Serial Vivir en...

Gregorio, un argentino cuyo amor por Alicante no puede plasmarse en postales

04.07.2008 | 15:42

Gregorio Núñez percibe Alicante a través del oído, el tacto, el olfato y el sabor. No la ha visto nunca ni la verá pero asegura que de esta ciudad no le saca nadie.

En su país natal, Argentina, diseñaba y construía edificios como arquitecto que es; en España, como psicólogo que también es, reconstruye perfiles sociales y de valores a menores con problemas de sociabilidad.

Su ceguera interrumpió su profesión de arquitecto y le llevó a estudiar psicología. Una hija en España lo trasladó hasta Alicante junto al resto de su familia.

Aunque afirma que hay más minusvalías emocionales que físicas, ha decidido crear la Asociación de Inmigrantes Discapacitados, y eso que un día le dijeron que "ya le llamarían" cuando optó a un trabajo como psicólogo en una asociación de minusválidos.


Pregunta.- ¿Por qué Alicante?
Respuesta.- Mi hija trabajaba como técnica turística en Palma de Mallorca y un día decidí viajar desde Argentina para verla. Me encantó la isla y me gustaron sus gentes. Luego nació mi nieto y tuvo que desplazarse a Alicante. Llegué a esta tierra y me encantó.

He descubierto este espacio -en alusión a la capital alicantina- y me fascina, me atrapa y me seduce. He tenido una propuesta para ser gerente del Club Atlético de Fútbol Ituzaingó (Buenos Aires), del que ya fui presidente, pero no. Me quedo aquí.


P.- No puede ver la ciudad por su ceguera. ¿Qué ha visto -prefiere que se utilice este verbo- para decidir quedarse?
R.- A veces, la mirada es como una cámara fotográfica, que focaliza y se detiene. Cuando yo perdí la vista, aprendí a mirar el mundo. Es algo hermoso percibir otros sentidos que hasta ese momento no utilizaba.

He descubierto el tacto, los olores, el ruido y el sabor. Me quedo con lo que ahora puedo ver, no con lo que antes miraba.


P.- ¿Qué percibe de Alicante?
R.- Siento un tacto generoso. Me da calidez y su textura tiene grandes contrastes. Es una riqueza poder tocar la arena de la playa y a 35 kilómetros poder sentir la nieve. En mi país tendría que recorrer mil kilómetros.

Disfruto cuando voy a los mercadillos. Muchos olores y sonidos de todo tipo. Escucho hablar a nigerianos, marroquíes, rumanos... esto es un privilegio. Mi mujer me pregunta a qué voy, especialmente cuando vuelvo sin comprar nada.

Además, con las comidas he conectado con mi niñez. En Buenos Aires me escapaba de mi casa y me iba a comer con una vecina española. Llegar aquí -llora- y volver a oler aquello...


P.- ¿Cuál es su impresión respecto a España y el fenómeno de la inmigración?
R.- Más allá de las quejas y excepciones, percibo una España generosa. Decir que la culpa es del inmigrante supone ver el árbol y no el bosque. Bien distinto es el amor propio al propio amor. Lo primero es egoísta, lo segundo solidario.

Es importante ser activo y participativo en la sociedad. De cada uno también dependen sus posibilidades de integración.


P.- ¿Qué ha supuesto pasar de arquitecto a psicólogo?
R.- Yo tenía mi empresa en Argentina. Dibujaba planos y me gustaba jugar al fútbol. Cuando perdí la vista a los 29 años fue un mazazo. Imagínate, casado, con tres hijos...

Hay dos posibilidades de convivir con una minusvalía: desde la resignación, lo que te lleva a vivir esta relación como una amenaza, o desde la aceptación, que es lo que te lleva a vivirla como un reto.

Ya ciego, empecé a estudiar Psicología y acabé la carrera en cuatro años.


P.- ¿Cómo surge la idea de crear la Asociación de Inmigrantes Discapacitados?
R.- Si ser inmigrante ya dificulta las cosas, imagínate con alguna discapacidad, pero tenemos que trabajar y decirle al mundo que tenemos mucho que ofrecer.

Todos los seres humanos tenemos alguna discapacidad, emocional o intelectual. Cuando alguien no se atreve a declarar su amor sufre lo increíble. Creo que hay más discapacidades emocionales que psíquicas o físicas.


P.- ¿Cómo es un día en el centro y cómo es su trabajo con los jóvenes?
R.- Disfruto mucho porque me siento una herramienta útil en la mano de los demás. Algo aporto pero es mucho más gratificante lo que recibo de ellos. Los adultos creemos que la juventud se pierde y eso, a mi juicio, es una mentira.

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