Tino Pertierra
Gatos a los que sólo les queda una vida. Sangre seca en las paredes. Ojos que dejan huella. Terrazas que pueden esconder la mano que mece la bomba. Calles andrajosas. Odio, curiosidad. Miedo. Un paisaje devastado donde la persona de aspecto más inocente puede ocultar en su interior (qué horror) explosivos con los que golpear duro al enemigo. Ese enemigo son los soldados norteamericanos que patrullan con la inquietud horadando cada uno de sus pasos: el siguiente puede ser el último. Y entre ellos, un grupo de especialistas que hace de su oficio una partida de dados: si pierden, al infierno. Expertos que se toman muy en serio su trabajo, hasta el punto de que pueden ser adictos a él. Como el protagonista, un tipo tan obsesionado con desactivar bombas que incluso duerme con piezas de ellas bajo la cama. Alguien para quien la caja mágica de la infancia (esclarecedora, estremecedora escena con su hijo pequeño, al que confiesa lo que significa para él la guerra antes de que pueda entenderle) se ha reducido a eso, a detectar bombas camufladas, a escarbar en la tierra en busca de cables que cortar, a batir récords con los que impresionar a los jefes, aunque esos alardes en realidad le importan un rábano.
La adrenalina de ´Le llaman Bodhi´, la fascinación por la violencia de ´Acero azul´, la droga como refugio de ´Días extraños´ (las tres películas con más carácter de la directora Kathryn Bigelow, altisonancias y errores incluidos) tienen en ´En tierra hostil´ (título español del original ´The hurt locker´) una febril y áspera prolongación. Sin apenas historia (los escasos momentos de calma son más bien innecesarios y tópicos, y la ´vendetta´ emprendida una noche por el protagonista no tiene mucho sentido, aunque esté rodada con indudable vigor), y con alguna claudicación contradictoria a la espectacularidad hollywoodiense (la primera explosión, rodada a cámara lenta), la película utiliza una horma que la emparenta de alguna forma con los videojuegos más realistas (tipo ´Call of duty´): poco o nada sabemos de los personajes (sólo del protagonista tenemos alguna pincelada hogareña, por cierto, innecesaria) y engarza escena de tensión tras escena de tensión, con algún intermedio de tiroteo puro y duro (la aparición de Ralph Fiennes, visto y no visto, sólo se entiende como reclamo para el cartel).
Sin prisas Bigelow rueda cada uno de esos momentos gemelos (cambia el escenario y el resultado, pero el objetivo es el mismo) con estética de documental (zooms tajantes, cámara en mano, encuadres nerviosos) que hace vívida y angustiosa la experiencia de los soldados. Sin discursos de carácter psicológico (el protagonista admite que no sabe por qué es como es, y punto) ni mensajes politizados para ganar simpatías más o menos previsibles, Kahtryn Bigelow construye un preciso e incómodo retrato robot de un drogadicto de la guerra que sólo es absolutamente feliz con una bomba en las manos.