la hagiografía de programar a mogollón– a usar la tijera de podar y quedarse en menos de 180, más escogidas, con más intención. Ése es uno de los caminos a transitar.

Hay más indicios positivos. Por todos es conocido el empeño de Juan Antonio Vigar, el capitán de todo esto, por dotar a la cita malagueña de un perfil más serio y cinéfilo, más riguroso y centrado en lo que realmente debería ser el corazón de una empresa como ésta, las películas. La Sección Oficial del 2016 parece indicarlo así: presencias a concurso como la de Isaki Lacuesta (La próxima piel) o la inclusión de proyectos al margen de casi todo lo industrial como Zoe invitan a confiar en el olfato del comité de selección, que en esta ocasión ha podido, querido o sabido capear los temporales comerciales y desubicados de otros años –con ejemplos como Fuga de cerebros, Cómo sobrevivir a una despedida, Combustión... Bueno, para ser honestos, el cartel de Nuestros amantes no invita a demasiadas algarabías–.

Actitud. Ojalá éste sea el primer paso encaminado a una actitud más exigente y menos condescendiente con el cine español. Aunque, la verdad, este año nos tragamos otro sapo: que Toro, la película que abra hoy, con toda la alfombra roja, el chillerío de las fans y el supuesto glamour de los invitados, tenga su estreno comercial horas antes en cualquier centro comercial de nuestro país, dice mucho, pero mucho malo, de cómo están las cosas. Ya ocurrió tiempo ha, en el lejano 2003, con Tiempo de tormenta, pero en este caso hay un agravante: ¿No se pudo arrancar un compromiso de mayor exclusividad a los responsables del filme de Kike Maíllo, habida cuenta de que camparon a sus anchas por media Costa del Sol –y muy bien que los responsables institucionales les dejaran hacerlo, por supuesto– para el rodaje? No, parece ser que no.

Quizás eso sea lo que pasa cuando tienes excesivas ganas de agradar y crees que debes ser útil a los demás, servirles. Mientras se perpetúe esa filosofía, el Festival de Málaga Cine Español seguirá siendo despreciado por cierta parte de la intelligentsia audiovisual, la que le ha endosado a lo largo de su todavía corta pero intensa trayectoria varios sambenitos: que si el Festival de la Comedia de Peñíscola 2.0, que si el Festival de Antena 3, que si el festival de los ídolos de la series de la televisión... Todos injustos pero, como todos los clichés, también con una pizca de verdad.

Y es que, a veces, el organigrama del Festival de Málaga parece pensar más en el sector que en el propio público. ¿No les da la sensación de que es un certamen con un carácter industrial? Como una de feria dedicadas a un sector de ésas que copan fin de semana sí, fin de semana también los palacios de congresos de este país. En su gala de inauguración a veces uno tiene la sensación de estar en una ceremonia de los Goya, por ejemplo. Y no se trata de eso, no. El Festival de Málaga no debe caer en las trampas de lo institucional y lo gremial, sino consolidarse como un observador, catalizador y dinamizador de una industria, la audiovisual, que, además, está particularmente necesitada de perspectivas críticas. ¿Por qué no serlo desde aquí, desde provincias?

Seamos justos: desde el certamen se ha conseguido, después de tantos años, que la ciudad haya hecho suya la cita cinematográfica; la prueba, las larguísimas colas que se montaron a primera hora de la mañana en el Teatro Cervantes el día en que salieron a la venta las entradas para las proyecciones de la inminente edición. Pero, como aseveraría un colaborador de cualquier tertulia política catódica, dicho lo cual, creo que los responsables del Festival, precisamente por esa institucionalidad, ese carácter industrial, están cayendo en una agenda gris, algo monocorde y tristoncilla, hecha con ganas pero con miedo a molestar y soliviantar. Pues yo aquí –¡y gratuitamente!–, propongo una iniciativa contra el marasmo: ¿por qué no organizar un ciclo de películas descacharrantes, bizarras e inclasificables, dolorosamente desconocidas por el gran público? Sí, una especie de proyecciones para ese aficionado a las midnight movies, que se atraganta con las palomitas entre tanta carcajada y cachondeo. Y ojo que aporto hasta un título: Cuando el mundo se acabe te seguiré amando (Pilar Sueiro, 1998), un filme, me cuenta un avezado gestor cultural que no deja de hacer campaña por la recuperación de esta cinta, que es todo un espectáculo diseñado para el desparrame. Y como ésta debe de haber 5.000 más, cosas más o menos bizarras o de mayor o menor valía artística, pero, al menos, alejadas de lo melifluo y la medianía. Y como esta idea, la mía, seguro que debe de haber 20.000 más de personas con un coco más interesante y fecundo que el mío. Venga, divirtámonos un poco también, ¿no creen?

