M. Mestanza. Málaga
A punto de rebasar la mitad de la semana grande, la fiesta no sólo no decae sino que fluye a raudales a pleno sol en el Cortijo de Torres. Y es que este año, visto lo visto, no parece que la crisis sea capaz de arruinar los planes ni las ganas de diversión de los miles de visitantes que se dejan cada día caer en el recinto ferial desde el mediodía.
Ayer, sus calles desiertas y en fase de recuperación tras la intensa jornada nocturna, derivaron en auténticos manantiales de gente que acudió rauda a la cita para disfrutar del ambiente festivo. Cómo no, también para saborear la mejor gastronomía en sus más de 200 casetas que han convertido ya en una tradición las degustaciones gratuitas de paella y las invitaciones a cerveza y demás bebidas que suponen un auténtico reclamo durante la fiesta.
Sus transeúntes se echaron ayer a sus calles desafiando las altas temperaturas que intentaron mitigar con la ayuda de sombreros y abanicos o colocándose bajo los aspersores de agua distribuidos por el recinto.
A cada paso, entre los sonidos de flamenco, sevillanas y reggaeton que se escapaban de las casetas, se dejaba sentir también el folclore y la tradición con la presencia de mujeres ataviadas con vistosos trajes de faralaes . "Siempre que vengo al Real por la mañana, voy vestida de gitana", asegura Pepita Amat, una amable anciana malagueña, quien señaló que acude un año más para pasárselo bien y "comer buenas raciones y disfrutar del tapeíllo".
También vienen cada vez más extranjeros de distintas partes del mundo. Entre ellos, Cameron Dubenion, un estadounidense que visita por primera vez la feria del Real acompañado por su mujer, Sofía, procedente de Cádiz, y de algunos compatriotas. "Disfruto mucho viendo sus caballos, escuchando la música... La cultura es muy diferente a la americana", comenta. Mientras, su mujer reconoce que el arte que se derrocha es lo que más le atrapa de esta fiesta. "El cante, la alegría de la gente, los trajes de gitana... Es puro arte", argumenta Sofía.
No obstante, el momento culmen llega por la tarde, cuando gente de todas las edades abarrota las casetas para disfrutar del baile y la música y de la bebida.
Los caballos, protagonistas. Numerosos caballistas llegados de distintos lugares del país también inundaron el recinto a lomos de sus equinos, que transitaban como uno más por las laberínticas calles del Real. Uno de ellos es Antonio Prieto, jinete que acude desde hace 15 años a la Feria. "Cada vez hay más tradición y cultura de caballos en la Feria. A partir de las 17.00 horas esto es un auténtico desmadre". Él tan sólo fue uno de los muchos caballistas que se dieron cita en el Real, que ayer esperaba reunir en torno a mil de estos animales.