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Personajes ilustres

Antonio Canca ´Zegrí´: repaso de una vida entregada a Málaga

 
Zegrí. Antonio Canca, en su domicilio, durante una entrevista a ´La Opinión´ en junio de 2002.
Zegrí. Antonio Canca, en su domicilio, durante una entrevista a ´La Opinión´ en junio de 2002.  Carlos Criado

Enrique Iturriaga recuerda las vivencias del policía municipal malagueño al que Joaquín Calvo Sotelo llamó "alguacil del idioma" y pide una calle en su memoria

Enrique iturriaga. Málaga Dos años sin ´Zegrí´. El próximo día 29 de julio se cumplirán los dos años del fallecimiento de Antonio Canca Guerra, quien adoptó y popularizó el seudónimo de ´Zegrí´ para sus trabajos periodísticos en el diario Sur de Málaga.
Amigo y discípulo de Francisco Bejarano Robles, Canca fue un claro ejemplo de vocación intelectual. Toda su vida, desde que ingresó en la policía municipal hasta su muerte, trabajó como un investigador incansable sobre la historia y las cosas de Málaga. Fue una enciclopedia viviente de todos los temas relacionados con nuestra ciudad pero muy especialmente con la historia y nombres de sus calles.
Otra faceta de su vida fue su amor por el idioma, que le llevó a dedicar la mayor parte de su reducido patrimonio a adquirir libros de lingüística (en su biblioteca se podían contar hasta 80 diccionarios diferentes) y llegó a mantener correspondencia con personalidades académicas como Manuel Alvar, Joaquín Calvo Sotelo, Manuel Alcántara, Andrés Llordén o Alfonso Canales.
También le llevó su vocación a constituirse en un implacable policía ante lo que él llamaba "gramaticidios" que no eran sino los flagrantes atentados contra el idioma en rotulaciones públicas. A este respecto, hay que recordar que en 1971 el Ayuntamiento de Málaga creó una sección "para la defensa de la dignidad y corrección del idioma castellano en los rótulos del término municipal" y Antonio Canca fue el elegido para esa noble misión. Con su bicicleta y su cámara fotográfica recorría el entonces reducido espacio urbano buscando gazapos y "gramaticidios", muchos de los cuales se corregían y otros no.
Fue entonces cuando Joaquín Calvo Sotelo le denominó "alguacil del idioma". A través de la radio se hizo popular tratando de defender la corrección en nombres como Héroe Sostoa, Cister y nombres de otras muchas calles y plazas. Y se exaltaba cuando algún periodista no distinguía entre pederastia y paidofilia. A él acudían estudiantes preparando tesis, escritores e historiadores en demanda de información y conocimientos. Muchos de estos escritores e historiadores le expresaron su ayuda aportándole, para su biblioteca particular, un ejemplar de su libro, con una dedicatoria llena de agradecimientos (en su biblioteca había más de un centenar de libros dedicados a Antonio Canca). Fue también un magnífico fotógrafo y, mientras pudo, acudía allí donde pudiese existir un rótulo, un elemento arquitectónico, una lápida o un testimonio histórico para dejar constancia gráfica de su existencia. Su archivo de diapositivas era amplísimo y estaba siempre a disposición del estudiante o el investigador que lo necesitase.
Su salud era delicada desde la niñez, pues hubo de pasar temporadas internado en el Sanatorio Marítimo de Torremolinos, donde, según la medicina de la época, los niños con problemas óseos eran expuestos, en sus propias camas, en una gran explanada frente a la playa, a los benéficos rayos del sol y al influjo benefactor del yodo mediterráneo. Durante algún tiempo recopiló datos y fichas para un libro que nunca llegaría a publicar y que trataría del origen e influencia del Quijote en los nombres de las calles malagueñas. También escribía poesía y prosa (destaco aquí por su hondura humana la ´Carta a un hijo´, hijo que nunca tuvo). Dejó pensamientos en clave de humor, al modo de greguerías, que él llamaba "cancadas" y que eran, según sus palabras, "reflexiones de filosofía económica, por no decir barata".
Entre los varios centenares que recopiló se encuentran: ´El mundo es un pañuelo, pero muy pequeño para tanta lágrima...´, ´En la linotipia sufrió una lipotimia; era un linotipista lipotimista´, ´Tú tienes apetito y yo hambre; es que soy niño de la guerra´, ´La tarta no es un invento tártaro´, ´Cada recién nacido trae bajo el brazo un billete de vuelta´. Al fallecer, Antonio Canca era decano de los académicos de mérito de la Academia Malagueña de Ciencias.
Su esposa había fallecido en 1991 y en 2004 contrajo segundas nupcias con Amalia Abolafio, quien le cuidó con paciencia y cariño hasta el final de sus días.
Sus últimos años se caracterizaron por una sucesión de males físicos. Se aferraba estoicamente a la vida, soportando los dolores que laceraban su espalda. Se quejaba e inmediatamente hacía un chiste y volvía a reír. Alguien le dijo que se había convertido en un cascarrabias pacífico y bonachón. Pero tenía ánimo y voluntad para ir con los amigos a comer a ´El Tablón´ o a ´La Madriguera´. Su maltrecha envoltura física no pudo continuar soportando tanto desgaste corporal, tanto dolor y tanta soledad. Porque finalmente murió solo. Cuando comencé a frecuentar su amistad, era rara la tarde que no coincidiese allí con algunos de los muchos amigos que tenía. Y esas veladas se convertían en tertulias intelectuales muy enriquecedoras. Pero al final se quedó solo. Muchos de sus amigos habían fallecido o sus problemas de salud les impedían visitarle con la asiduidad anterior.
Sus cenizas, por expreso deseo suyo, fueron esparcidas en un olivar cercano a Tolox, a la espalda de la ermita de San Cristóbal, donde años antes había depositado, personalmente, las de su difunta esposa.
Hombre de profundas convicciones cristianas, decía que ser cristiano era la cosa más fácil del mundo: bastaba con amar al prójimo. Nuca tuvo nada, ni se preocupó de las cosas materiales. Ya en vida legó su amplísima y valiosa biblioteca al municipio de Tolox, de donde eran sus antepasados, e hizo, personalmente, una primera entrega de cerca de mil volúmenes. Desde entonces, aquella biblioteca municipal se denomina ´Biblioteca Municipal Antonio Canca´. Tras su fallecimiento, se completó la donación con la entrega de otros 600 volúmenes que todavía conservaba en su poder porque los utilizaba como elementos de consulta y estudio.
Desde hace años, venía manifestando un deseo: que la Biblioteca Pública Municipal de Málaga, vuelva a llamarse ´Biblioteca Municipal Ricardo Orueta´, como se denominó la primitiva, de la que este personaje fue fundador en 1933. Esa denominación fue solicitada en cierta ocasión, por la Diputación Provincial, la Academia de Bellas Artes de San Telmo, el Patronato del Museo Provincial, la Sociedad Económica de Amigos del País, la Asociación de la Prensa, el Conservatorio de Música y Declamación y la Sociedad Malagueña de Ciencias. Y no prosperó.
Ése era su deseo. El mío y de otros muchos amigos que añoramos la ausencia definitiva de ´Zegrí´, es que el Ayuntamiento estudie y lleve a efecto cuanto antes, el acuerdo de poner el nombre de Antonio Canca a una calle o plaza de la ciudad en la que vivió, trabajó y para la que él dedicó, nada más y nada menos, que su vida, sus afanes y sus estudios.

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