"Lo que no pue sé, no pue sé y ademá es imposible". Esta frase con la que ha pasado a la posteridad el celebre diestro cordobés Rafael Guerra, ´Guerrita´, debió pasarle por la mente la noche en que se apostó 1.000 pesetas con don Tancredo a que no era capaz de hacer lo que decía: subirse a un pedestal en medio de la plaza y quedarse clavado como una estatua mirando a la puerta de toriles, a la espera de la arremetida del astado.
Aunque el desafiado no aceptó el envite, el segundo Califa del Toreo "se quedó tan sorprendido, a la tarde siguiente, de la serenidad de don Tancredo, que hizó a éste un cuantioso regalo". La escena la narra el diario ´La Vanguardia´ del 7 de enero de 1901 en una entrevista a tan inverosímil personaje que para entonces, tras más de 27 exhibiciones por las mejores plazas de España y Francia, ya era conocido como el ´hipnotizador de toros´.
La leyenda de don Tancredo como símbolo de la valentía surgió el miércoles 27 de septiembre de 1899 en la plaza de toros de Valencia, cuando hizo por primera vez la estatua ante un toro de la ganadería de Flores. Una osadía que le catapultó a los mejores carteles taurinos y le llevó a cerrar el siglo XIX en el ruedo de Madrid el 30 de diciembre de 1900.
Antes de ser bautizado como ´rey del valor´ por la prensa decimonónica, Tancredo López Martín, "que había nacido en Valencia en 1862, no era más que un pobre zapatero remendón que soñaba con ser torero", cuenta el erudito José Soler Carnicer, quien retrata a los personajes más populares de la ciudad del Turia en su obra ´Valencia pintoresca y tradicional´.
De La Habana al éxito. Bajo el apodo de Salerín no pasó de ser un novillero sin fortuna en las ferias de 1886, por lo que se marchó a Cuba en busca de mejor suerte. Allí, fue donde vio por primera vez hacer el poste. El impasible era el diestro mejicano Antonio González, el ´Orizabeño´. A pesar de que un toro dejó tieso de una cornada al maestro azteca sobre el albero de La Habana, tras el Desastre del 98, Salerín volvió de Ultramar convencido de que el éxito estaba en la inmovilidad.
Vestido de blanco de la cabeza a los pies, con la cara totalmente empolvada, se ´petrificaba´ sobre un pedestal de madera de 60 centímetros en el centro del ruedo. Aunque le llamaban el ´sugestionador de cornúpetos´, él mismo explicaba que su ´secreto´ era el haber observado que los morlacos que no han sido toreados "no llegan nunca a arremeter contra los objetos inmóviles".