Concierto

El saxofonista James Carter vuelca toda su sabiduría en una actuación única en España

20.07.2008 | 11:43

La única actuación en España del saxofonista James Carter y su Quintet acabó con un jubiloso concierto donde se entregó en cuerpo y alma e hizo alarde de todas sus facultades técnicas y físicas, que no son pocas: esas respiraciones circulares con el diafragma, y esos pizzicatos percusivos a base de lengüetazos que recuerdan al gran David Murray.

Equidistante entre el "entertainer" y el artista, Carter dejó bien claro que domina el lenguaje del jazz en todas sus facetas, y que a sus instrumentos le van quedando muy escasos secretos, desde el saxo alto, pasando por el tenor y soprano, hasta el barítono, del que es un verdadero maestro.

Desde que Wynton Marsalis lo descubriera a los 17 años, el extrovertido saxofonista de Detroit no ha hecho sino aumentar su prestigio y su poder de seducción. Tiene a su favor un apabullante dominio de todos los resortes técnicos: puede derretir en los tempos ultralentos, puede gritar ronco y descarado, apela al sentido del humor ácido de los músicos libres de los años 60, y tiene la curiosidad arqueológica de los revisionistas herméticos.

En directo, a la formación "all-stars" de la grabación de "Present Tense", que presentó casi en su totalidad, le sustituye la banda de trabajo de Carter: el pianista Gerard Gibbs, el bajista brasileño Ralph Armstrong, el baterista Leonard King, y el trompetista Dwight Adams, pero sin concesiones.

Convirtieron las introducciones de "Present Tense" y de la fanfarrona "Rapid Shave", de Stanley Turrentine al saxo tenor, en auténtica apoteosis, con Carter al barítono.

Carter no andaba escaso de alta velocidad, y Armstrong es su ancla inamovible, siempre proporcionando un pulso firme, alrededor del cual sus compañeros de banda pueden ser más flexibles.

Todos se animaban mutuamente, con risas, gritos, carcajadas ...

especialmente durante un solo de Gibbs en una versi-on de "Song of Delilah" , fijada en la memoria por la versión que tocaban el trompetista Clifford Brown junto a Sonny Rollins, y que se trabaja aquí con una sensibilidad rítmica cercana al "hip-hop".

En definitiva, un recorrido musical que abarcó diversas épocas y estilos, llevados adelante de una manera original y siempre interesante por Carter y su quinteto, mezclando el uso de motivos sencillos con una aproximación gamberra, juguetona, como cuando el pianista aporrea las teclas con el pie, cambiando de estilo en un mismo tema varias veces de la forma más natural.

Empezar por el territorio "free" jazz con final abierto para pasarse al rollo visceral, también es un recurso habitual de Carter, que acaparó casi toda la atención. La fiesta terminó con un tema de Carter ("Bossa JC"), y una última demostración de que la vanguardia puede resultar accesible y hasta divertida en las manos adecuadas.

Se lo puso difícil al guitarrista cubano René Toledo y su sexteto, que arrancó con una pieza, "Amanecer", de su primer disco, "Dreamer". Toledo es un excelente músico que ha tocado tanto para Julio Iglesias y Gloria Estefan como para Arturo Sandoval. De este hizo "Samba de amor", que constituyó uno de sus mejores momentos.

Toledo despliega un sonido muy atractivo, con "swing" ocasional, pero la mayoría de sus composiciones resultan un tanto asténicas por más que sus habilidades sean notables . Al final termina pareciéndose menos a un Pat Metheny que a un Earl Klug debilitado.

Tras estrenar "Devotion", que aún no ha grabado en disco, Toledo dio paso a su invitada, Montse Cortes, con una pequeña selección de bolero jazz que empezó con el clásico de Armando Manzanero "Contigo aprendí", sin empastar definitivamente, al que siguieron otros como "Voy a apagar la luz", donde La Montse hizo vibrar con esa voz flamenca, velada, dramática y muy gitana.

Montse Cortés es una de las voces importantes del flamenco actual. Mantiene la pureza profunda de la tradición (de familia le viene), mientras no pierde la mirada al tiempo que vivimos. Cuando las músicas se encuentran, se funden y se hacen una, no hay cabida más que para el sentimiento.

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