Historias de la Costa

La magia del gran Max

El hipnotizador Juan Elegido Millán recorrió el mundo para conseguir las obras en miniatura del museo de Mijas

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Cabeza reducida, al modo de los jíbaros, del misionero caucasiano, presente en la colección del Carromato de Max desde la apertura del museo, en 1972.
Cabeza reducida, al modo de los jíbaros, del misionero caucasiano, presente en la colección del Carromato de Max desde la apertura del museo, en 1972. M.G.

Lucas Martín Literatos, suecas, tragaldabas, especuladores y criaturas redivivas. Está claro que con este plantel el patrimonio de la Costa del Sol estaba obligado a mostrarse diferente, a ofrecer una alternativa o un complemento, a ratos penoso, en otros brillante, al espectacular paisaje de catedrales y civilizaciones que despliega Andalucía. Faltaba el toque ´kistch´ y delicioso, el contrapunto a las gran fábula fenicia, la compensación del ladrillo, no siempre suficiente, pero, al menos, grandiosamente divertida.
Quéjense si quieren de la carencia de zocos, de impolutas juderías. En la Costa del Sol, abunda otra cosa y a veces también resulta extraordinario. La culpa la tiene el efecto imán de los sesenta, que atrajo, sino a los mejores, a los seres más extraños y luminosos del panorama internacional. Uno de ellos fue Juan Elegido Millán, médico, profesor, periodista y, sobre todo, ilusionista e hipnotizador, impulsor y capataz de uno de los museos más curiosos y simpáticos del mundo: la colección de miniaturas del Carromato de Max, una selección de objetos que hubiera dejado ojiplático al mismísimo Georges Perec, autor de fantasías cromadas como ´El gabinete de un aficionado´, en el que relata la reproducción de una antología de pinturas en una sola pared de un estudio.
Pero el Carromato de Max alberga algo más que copias. Sus piezas son originales y sobrecogedoras, más propias de folletos neoyorkinos, aunque milagrosamente radicadas en Mijas. Desde un cuadro de Abraham Lincoln pintado en una cabeza de alfiler, obra del ecuatoriano Muñoz Willy, a un manuscrito en una lenteja. Composiciones inverosímiles y conseguidas más a golpe de audacia que de talonario, debidas a una personalidad excepcional, la de Elegido, el mundialmente famoso Profesor Max.
La historia del museo es inseparable de la de su ideólogo y mentor. A principios de los setenta, Juan Elegido contaba ya con el equivalente a cinco biografías. Había sido médico, profesor nacional y periodista, le había sobrado tiempo para recorrer el mundo y cobrar fama como hipnotizador. Acababa de finalizar su última gira con el show ´Un hombre y una maleta forman el espectáculo más grande del mundo´. Su proyecto de jubilación era un museo, un espacio en el que exhibir la colección que había recabado en numerosos países, primero en forma de carro y, posteriormente, tras la asunción de la gestión por parte del Ayuntamiento, en fantasmagóricas vitrinas.

Cabeza de jíbaro

El carromato abrió sus puertas en 1972. Eran los tiempos en los que en la Costa podía pasar de todo. Desde un danés que inauguraba un parque de atracciones en compañía del obispo, al productor de Los Beatles dándole al gin-tonic en un local de Torremolinos. Aun así el museo estaba tocado por los ángeles, dispuesto a llamar la atención de nativos y turistas. Entre otras cosas porque muy pronto se propagó el rumor de que en su interior se custodiaba una cabeza humana en miniatura, la famosa cabeza de jíbaro, atestiguada por el FBI como perteneciente a un misionero caucasiano.
El origen de esta pieza, al igual que tantas otras, es literatura en sí misma. El profesor la consiguió en África, donde pactó con una tribu bauluba la obtención de la cabeza a cambio de la enseñanza de su doctrina. El jefe del poblado no lo dudó ni un momento, se sentía fascinado por la hipnosis que practicaba el médico y le entregó la pieza exquisitamente sórdida y reducida.

Contra la física

No se trata, ni mucho menos, de la única obra del museo capaz de atorrar las propiedades físicas. Algunas necesitan del uso de una lupa, colocada estratégicamente al lado de las vitrinas. Es el caso de una bailarina de ballet tallada en un palillo de dientes o una batalla naval, reproducida con todo lujo de detalles, en la cabeza de un alfiler. El Carromato de Max es pura majestuosidad, con piezas tan extremas como una copia de ´La Última Cena´, de Leonardo, elaborada en un grano de arroz. Un espacio para desafiar a la lógica y la convención. Su sitio no podía estar en otra parte: cosas de la Costa del Sol. ?

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