En el Valle del Rift

Un recorrido por la frontera entre Kenia, Etiopía y Somalia, masacrada por el hambre. Hay bandidos y compromisos

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Los niños africanos son respetuosos, obedientes y espabilados como ardillas.
Los niños africanos son respetuosos, obedientes y espabilados como ardillas.  La Opinión

Miquel Silvestre El horizonte se muestra reseco y terroso. Es el legendario valle del Rift, frontera entre Kenia, Etiopía y Somalia. De aquí procedían nuestros antepasados, como «Lucy», una australopiteco de un metro de altura. Luego llegaron el Homo habilis y el Homo erectus, quienes desembocaron en el Homo sapiens sapiens que se supone que somos (unos más que otros). Este árido valle es en realidad una falla entre dos placas tectónicas que insisten en alejarse una de la otra. Quizás en el futuro haya aquí un nuevo océano. Pero hoy no hay ninguna playa sino una tórrida temperatura que dificulta incluso pensar.

Estoy en Lokichoggio, instalación surgida de la nada gracias a la ONU, que necesitaba traer suministros al campo de refugiados de Kakuma. Polvo, pobreza y calor seco. Sin embargo, algo ha cambiado en el paisaje con la llegada de los cooperantes occidentales y sus magros salarios en dólares. En el secarral brota un hotel con bar, billar, internet y precios escandalosos.

La carretera que la ONU construyó para unir el aeropuerto con el campo es una rareza de suavidad en un país de atroces vías de comunicación. La zona noroeste del país no es segura, partidas de bandidos sifhtas suelen asaltar a los viajeros. Sin embargo, recorro el paraje lunar en apenas una hora. El sol y el viento funcionan como lijas. El horizonte aparece requemado. Tan sólo brota en el páramo una sarmentosa vegetación de espinos y unos altos y retorcidos termiteros. Me cruzo con los pastores turkana. Delgados, oscuros, altivos, van armados con viejos fusiles para proteger su escuálido ganado de los cuatreros.

Una ciudad fantasma

El campo de refugiados de Kakuma es una ciudad fantasma, ingrávida. Construida de plástico y cartón, parece flotar sobre el desierto. Es como uno de esos espejismos que reverberan a lo lejos. Sus laberínticos barrios se distribuyen por nacionalidades: ruandeses, sudaneses y somalíes. Estos últimos, mucho más inquietos, han convertido su territorio en un concurrido bazar con tiendas, bares y restaurantes. Aquí hay 45.000 almas sin posibilidad alguna de regresar a una vida y una sociedad que habían sido destruidas por guerras que pocos recordaban ya cómo empezaron, si es que en realidad empezaron algún día y no estuvieron ahí desde siempre, desde que el Homo erectus comenzó a ser Sapiens a medida que iba repartiendo garrotazos.

Alimentados por la ONU y algunas organizaciones religiosas, la vida de estos desgraciados se limita a vegetar entre los confines de este desolado horizonte. No hay vallas ni guardias. Pueden moverse libremente por donde quieran porque no hay ningún sitio al que ir. Tampoco esperanza. Nadie se acordaba ya de Kakuma. Su conflicto había pasado de moda. En la televisión ya no quedaba hueco para ellos. Lo habían ocupado otros refugiados, otras guerras, otras madres de ojos asustados. Sin embargo, ahora la actualidad ha redescubierto este agujero negro en mitad de la nada por la nueva avalancha de refugiados somalíes que huyen del hambre.

Nadie me impide entrar. Se acercan unos niños curiosos. Quieren caramelos o dinero o algo. Una foto, una caricia, un gesto. Lo que sea. La hermana Elizabeth, una monja keniana que he conocido en el pequeño hospital católico, coge a uno por banda y le encaja un sencillo sermón: «Ve al colegio, come, crece y sé una buena persona». El chaval baja la mirada y promete obedecer. Tal vez lo haga. Los críos africanos son respetuosos y obedientes. También son espabilados como ardillas. De ojos grandes, contemplan el Universo con interés.

La hermana Elizabeth me invita a alojarme en la modesta casa de huéspedes. Un jergón, ventanas rotas y una toalla áspera. Salgo a la azotea para recordarme la razón por la que a pesar de todo amo tanto este continente. Amo África no por lo que hay sobre ella, sino por lo que hay encima de su castigada superficie. Nunca se puede uno cansar de ver tantas estrellas. Es el infinito perfecto aunque sea falso. No existe el infinito. No para nuestro limitado cerebro de Homo sapiens sapiens. Incluso bajo el más inmenso cielo, los reptiles evolucionados que somos sólo podemos apreciar una pequeña parte de su pureza.

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