Víctor A. Gómez
Créanme: soy el primero al que le gusta conocer a los personajes que van a ser descuartizados en una película. Supongo que tendrá algo –o bastante– de sadismo: adentrarte en las filias y fobias, gustos y disgustos de un puñado de personas que –esto es cine de terror– van a terminar, todos o algunos de ellos, en la cubeta del carnicero. Pero los más de 50 minutos de ´Dying Breed´ que transcurren hasta que a uno solo de los turistas les toquen un pelo únicamente conducen a un lugar, también moralmente incómodo: que el espectador exclame "¡Por fin!". Porque, ¿a quién le importa lo que les ocurra a unos personajes inexistentes?
Valga lo anterior para opinar que el filme de Jody Dwyer –como casi todas las cosas con el sello del festival ´After Dark´, seamos francos– es un auténtico tostón. Se podría haber hecho algo bastante más interesante con el anclaje en la infame historia de Alexander Pearce, un convicto irlandés de la Australia colonial que sobrevivió en el bosque varias semanas gracias a una dieta estricta de carne humana, pero ´Dying Breed´ ni asusta, ni da grima, ni nada de nada. Simplemente aburre, como una correctamente realizada, tremendamente mal escrita mezcla entre ´Las colinas tienen ojos´, ´Deliverance´ y ´Hostel´ (ese final tan ´torture porn´). ¿Soy demasiado exigente? Quizás, pero un compatriota de Dwyer, Greg McLean, ya demostró en ´Wolf Creek´ que se puede hacer una película de turistas agredidos por paletos locuelos que sepa afectar y mover al espectador.