C. MARINA
Dicen los gurús de la modernidad que el Romanticismo está de moda y conociendo un resurgir tremendo que se va a acrecentar en los próximos años. Y digo yo, pero ¿cuándo se pasó de moda? Entre toda la pléyade de músicos románticos uno ocupa por derecho propio un lugar de privilegio, el compositor polaco Frédéric Chopin (nacido el 1 de marzo de 1810 –aunque sobre la fecha exacta sigue habiendo controversias– en Zelazowa Wola –cerca de Varsovia–, y muerto en París el 17 de octubre de 1849). Doscientos años, por tanto, de un talento descomunal que se celebrarán a lo largo y ancho del globo este 2010.
Considerado una gloria nacional en su país y absolutamente venerado por los pianistas de sucesivas generaciones, ha sido y es, sin duda, el gran genio de un instrumento en el que volcó todo su talento, alumbrando un corpus creativo que sigue apasionando con la misma intensidad que lo hizo en el XIX. Dominador absoluto de la técnica y el lenguaje pianístico, en él volcó sus afanes y, sin quererlo, su biografía también acabó por convertirlo en exponente del artista romántico.
Chopin recibió sus primeras lecciones de piano de su hermana Louise y tuvo la suerte de que sus padres apreciaron su potencial como músico siendo él muy niño. Su padre era un emigrado de la Revolución francesa que trabajaba como preceptor de los hijos del conde Skarbek, y su madre pertenecía a una familia noble polaca muy venida a menos. Ante su gran capacidad musical, decidieron ponerlo en manos del violinista Wojciej Zywny y con doce años ingresó en el Conservatorio de Varsovia. No disponía de demasiados recursos económicos, pero se las ingenió para viajar, conociendo Berlín, Viena, Dresde y otras ciudades en las que se empapó de la música de su tiempo. Tenía una pasión juvenil que ya comenzó a dejar obras memorables desde muy pronto. En 1830 se marcha a Viena y ya nunca volvería a Polonia. Tras un largo periplo, acabó recalando en París, donde se convirtió en unas de las figuras más admiradas de la élite intelectual de la capital francesa. En su círculo estaban artistas como Delacroix, Heine, Meyerbeer, Berlioz o Bellini. Dedicado a la docencia, gustaba de dar conciertos en salones para un público limitado. Siguieron sus viajes por Alemania, y en Leipzig conocerá a los Schumann, y a su vuelta a París se acrecentarían síntomas de tuberculosis. Después de otro viaje a Inglaterra conoce a la novelista George Sand, que preocupada por su salud lo lleva a Mallorca instalándose en la cartuja de Valldemossa. La dificultosa relación con Sand acabó en ruptura en 1847 y su carácter se volvió especialmente huraño. Murió dos años después, dejando una obra para la admiración.