la opinión. Madrid
Morante de la Puebla se coronó ayer como el rey de lo que llevamos de San Isidro. Fue en el cuarto toro de la tarde cuando el diestro mostró todo de lo que es capaz: arte puro, pases en cámara lenta, gustándose en las verónicas y los detalles y chispazos de genio. Cumbre de Morante con la muleta y el capote, un toreo de capa con el que el matador se vació. Las Ventas, conmovida por la entrega del sevillano, acompañaba con palmas flamencas los pases. Fue todo un festín para el aficionado, justamente recompensado con una oreja (paseada con ojos visiblemente llorosos por el matador). En su primera actuación, tras la devolución del astado ´programado´, Morante mostró más actitud que profundidad: hubo temple y ganas, pero el animal impidió cualquier posibilidad, por lo que el diestro terminó asumiendo que había que abreviar.
José María Manzanares también dejó destellos. Lo mejor de su primero, la contundente estocada; poco pudo hacer el diestro ante un toro de escasísimo recorrido. Las cosas cambiaron en su siguiente reto: el toro colaboraba, lo que permitió a Manzanares lucirse en sus muletazos pero sin el ritmo y continuidad necesarios para garantizar algo más que la ovación que cosechó.
Por su parte, Rubén Pinar fue silenciado en sus dos actuaciones de ayer en Las Ventas. A su primer toro le faltaba fuerza y le sobraba nobleza, y el matador tampoco hizo mucho por exprimir lo que había. Su segundo fue mucho mejor, el más sólido del encierro de Domecq, pero Pinar demostró no estar a la altura.