Pedro Toledano
De Madrid, si no al cielo, al llano de las ferias sanjuaneras. Ahí están a punto de abrir sus puertas para que los toreros se repongan de los tragos amargos que San Isidro y el apéndice sin sentido que es la Feria del Aniversario les supone cada primavera. Ésta más, porque los toros no han querido embestir como se les pide que lo hagan y también porque ha habido más sangre y más dolor que triunfos. Pasadas esas páginas que recogen la historia de un serial cicatero y romo en tardes para el recuerdo, con apenas media docena de nombres distinguidos, el último el novel Rubén Pinar que al abrir la puerta grande también se le abre un ancho crédito en su recién estrenada carrera como matador de toros, digo, que por tan corto balance artístico, hay que detenerse para pedir con respeto, pero con la seriedad que el lance merece, autocrítica a los responsables de que así haya sido.
Podría haber ocurrido que el yerro de Madrid haya sido motivado por el mal ojo de quien o quienes hayan elegido los toros en el campo, podría. De ser así, también podría ser que los toros guapos, bravos y encastados, estén por ser lidiados. Este argumento, como canto a la esperanza, hasta se puede comprar, pero ya no será igual porque la gran reválida no se ha aprobado, y siempre va a estar presente la duda que emana de esa realidad tangible que se ha vivido en el serial madrileño: al toro bravo se le ha quitado mucha casta. Los que están por lidiar, ¿van a quitar el mal sabor de boca que en estos momentos tienen los aficionados? A ver qué pasa.
Con todo, también hay que pararse a analizar las consecuencias que puede tener el resultado de las dos ferias de Madrid en el devenir de la temporada, también la de Sevilla, cuyo balance hay que recordar que fue tremendamente flojo. Así que de un lado, porque los toros no han embestido, y de otro, porque la decepción ha alcanzado niveles preocupantes, es necesario pararse también a valorar cómo queda la cotización de las figuras en la bolsa de los aficionados.
Si se pulsa el ambiente, éste nos dice que ha bajado notablemente, siendo la feria del Corpus de Granada el primer referendo que tenían que superar quienes llegaron tanto a Sevilla como a Madrid, con mucho mejor ambiente del que han terminado. De los que tiran del carro, quienes realmente alimentan la pasión de los aficionados, ni siquiera El Fandi ha superado la prueba de la taquilla como se ha demostrado en su primera de las tres comparecencias, en la que acartelado con El Cid y Manzanares no logró más de media plaza.
Bostezo. Miren, en Granada no hay televisión y la gente, a estas alturas de la temporada, tiene más vistos que a la Charito a todos los diestros que han pasado por su hogares en las Ferias de Abril y San Isidro, bostezo va, bostezo viene. Sin embargo, los que han rehusado que les televisen por un mísero puñado de euros y que han sido relegados injustamente a las ferias del segundo circuito –menos Valencia, que continúa con su resistencia numantina quién sabe hasta cuándo– siguen siendo los únicos que cuentan con el factor de interés necesario para que los públicos se movilicen y pasen por taquilla.
Sin ir más lejos, el pasado jueves, el mismo Fandi que sólo había llenado la mitad del aforo en su tierra –¡oh, milagro!– llena la plaza junto con los hermanos Rivera. Y qué decir del reventón de José Tomás al día siguiente cortando las dos orejas y el rabo del quinto de la tarde. Para que tomen nota los que sacan pecho. No vayan a partírselo.
Los 40 años de Dámaso. Parece que fue ayer, y ya hace ¡40 años! que Dámaso González se hizo matador de toros en la plaza de Alicante. Fue el 24 de junio de 1969, y para lidiar toros de Flores Cubero, junto al torero de Albacete, se anunciaron Miguel Mateo ´Miguelín´, que actuó de padrino, y Francisco Rivera ´Paquirri´. Fue una tarde de éxito redondo tanto para Miguelín como para Paquirri, de conmoción para los aficionados que llenaron la plaza hasta las banderas, y casi dramática para el novel espada. Y fue así, porque Dámaso, que había irrumpido con estruendo en el firmamento de los novilleros tan sólo tres meses antes al presentarse esa primavera en Valencia de la mano del mítico José Flores González ´Camará´, daba el paso a matador de toros con el bagaje de un valor seco pero sin dominar todavía la técnica que luego, en el transcurso de su dilatada carrera, le ha marcado como un torero tremendamente poderoso.
Aquella tarde, tanto Miguelín como Paquirri, hechos como toreros en Los Derramaderos, templo del encaste Núñez, al que pertenecía la corrida anunciada, jugaron con ventaja. Lo conocían a la perfección, no así Dámaso. Ya en su primero puso el corazón por delante de la técnica. Pero fue en el sexto, al ver cómo sus compañeros de cartel iban echando trofeos al esportón, cuando optó por arrimarse hasta la temeridad. Arriesgó tanto, que sus dos toros, lo cogieron tantas veces que quien luego iba a ser su apoderado y gran amigo, José Flores ´Camará´, hijo, no pudo aguantar la tensión y saltó varias veces al ruedo para sacarlo de entre los pitones de sus oponentes. Aquella tarde el triunfo de Dámaso no fue premiado con orejas, pero sí con el respeto de una afición que pudo comprobar que aquella fue una de esas tardes que quienes quieren ser figuras, eligen para jugarse la vida. Dámaso, se la jugó, y ganó.