Análisis

Perdedores

Los republicanos con posibilidades de obtener la candidatura presidencial, desde Marco Rubio hasta Ted Cruz, todavía aturdidos por el efecto Trump, se escoran hacia la derecha pero el partido sabe que un radical no es un candidato viable en las elecciones de 2016

20.09.2015 | 02:15
El candidato Donald Trump.

La derrota puede contener, especialmente en el arte, un cierto atractivo estético. Del mismo modo, la decadencia puede ser hermosa y la autodestrucción, dependiendo de los efectos colaterales que produzca, admirable. En política, no obstante, el fracaso carece de romanticismo. Ganar equivale a gobernar –por ende, a gestionar y a decidir, afectando de manera directa en la vida de las personas– y perder supone una inevitable caída en el olvido. Aquellos que no fueron elegidos por el pueblo tampoco ocuparán un lugar destacado en la historiografía de su país, salvo que ejerzan de antagonistas atrapados en un capítulo biográfico de los vencedores –un espejo donde poder reflejar las virtudes y talentos, para el bien o para el mal, de aquellos que los derrotaron– o sean contemplados por cronistas e historiadores, teóricos y activistas como el subtexto que da sentido a la gran obra, el camino no recorrido: los reyes que no pudieron reinar.

Cuando Barry Goldwater perdió, en 1964, las elecciones presidenciales contra el presidente Lyndon Johnson por un margen abrumador, muchos creyeron que bajo las ruinas de su proyecto político había nacido un mito ideológico. El candidato republicano solo había conseguido ganar en seis estados (y uno de ellos era el suyo, Arizona), obteniendo unos quince millones de votos menos que Lyndon Johnson. Fue uno de los fracasos más escandalosos de la historia de Estados Unidos.

Gobierno limitado

Goldwater había centrado su campaña a las elecciones primarias del Partido Republicano en la oposición a la Ley de los Derechos Civiles, que prohibía la segregación racial en los lugares públicos. Pensaba que «practicar la discriminación» era algo «moralmente incorrecto» y «económicamente malo», pero, a su juicio, este no era un asunto del Gobierno Federal, sino de los estados. Se definía como profundamente anticomunista y firme defensor de la libertad individual, y creía en la necesidad de un «gobierno limitado».

En la Convención Nacional Republicana celebrada en San Francisco, el senador de Arizona se enfrentó a Nelson Rockefeller y acabó saliendo nominado gracias a los delegados de Carolina del Sur. Introducido por Richard Nixon como «Mr. Conservador», Goldwater subió al estrado y afirmó: «Os recuerdo que el extremismo en la defensa de la libertad no es ningún vicio. Y permítanme recordarles que la moderación en la búsqueda de la justicia no es ninguna virtud». Unos meses después, el gobernador de California Ronald Reagan pronunció un discurso, transmitido por la televisión en todo el país, en el que mostraba su apoyo a la candidatura republicana. Con aquella alocución, Reagan logró adquirir una donación de un millón de dólares para la campaña, convirtiéndose, de forma inmediata, en una figura nacional.

Algunos intelectuales conservadores, como Lee Edwards, argumentan que, a pesar de que Goldwater perdió aquellas elecciones de una manera estrepitosa, el político liberó al conservadurismo estadounidense, en aquel entonces prisionero en las mazmorras de los llamados «republicanos de Eisenhower» –el ala moderada del partido–, e inició una revolución. Su campaña, calificada por el diplomático J. William Middendorf como un «glorioso desastre», de acuerdo con esta versión, facilitó la llegada de Ronald Reagan a la presidencia en 1980 y transformó al Partido Republicano para siempre.

Sin embargo, estos pensadores, apasionadamente enfocados en la construcción de la leyenda, obvian a menudo la posición de Goldwater, por ejemplo, sobre la presencia de los homosexuales en las fuerzas armadas –que apoyó públicamente, calificando su prohibición como «antiamericana»– o sus encendidas críticas a la «derecha religiosa», la cual, desde su punto de vista, «no tenía lugar en la política». Estos pensamientos se alejan mucho del Partido Republicano de nuestros días. Bien es cierto que todas esas manifestaciones fueron realizadas por un político en retirada, ya inactivo en el Capitolio. Su imagen, deliberadamente distorsionada, al igual que la de Ronald Reagan, ha sido invocada para patrocinar todo tipo de posiciones extremistas. Goldwater no era, como reconoció Roy Wilkins, presidente de la NAACP (La asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color) en aquel momento, un racista, pero se equivocó posicionándose en contra de una ley necesaria (el Gobierno no puede dejar abandonados a miles de ciudadanos en manos del gobernador de Alabama) y su causa hizo un daño terrible al introducir la política racial en la estrategia partidista.

Los candidatos republicanos con posibilidades de obtener la nominación, desde Marco Rubio hasta Ted Cruz, todavía aturdidos por el efecto Trump, se escoran hacia la derecha (solo hace falta leer sus declaraciones en temas como inmigración, economía, medio ambiente y política exterior), pero el partido sabe, no obstante, que un radical no es un candidato viable en las elecciones presidenciales de 2016. Jeb Bush, el más moderado, al parecer, en la contienda republicana, podría resultar ganador si, al temer que los demócratas sigan ocupando la Casa Blanca durante cuatro años más, las bases decidieran dar su apoyo al aspirante más presidenciable.

Duelo de dinastías

En el caso de que Hillary Clinton (quien, después de pedir perdón por la utilización de su correo personal para asuntos de interés general, parece haberse recuperado en las encuestas) obtuviera la nominación por parte de los demócratas y Bush representara a los republicanos, nos encontraríamos con un duelo de dinastías. Establishment frente establishment. El Partido Republicano no está preparado para un candidato del estilo de Goldwater, aunque la actitud conservadora que pretenden exteriorizar los candidatos es un intento (frustrado o no) de imitarlo. Curiosamente, Hillary, cuando era joven, fue una gran admiradora del senador de Arizona, porque, según ella, «era un vigoroso individualista que nadaba contra la corriente política». Un argumento que, en estos tiempos, suena muy familiar.

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