El Festival de Málaga fue la primera piedra con la que la ciudad utilizó la cultura como elemento diferenciador, económico y turístico; una estrategia, cierto es, desarrollada más a troche y moche que a partir de un plan milimetrado, pero que ha traído notables dividendos a la urbe, al menos desde el controvertido lado de los intangibles y la imagen de marca. El certamen de cine demostró que algo tan infravalorado desde tantos puntos de vista como la cultura podía trascender el hecho puramente artístico y ser motor con muchas velocidades y marchas. Bien. Un punto –en realidad, un puntazo– a su favor. Pero ahora da la sensación de que el certamen anda un par de pasos por detrás de una sociedad que en otros asuntos culturales circula a una velocidad bastante más notable; en otras palabras, el equipo de Vigar anda escasito de zeitgeist, quizás, insisto, demasiado atado por la corrección y el no molestar en Madrid, Barcelona y las otras mecas del cine español.

Formulación. En mi opinión, el Festival de Málaga ha tocado techo en su actual formulación. Cuando comenzó, de forma temeraria e ignorante exigíamos la presencia de Pedro Almodóvar, como si sólo prebostes similares pudieran dar carta de naturaleza a un acontecimiento cinematográfico nacional. Después nos dimos cuenta de que Álex de la Iglesia, Amenábar et al se conformarán con San Sebastián, no con nosotros, si las agendas y los comités de selección de festivales internacionales les dicen que no.

Tras tantos años, sabemos qué es Málaga para el cine español: un banco de pruebas, un vivero, un laboratorio –Álex de la Iglesia ha venido aquí, sí, pero a competir con una película de un pupilo suyo, producida por él–; también el hombro en que llorar para esa clase media del cine español que parecía que iba a extinguirse definitivamente, esa porción de la industria con más medios que el underground abisal pero muy lejos de los presupuestos de la clase A; cómo no, también es el Festival la campaña de marketing que estas películas no pueden permitirse. Y, por supuesto, también es ese lugar grato, simpático y feliz, con sonrisa abierta y llena de dientes, al que miembros destacados de nuestra comunidad vienen a ser agasajados. Al cine español, como al turismo, una sonrisa. Sector servicios también en la cultura.

Mientras tanto, el campo de los festivales se ha convertido en una merienda entre caníbales más que feroces: San Sebastián programa cada vez más películas españolas a concurso e inauguró recientemente su sección latinoamericana y de películas de animación (¡qué casualidad, dos apartados que lleva años programando Málaga!), Valladolid también ha entendido que hay que agendar más cosas nacionales... Que el año que viene, aprovechando la cifra redonda de los 20, el certamen se convierta en Festival de Málaga Cine En Español obedece a esos nuevos techos que debe buscar la cita. Será una ampliación de capital conceptual que debería llevarnos a nuevas alturas.

La decisión tendrá consecuencias peliagudas: habrá quien acuse a los responsables del certamen de Málaga de quitarle la silla al más veterano –desde 1974– Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, una de las joyitas audiovisuales de la Junta de Andalucía –cuyo regreso a la arquitectura financiera del festival malagueño podría resentirse, por tanto–. En todo caso, pocas salidas le quedaban a un festival que ya estaba mostrando síntomas de bulimia.

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