Ópera

Bayreuth prosigue hoy con Tristán e Isolda tras el éxito del estreno de Parsifal

26.07.2008 | 15:02

La 97 edición del festival de ópera de Bayreuth, continua hoy con la representación de la ópera Tristán e Isolda tras el estreno de un Parsifal que rebusca en el pasado de Alemania y de la familia Wagner hasta dar con el Grial.

El director teatral Stefan Herheim dejó por una sobrecarga de simbolismo y ambición narrativa preguntas sin respuestas, pero su producción, técnicamente impecable, y la actuación magistral de los cantantes y de la orquesta entusiasmaron al público, logrando con ello el festival rompiera su larga racha de estrenos fallidos.

Y también que la despedida de Wolfang Wagner como director de la "verde colina" sea más dulce que agria, pues fue su esposa Gudrum, fallecida el pasado año, quien encargó al noruego una producción sensata de Parsifal para sustituir a la estrenada cuatro años atrás por el provocador Christoph Schlingensief.

Bayreuth aseguró al debutante uno de los mejores repartos de los últimos años, entre ellos la mezzo Mihoko Fujimura en el papel de Kundry, Kwangchul Youn como Gurnemanz, Detlef Roth como Amfortas y Thomas Jesatko como Klinsgort, y un director fiable, Daniele Gatti.

Herheim, músico de formación y artista-filósofo de vocación, cumplió con sobresaliente el encargo, aunque no renunció al mínimo de transgresión propia de la regie moderna.

El noruego se subió al carrusel el pasado año con un Don Giovanni ambientado en una iglesia: El don Juan es un cardenal y su ayudante, Leporello, un sacerdote pedófilo.

Herheim no fue tan lejos en Parsifal, aunque si se atrevió y esto es un hito en la historia del festival, a hurgar en el pasado de la "verde colina" y en la relación de algunos miembros del clan Wagner con el "tío Wolf", como llamaban a Adolf Hitler cuando les visitaba en Bayreuth, ya entonces punto de peregrinación y culto wagneriano.

El epicentro escénico de este Parsifal es la tumba de Richard Wagner y Villa Wahnfried, residencia del compositor ahora museo.

En esa tumba-altar, simbolizada en la producción por una cama donde casi todo comienza y casi todo acaba, ve morir Parsifal su madre, cuyo recuerdo convierte en deseo, participa del sufrimiento de Amfortas y, al final del primer acto, le ve parir un bebé que es sacrificado y comido en forma de pan y vino.

Tras el alumbramiento, Herheim dio un golpe de efecto y fundió la figura de Amfortas con la de la madre de Parsifal. El comentario al concluir el primer acto es que Bayreuth asistía al Wagner original.

Y también al más político, pues el noruego eliminó la carga sacra de la ópera, asociada como ninguna otra al Viernes Santo, y convirtió Parsifal en Alemania, la búsqueda del Grial en la liberación colectiva que lleva un mejor destino como nación.

Hace para ello una retrospectiva de la historia y formación del país desde la desde la caída del imperio a finales del siglo XIX hasta la fundación de la República Federal, pasando por la República de Weimar, el nacionalsocialismo y la II Guerra Mundial.

Parsifal, la joven Alemania, asiste con indiferencia a los primeros episodios, proyectados en vídeo, mientras enfermeras libertinas alivian a los soldados que recogen del campo de batalla seductoras valquirias al mando de Klingsort, un hermafrodita con alas de águila, como todos los habitantes de Villa Wahnfried.

Tampoco reaccionan a los coqueteos de la familia Wagner con el nacionalsocialismo, que irrumpe en Villa Wahnfried y en el festival en forma de grandes banderas rojas con cruces gamadas y oficiales de las SS que disparan contra todos.

En el teatro se escucharon abucheos aislados, pero Herheim no dio ni lugar ni tiempo al contagio pues la bofetada apenas duró un par de minutos, en un segundo que resultó especialmente bello y como el primero, casi perfecto, desde el punto de vista de regie.

La destrucción de la II Guerra Mundial descubren en Parsifal el sentimiento de la compasión por el dolor ajeno abriendo con ello el camino de la liberación y el gran hallazgo del Grial.

Alemania como nación encontró el suyo en el Parlamento, donde transcurre el tercer acto de Parsifal, un hemiciclo dominado por el águila, símbolo nacional, en el que Amfortas, coronado de espinas y traje de chaqueta abraza la muerte para dar lugar a un nuevo orden.

El vestuario, rabiosamente operístico de Gesine Völlm y la iluminación cinematográfica de Heike Scheele, fueron determinantes en el éxito de esta producción, con reminiscencias de Nosferatur y asociaciones de cabaré y una Kundry maleable que fue doncella, esclava, amante, Amfortas, madre, puta y hasta Marlene Dietrich.

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