Daniel Herrera. Málaga
Petardo. Se mire por donde se mire. La corrida de ayer no tiene por donde cogerla. Y eso desde el principio. Muchos aficionados se encontraron con un cambio de cartel que nadie esperaba. De hecho, ni siquiera desde el gabinete de comunicación de la empresa se encargaron de informar al respecto. Sí anunciaron por megafonía que regresaba Morante, pero hasta momentos antes del inicio del festejo no hubo tiempo para colgar la noticia en la web. Correos electrónicos desde La Malagueta llegaron a las redacciones con otros asuntos, pero no para anunciar la ausencia de Manuel Díaz ´El Cordobés´.
De este modo, fue finalmente Pedro Gutiérrez ´El Capea´ el que entraba en el cartel, obviando a otros toreros que pueden tener más interés. Como ejemplos: José Luis Moreno, Salvador Cortés, Curro Díaz, Rubén Pinar, Fernando Tendero, el malagueño David Galán... ¿Seguimos?
Como ven, la cosa empezó mal. Pero una vez en la plaza, las noticias fueron buenas para la empresa, que por segunda vez colgó el cartel de "no hay billetes". Pero el ambiente era diferente. El bullicio era mayor al de tardes anteriores, y había muchas caras poco habituales.
Comenzó la corrida, y el primero de una corrida del Marqués de Domecq muy desigual de presentación flojeaba en el caballo. Luego, por si fuera poco, se rompía las pezuñas de sus dos manos, quedando por tanto inutilizado para la lidia. Se fueron así las opciones del director de lidia, el también empresario Francisco Rivera Ordóñez, quien hizo amago de seguir toreando pese a las protestas del respetable.
Se quiso justificar con más pena que gloria en el segundo de su lote, un astado en el que rehusó banderillear (en el anterior lo había hecho con solvencia). El animal metía la cara sin clase alguna, y el matador le dio muletazos a diestro y siniestro a media altura, en la mayoría de los casos fuera de cacho y metiendo el pico. Los enganchones fueron abundantes, y a pesar de que estuvo muchos minutos en la cara del burel, el público no le hizo ni caso. Ni para bien ni para mal.
La oreja. El que cortó la única oreja del encierro, que como queda claro en el titular, no salva del petardo de corrida, fue el granadino David Fandila ´El Fandi´. Fue de su segundo, que como el anterior brindó a su público. Sin duda, puede estar satisfecho, porque su público le es fiel, y está dispuesto a aplaudirle lo que haga. Tras recibir con una larga cambiada y proseguir con chicuelinas y una revolera, levantó a los tendidos con cuatro pares de banderillas de poco ajuste. Eso sí, la forma física que exhibe para parar a los toros tras clavar es envidiable. Sería bonito un duelo con Ussain Bolt corriendo hacia atrás. Mucho tendría que entrenar el jamaicano para quitarle este récord. Ya con la muleta, el del Marqués no fue sencillo, ya que tendía a echar la cara arriba. Con esa incomodidad, sus partidarios (que eran mayoría) aplaudieron el toreo accesorio, ya que del fundamental nada se pudo ver. Tras un pinchazo, una estocada y dos descabellos, se le pidió una oreja que la presidenta hizo amago de aguantar pero que no fue posible por la demora de las mulillas en realizar su función.
Antes, a su primero, El Fandi le dejó muy crudo en el caballo (alguien debería recordarle que en plaza de primera debe entrar dos veces) para clavar nuevamente a toro pasado. Muy parado, realmente no se sabe muy bien qué quiso hacer ver al prolongar sin ningún lucimiento. Recibió un varetazo en tercio superior del brazo izquierdo.
Sin justificación. El Capea, por su parte, no hizo más que dar la razón a quien no veía justificada su presencia. Desde que tomó la alternativa aquí ha venido todos los años, sin ningún triunfo importante. Ayer tampoco fue, y eso que dentro de una corrida mala, los suyos fueron de los que más posibilidades ofrecieron. Cierto es que el primero metía la cara rebrincado, pero él hizo todo un ejercicio de destoreo. Cuando no se consigue meter al animal en el engaño, termina subiéndose a las barbas. La afición obligó a parar a la banda de música, que no sé qué vio para comenzar el pasodoble. Por si fuera poco, el último no daba ni sensación de peligro. Se desplazaba sin clase, y como alma en pena, el salmantino se lo pasó una y otra vez sin escucharse un solo olé. Incluso se adornó al final de la faena con abaniqueos y un desplante de rodillas. ¿De verdad creía que lo estaba haciendo bien?
Se me olvidaba una cosa positiva (para que nadie diga), el festejo terminó pronto.