Filipinas

Las terrazas de arroz de Banaue, puerta al mundo mágico de los ifugao

03.07.2008 | 10:48
La contemplación de las milenarias terrazas de arroz de Banaue, en el norte de Filipinas, abre la puerta al mundo mágico de la tribu ifugao y a lo que sus habitantes proclaman como la "octava maravilla del mundo". Banaue, con una población que ronda los 21.000 habitantes, comprende 19 pequeñas aldeas, en las que la gente no vive sorprendentemente del arroz, sino de la tala de árboles, al trabajo de la madera y la venta de sus cultivos. El lugar más conocido de la zona para descubrir la magia de las terrazas, que fueron ideada hace más de 2.000 años por los ifugao, es Batad, una aldea en la que conviven construcciones modernas con las tradicionales cabañas aborígenes. EFE/Paula Regueira
La contemplación de las milenarias terrazas de arroz de Banaue, en el norte de Filipinas, abre la puerta al mundo mágico de la tribu ifugao y a lo que sus habitantes proclaman como la "octava maravilla del mundo". Banaue, con una población que ronda los 21.000 habitantes, comprende 19 pequeñas aldeas, en las que la gente no vive sorprendentemente del arroz, sino de la tala de árboles, al trabajo de la madera y la venta de sus cultivos. El lugar más conocido de la zona para descubrir la magia de las terrazas, que fueron ideada hace más de 2.000 años por los ifugao, es Batad, una aldea en la que conviven construcciones modernas con las tradicionales cabañas aborígenes. EFE/Paula Regueira

La contemplación de las milenarias terrazas de arroz de Banaue, en el norte de Filipinas, abre la puerta al mundo mágico de la tribu ifugao y a lo que sus habitantes proclaman como la "octava maravilla del mundo".

Banaue, con una población que ronda los 21.000 habitantes, comprende 19 pequeñas aldeas, en las que la gente no vive sorprendentemente del arroz, sino de la tala de árboles, el trabajo de la madera y la venta de sus cultivos.

La pobreza y modestia del cemento que recubre todas las pequeñas viviendas contrasta con los miles de detalles tallados en las puertas de madera de cada hogar, donde gallinas y algunas cabras famélicas pasean con desgana.

El lugar más conocido de la zona para descubrir la magia de las terrazas, que fueron ideada hace más de 2.000 años por los ifugao, es Batad, una aldea en la que conviven construcciones modernas con las tradicionales cabañas aborígenes.

El tortuoso camino para alcanzar el pueblo demuestra su estancamiento, algunos pequeños tramos están cubiertos con pavimento pero la mayoría es sólo de tierra y grandes piedras, colocadas allí por la población para evitar los corrimientos.

Rhenson Gayana, un empleado de la oficina de turismo de Banaue, señala que "la falta de presupuesto" es la causa de esta situación y asegura que debido a todas estas dificultades mucha gente joven se marcha de Batad.

A mitad del trayecto, es necesario proseguir a pie durante casi una hora porque los caminos son muy escarpados y estrechos.

Ésta no es la única muestra del desinterés de la administración: la electricidad entró en Batad hace dos años y en la actualidad sólo pueden ver dos canales de televisión.

Pero la contemplación de la inmensas terrazas de arroz esculpidas en las laderas interiores de cada una de las montañas que van a dar a Batad silencian, por un instante, todas las reivindicaciones.

En la diminuta aldea viven con tranquilidad algunas decenas de familias que, a pesar del enorme terreno que cubren los cultivos arroceros, no alcanzan a satisfacer sus necesidades y tienen que comprar el grano en otros pueblos cercanos.

Los habitantes de Batad, descendientes de los ifugao, conservan todavía la mirada perdida característica de esta comunidad en parte gracias al nga nga, un estimulante creado a partir de las hojas y los frutos de la palma que mastican una y otra vez, y muchos de ellos rehúsan hacerse fotos por miedo a que la cámara capture su alma.

Mientras algunas de las mujeres más ancianas continúan tejiendo bahag, el taparrabos tradicional que ya sólo visten para el disfrute de los pocos turistas, la mayoría de la población se afana en recoger el arroz.

"Esta vida simple es muy dura, no cambiar nunca, vivir generación tras generación en la misma cabaña", dice Belén Dinamling, una mujer de 38 años, con cuatro hijos y que heredó la casa de sus padres por ser la primogénita.

Dinamling explica que la falta de infraestructuras de Batad complica la vida de los vecinos que se ven obligados a llevar a pie en camillas improvisadas a enfermos o mujeres embarazadas hasta Banaue para conseguir la atención de un médico.

Otra de las grandes sorpresas de Batad es una iglesia protestante coreana a la que muchos acuden debido a su cercanía, aunque el Dios más conocido siga siendo Bulol, la divinidad del arroz cuyas figuras talladas en madera son uno de los iconos de la artesanía de Filipinas.

A Bulol rinden pleitesía por las bondades de su arroz, denominado "tinawon", y por sus diferentes colores, blanco, marrón o el singular rosado.

Charles Kimmayong, un estudiante de Batad, asegura orgulloso que el grano de la aldea es el mejor del país gracias a los sistemas de irrigación ideados en el pasado y porque los agricultores no utilizan química en su cultivo.

El arroz, al fin y al cabo, es fruto de unas terrazas resguardadas del mundo por la Cordillera y de una recogida y secado con la tranquilidad que practican los habitantes de esta tierra, herederos de la sabiduría y paciencia de los ifugao.

Otras webs del Grupo Editorial Prensa Ibérica
 
 
 
La Opinión de Málaga