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EFE Un hito sin precedentes da muestra del interés suscitado por esta generación de cineastas en la escena internacional: tres películas filipinas serán exhibidas en el recién inaugurado festival de Cannes junto a cintas de realizadores consagrados como Pedro Almodóvar, Ang Lee, Ken Loach, Quentin Tarantino o Lars Von Trier.
"La revolución del cine digital y la escasez de dinero han jugado a nuestro favor, al darnos una gran libertad", explica a Efe Adolfo Alix en el cuarto de montaje en el que ultima su película "Karera", que refleja las contradicciones morales, políticas y sociales de Filipinas mediante el retrato de un día en la familia Domingo, que sobrevive gracias a las apuestas en las carreras de caballos.
Alix, que presentará en Cannes dos filmes: "Independencia", dirigido por él, y "Manila", codirigido junto a Raya Martin, considera que los trabajos de la nueva generación de cineastas filipinos "son más personales" y tienen un lenguaje propio.
El comienzo de la nueva ola filipina puede fecharse en 2005, con el lanzamiento de "The Masseur", de Brillante Mendoza, máximo exponente de su generación, que viajará por tercera vez a Cannes con su largometraje "Kinatay", una sórdida cinta sobre dos gángsters que descuartizan a sus víctimas.
Desde ese año, los cineastas filipinos han acudido a las muestras de Berlín, Sundance, Las Palmas, Pessaro, Buenos Aires o Rotterdam, donde han cosechado las alabanzas de cineastas como Sean Penn, que el año pasado pidió una segunda proyección de la película de Mendoza "Serbis", cuando era presidente del jurado en Cannes.
Pero estas radicales propuestas, frecuentemente rodadas con cámara al hombro, no han sido siempre bien digeridas y no han faltado los críticos que han tachado de "farsa" las pretensiones experimentales de los filipinos.
O los espectadores que se han marchado indignados de la sala, abrumados, por ejemplo, ante las nueve horas de duración de la maratoniana "Death in the Land of Encantos", de Lav Diaz.
Tampoco dentro de las fronteras de su país han encontrado estos directores una gran comprensión, en una nación donde la censura recorta todo el metraje que huela a sexo o violencia.
La cinta de Adolfo Alix "Aurora", en la que el cineasta explora la conversión de la guerrilla filipina en un movimiento sin más ideología que la violencia, tiene prohibida la exhibición en su país debido a que en ella aparece la brutal violación de una secuestrada.
Los gustos del público filipino tampoco comulgan con estas propuestas, más inclinados hacia la comedia romántica de tintes comerciales.
"Las audiencias filipinas no están lo suficientemente maduras para apreciar este tipo de películas. Aquí se llevan mucho las historias comerciales, de comer palomitas", asegura Digna Santiago, directiva del organismo encargado de promocionar el séptimo arte en el archipiélago, donde el año pasado se produjeron 89 películas (53 de ellas en formato digital).
Sin embargo, el realizador Raya Martin no está de acuerdo: "A la gente le gusta el cine comercial porque es el único accesible en las 500 salas que hay en Filipinas. Pero no hemos nacido predestinados a amar un cine u otro. Se trata de educar al público".
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