Paul Lukas y la Costa del Sol

El actor que le arrebató el Oscar a Humphrey Bogar vivió durante décadas entre la Costa del Sol y Hollywood

Lucas Martín

Tenía un dragón en los ojos. Su vida transcurría entre Hollywood y la Costa del Sol, con una copa de Martini balanceándose majestuosamente sobre el Atlántico. El hombre que le arrebató el Oscar a Humphrey Bogart tuvo más vidas que un santo. Fue aviador en la Primera Guerra Mundial. Participó en las olimpiadas de Estocolmo. Se convirtió en una estrella antes de que el cine aprendiera a usar la palabra. Trabajó con Minnelli, con Hitchcock. Aporreó el piano para Audrey Hepburn, con voz de galán, de villano, de canalla. Eternamente vinculado a Málaga.

Sus restos reposan en el cementerio internacional de Benalmádena. Lejos de su estatuilla, de la hojarasca bendita del celuloide y además por vocación íntima, inconmovible. Dejó atada en su testamento la voluntad de recibir sepultura en la costa, donde vivió como un señorito de Beverly Hills, sin contacto alguno con el demonio rojo, con el despertar comunista que tanto detestaba. Al más puro estilo de las brujas y de los hacendados sin dientes. Cosas de la época, de la América que derrotó a Hitler.

Actor de mérito, hombre de raza


Paul Lukas llegó, incluso, a promover un sindicato contra lo que consideraba una amenaza global y latente. No fue por eso, sin embargo, por lo que logró dejar sin Oscar al protagonista de Casablanca en el año de Casablanca; Lukas era, ante todo, un actor excepcional, capaz de mudar la piel de un formato a otro, de hacerse imprescindible con volumen y sin él, bajo las luces de Broadway y sobre la madera de Europa. Nadie duda de las maestrías de Bogart, pero en aquella época se dudó aún menos de la actuación de Lukas en Vigilancia en el Rin, que también le valió un Globo de Oro, justo en el año, el mismo otra vez de Casablanca, en el que los premios acababan de fundarse.

De todas sus películas, queda un poso de leyenda, de un magnetismo que no perdía pie, incluso, cuando se disfrazaba de malo o de anciano. Lukas fue todo menos un producto de la industria. Tenía una formación sólida, puesta a prueba en los escenarios y en los retos y en las revoluciones. Pocos lograron sobrevivir a la irrupción del sonoro y menos con tanta desventaja. A Paul le lastraba un acento europeo que neutralizó en sólo dos meses, un tiempo récord, parecido en su urgencia a la agilidad con la que se hizo oficialmente estadounidense; estadounidense con bigote, de los puros, de los faulknerianos.

La discreción y la residencia


El actor amaba América y amaba la Costa del Sol. En su pecho no había sitio para Budapest ni para la nostalgia. Con su cuenta corriente podía permitirse una vida emocional caprichosa y llevarla además a la práctica. Incluso, cuando sus papeles se hicieron más sosegados y familiares. En la etapa de la película 20.000 leguas de viaje submarino, en la que interpreta al doctor Aronnax, ya residía en la provincia. Aquí disfrutaba, aquí se apaciguaba y aquí volaba una y otra vez para rodar escenas en Hollywood. Eso sí, con una discreción primorosa.

El encuentro con la prensa


La presencia de Paul Lukas en España fue advertida por la prensa de un modo fortuito, casi ingenuo, si se tienen en cuenta las inspecciones actuales. Las hemerotecas hablan de un encuentro casual en el aeropuerto de Barajas, donde el actor hacía escala para viajar a Estados Unidos. Un periodista le interpeló y la respuesta fue sorprendente. No sólo conocía el país, sino que vivía en él desde hacía varios años.

Voluntad de permanencia


Eran los años cincuenta, la industria turística despegaba. El anuncio de la ligazón de la estrella con la provincia tuvo continuidad en páginas en las que se informaba de su paradero y de una enfermedad, que como un mal augurio, le acechó mientras se preparaba para viajar de Madrid a Málaga. La muerte, a veces tan previsible, le pilló, por supuesto, con las maletas en la mano. El actor se había sumado a una excursión a Tánger. Tenía el propósito de comprar una segunda residencia. Cerca, claro está, de la Costa del Sol, de donde ya formaba parte. Con sus millones y sus excentricidades. Y su gloria, más grande que su fama.

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