El pañuelo

Al olor de la sardina

27.07.2008 | 00:00
Arriba, Miguel Ángel Perera, en Valencia; abajo, José Tomás, en su regreso en Santander. Arriba, Miguel Ángel Perera, en Valencia; abajo, José Tomás, en su regreso en Santander.

Se acabaron las ferias de Valencia y Santander. Eran los escenarios sobre los que se centraban las miradas de los aficionados en esta recta final del mes de julio. Sin estar en la capital cántabra, las actuaciones de los toreros que más interesan se han seguido desde Valencia con notable interés. No es que los triunfos en el coso de Cuatro Caminos sean tan valorados como para estar pegado al transistor, que diría un clásico. Es plaza de segunda y no da para tanto, aunque es cierto que cada año suma y suma elementos que la hacen más esencial en el calendario. Tanto es así, que los críticos titulares de los rotativos madrileños -me niego a llamarles nacionales-, con la excepción de Javier Villán, de ´El Mundo´, últimamente vienen prefiriendo el olor de la sardina a la horchata de Alboraia. Debe tomar nota el joven diputado de Asuntos Taurinos, Isidro Prieto, y ponerse a trabajar en la búsqueda de ´atractivas redes´ que les hagan volver. Claro, que en esta edición tenían el valor añadido -¿o no?-de que toreaba y reaparecía, José Tomás y había que testarlo.
El resultado: el torero de Galapagar cortó sólo una oreja, botín que a la mayoría les ha parecido corto. Que Enrique Ponce, se le adelantó el día anterior, sumando tres orejas, y que Miguel Ángel Perera, daba un golpe de autoridad y cortaba cuatro orejas el día después. Se confirmaba que al extremeño se le da muy bien torear recogiendo el ambiente que JT le deja entre los públicos. Si recordamos San Isidro, allí comenzó lo que ya va siendo leyenda. Y lo será más si el espigado Perera sigue creciendo como lo hemos visto en Valencia y en tantas otras plazas donde actúa últimamente.
En la Feria de Valencia, no tuvimos tanta suerte. No porque no haya actuado JT, que puede, sino porque nuestro Enrique Ponce, santo y seña de esta afición y para el que el coso de la calle de Xátiva esta feria se le ha convertido en un suplicio, no ha triunfado. En ninguna de sus dos actuaciones ha tenido suerte. Esto es muy cierto. Pero como ha declarado el mismísimo Perera a raíz de su gran actuación en Santander, "la suerte hay que buscarla". Cabría decirle a Enrique que, sobre todo, en la plaza y no tanto en los reservados del Hotel Las Arenas. También se puede hacer de otras formas, pero fundamentalmente de una: cuidar a elección del ganado.
Llegados a este punto hay que preguntarse qué gente tiene a su alrededor el torero de Chiva, que permite que se produzcan desaguisados de tanto calado como el que le echen para atrás una corrida de tanto nombre como la de Samuel Flores. O que no tengan previstos sobreros de las garantías que precisa un torero que tiene, sobre todo en esta plaza, la obligación de salir a darlo todo. No creemos que Enrique tenga duda de nuestra afirmación. Embraguetarse sólo ante el empresario a la hora de pedir honorarios, entendemos que, siendo legítimo, no se corresponde con la categoría de un torero que está, ¡ahí es nada!, dieciocho temporadas liderando el máximo escalafón. Ser figura, y dirigir a una figura, implica otras muchas más cosas que crearse un ejército de aduladores.
Abundando en el peso negativo que ha tenido en el resultado final de la Feria de Julio de esta edición el déficit ganadero, hay que pedir, y ya van demasiadas veces, al empresario como responsable que figura ante quien pasa por la taquilla, que no deje que los toreros intervengan tanto y tan egoístamente en la elección de los toros a lidiar. No estamos diciendo que las ganaderías no sean las adecuadas, sino el tipo de toro que finalmente apartan para Valencia. Un poquito de seriedad: mínimamente la exhibida por Marqués de Domecq y El Torero.
Y como todo no debe ser limón, hay que pararse para recordar los buenos y mejores momentos que se han disfrutado. De lo que me han contado, me quedo con la corrida de El Torero, de gran calidad. De lo visto, con la expresiva actuación de José Calvo, ante los toros del Marqués. Como no puede ser de otra manera, también con la sólida actuación de un Perera, a quien se le ve crecer tanto que no se le adivina su techo; con los apuntes de la posible recuperación de Sebastián Castella; con la disposición de El Cid, aunque siga pinchando buenas faenas, y me quedo con la progresión de Cayetano: ahora ha sumado, a su indudable torería y expresión, un oficio que lo está llevando por el camino del poder, tan difícil de lograr cuando se da el pecho a los toros.

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