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Los Igorot se aferran a sus tradiciones ante la tentación del progreso

04.07.2008 | 13:37
 Añadir foto La tribu Igorot, apartada del bullicio de la ciudad en el corazón de la gran Cordillera de la isla de Luzón, ha conseguido preservar sus tradiciones ancestrales pese a la constante tentación de adaptarse a los nuevos tiempos. Para los Igorot la vida y la muerte forman parte de un camino que los humanos recorren una y otra vez, y por ese motivo, colocan a los muertos en posición fetal para que emprendan el regreso al mismo punto en el que iniciaron su andadura cuando nacieron. EFE/Paula Regueira Leal
Añadir foto La tribu Igorot, apartada del bullicio de la ciudad en el corazón de la gran Cordillera de la isla de Luzón, ha conseguido preservar sus tradiciones ancestrales pese a la constante tentación de adaptarse a los nuevos tiempos. Para los Igorot la vida y la muerte forman parte de un camino que los humanos recorren una y otra vez, y por ese motivo, colocan a los muertos en posición fetal para que emprendan el regreso al mismo punto en el que iniciaron su andadura cuando nacieron. EFE/Paula Regueira Leal

La tribu Igorot, apartada del bullicio de la ciudad en el corazón de la gran Cordillera de la isla de Luzón, ha conseguido preservar sus tradiciones ancestrales pese a la constante tentación de adaptarse a los nuevos tiempos.

Los miembros de la tribu Igorot hace ya algunos años que dejaron de vestir su tradicional taparrabos o "bahad", que ahora portan en ocasiones especiales, como bodas o festivales, y las mujeres tampoco lucen a diario el "tapis", una falda blanca, negra y roja que deja al descubierto todo su torso.

Aunque abandonaron el tipo de vida de sus antepasados, los pobladores de Sagada y de otros doce pequeños municipios de la zona, se identifican con orgullo como los Igorot, lo que literalmente significa "gente de las montañas".

"Somos una tribu, seguimos nuestras tradiciones y respetamos nuestra cultura, pero la industrialización y la tecnología también han llegado hasta aquí y no tenemos porque vivir igual que antes", asegura Dina Salcedo, una profesora de primaria de la zona.

Como ocurría antaño, los Igorot sienten aversión por la tribu Ifugao, rival y pobladora de la zona sur de la sierra, a la que critican por haber consentido vivir casi recluidos en las llamadas "aldeas étnicas" creadas por el Gobierno, y por enterrar a sus muertos, acción que consideran abominable.

Para los Igorot la vida y la muerte forman parte de un camino que los humanos recorren una y otra vez, y por ese motivo, colocan a los muertos en posición fetal para que emprendan el regreso al mismo punto en el que iniciaron su andadura cuando nacieron.

El cadáver es depositado en un ataúd de madera en la cumbre de la montaña, con la intención de que el alma de la persona muerta pueda disfrutar de la naturaleza en compañía de los espíritus que moran en los bosques.

"Nuestras almas vagan por los montes y entre los árboles, así que cuando alguien fallece le ponemos en lo alto (de la montaña) para que pueda estar en contacto con los espíritus que allí viven", explica Aldwin Piluden, un comerciante Igorot, de Sagada.

En ocasiones, algunos ataúdes son depositados en cuevas de las montañas, aunque "siempre en lugares a los llegue la luz del sol, con el fin de dar vida al alma del muerto", apunta Aldwin.

Las montañas del municipio de Sagada están plagadas de cuevas, la mayor de ellas, denominada "Sumaging", tiene miles de estalactitas y estalagmitas, así como pequeñas charcas de agua helada.

"Estas cuevas son un regalo de Kabunyan, tienen miles de años y el hombre nació ayer, no tenemos derecho a destruir este legado, sólo a contemplarlo y protegerlo", reza el mensaje que la tribu Igorot ha colocado a la entrada de la cueva de "Sumaging" para explicar sus creencias.

Kabuyan es el ancestral dios de la tribu, al que siguen venerando a pesar de que a principios del siglo XIX, y después de la llegada de los primeros norteamericanos, la mayoría de los Igorot adoptó la religión anglicana.

"Los religiosos que llegaron no hicieron que nos adaptásemos a su religión, fuimos nosotros los que adaptamos sus enseñanzas a nuestro modo de vida", indica Piluden.

A muchos de los habitantes de estas montañas les gusta expresar el orgulloso que sienten por el legado de sus antepasados, y a su vez, destacar sus diferencias con el resto de los filipinos que habitan en Luzón y otras islas del archipiélago.

Bang-a, campesino de Sagada que se niega a hablar otra lengua que no sea la de su tribu, explica indignado, que cuando iba a la escuela la maestra le contó que el presidente de Filipinas Ramón Magsaysay, quien gobernó entre 1953 y 1957, dijo en varias ocasiones que los Igorot parecían simios.

"Mi tierra es Sagada, sus árboles y campos, yo no me siento filipino, soy sólo Igorot", afirma Bang-a.

El Gobierno de Filipinas promulgó hace más de una década una ley por la que las tierras de la tribu son de "propiedad ancestral", por lo que no pueden ser compradas por personas de fuera y están a la entera disposición de los indígenas.

Los habitantes de la zona respetan la naturaleza y utilizan los campos para cultivar, que es la principal actividad económica de Sagada.

En las serpenteadas carreteras que recorren las montañas para llegar a Sagada no se ven motocicletas, ni motocarros, uno de los transportes más utilizados en Filipinas, desde que la tribu Igorot los prohibió en sus dominios para vivir con mayor tranquilidad.

Pero de vez en cuando, a los integrantes de esta pacífica tribu les asalta la tentación del bullicio de las ciudades.

"Algunas veces me gusta ir a Manila para ver la cantidad de gente que va y viene y entrar en un restaurante para sentir el aire acondicionado", dice un vecino.

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