Miguel Ferrary. Málaga
Las crónicas sobre la festividad del Corpus Christi suelen ser el reflejo del desaliento e impotencia de muchos malagueños ante una festividad que se desliza hacia la insignificancia ciudadana. Pese a que su importancia litúrgica para la Iglesia es prioritaria, parece que ocupa un lugar secundario para muchos católicos. La organización es reflejo de esta pérdida de importancia. Devaluada su procesión, durante años parecía condenada a reducirse a su mínima expresión. Ayer se revivió un nuevo capítulo, pero distinto. Hay mucho camino que recorrer, muchas cosas que mejorar, mucha prestancia perdida... pero también una fuerte resistencia por parte de muchos colectivos y particulares para que no se pierda esta procesión. La que debe ser ´la madre de todas las procesiones´ y que parece que algunos la tratan como una prima lejana.
Es difícil saber qué impresión se llevó el nuevo obispo, Jesús Catalá, de la procesión, aunque el prelado señaló su satisfacción por su desarrollo a pesar de que hay que cambiar algunas cosas de la salida.
Catalá protagonizó muchas miradas. Además participó en la procesión, por fin detrás de la carroza como marca el protocolo, acompañado de otros dos obispos eméritos: Antonio Dorado Soto y Fernando Sebastián. Hacía muchos años que el Corpus Christi de Málaga no tenía tanta presencia de prelados.
El buen tiempo acompañó el desarrollo de la procesión, que comenzó puntual saliendo de la Catedral, con un leve despiste de la cruz que iba abriendo el cortejo y que se incorporó en el patio de los Naranjos.
Bien organizada desde dentro, las hermandades salían por orden, abriendo las asociaciones de fieles, cofradías de Gloria, de Pasión por orden de salida en Semana Santa, las sacramentales y las hermandades de los Patronos, la Victoria y la Adoración Nocturna. Tras ellos estaban los ´seises´, que extrañamente no desfilaron delante de la carroza, sino abriendo la nutrida presencia de niños de Primera Comunión. Los seminaristas y el clero precedían a la carroza, escoltada por los canónigos y adornada con claveles y gladiolos blancos.
El acompañamiento musical estuvo a cargo de la Banda de Cornetas y Tambores de los Bomberos, vestidos con el uniforme de verano, y la Banda Municipal de Música, que tuvieron que sacarla al final de la calle Granada y reintegrarla a mitad de Larios porque no podía tocar por la cantidad de gente que había a su alrededor.
Un aspecto muy positivo de la procesión fue la masiva afluencia de cofradías, asociaciones y hermandades, tanto de Gloria como de Pasión. No faltaron a la cita, en muchos casos con nutridos grupos de hermanos llevando velas. La presencia de las cofradías se ha vuelto fundamental para entender el Corpus Christi. Forman el grueso de la procesión, se encargan de muchos detalles de la organización y se preocupan para que el cortejo lleve un ritmo adecuado.
Las cofradías acudieron, sí, pero se echó de menos una presencia más evidente de las parroquias, grupos cristianos y de los arciprestazgos de la diócesis.
Por cierto que se pudo ver una mayor disciplina en el desarrollo de la procesión. Nada de huecos sin sentido entre los participantes, ni que la cabeza llegue a la Catedral a los pocos minutos de salir la carroza con la custodia. A un paso pausado, que no lento, realizaron el exiguo recorrido formando una unidad. Con orden y concierto. Como una procesión.
También se ha conseguido consolidar la sana costumbre de que los seminaristas participen vestidos con albas, mientras que la presencia de sacerdotes era notable. No así las órdenes religiosas, que quizá deberían tener una representación en el cortejo. Un aspecto en el que parece que hay una total falta de criterio es en la vestimenta de los canónigos de la Catedral. Un año salieron con el hábito coral propio del cabildo, el pasado lo perdieron y en este sigue sin recuperarse, acudiendo revestidos con casulla. Simples detalles, pensarán algunos, pero son estos los que marcan la diferencia.
Otro detalle, que no es baladí, es el público. Escaso en la mayor parte del recorrido, aunque más numeroso que en años anteriores. El buen tiempo y la playa, la coincidencia con otros actos o la hora no son excusas. Se sigue sin movilizar lo suficiente a la ciudad para que esta festividad se marque en rojo en el calendario. Aún así, cientos de malagueños siguieron el paso del Santísimo Sacramento.
Una novedad de este año fue que se ha suprimido la bendición desde las escaleras de la Catedral de la plaza del Obispo. Ayer se realizó desde el interior. Sin embargo, dio lugar al absurdo de que la Sagrada Forma fue sacada de la custodia en el viril y la carroza dio la vuelta sola.
Altares. Al menos este año hubo una importante presencia de altares en el recorrido. Nada menos que quince. El esfuerzo de muchos malagueños por levantarlos permite albergar esperanzas por el Corpus. Llaman a la gente y consiguen, como en el caso de la hermandad de los Remedios, realzarlo. Destacó especialmente éste con el suelo lleno de ramas de hierbabuena y pino, que aromatizó el ambiente al paso de Jesús Sacramentado, con una gran decoración de la fachada con elementos eucarísticos.
Un jurado visitó los altares y premió a los tres más destacados según su criterio, quedando la clasificación de modo que Humildad y Paciencia consiguió el primer premio, seguido del Dulce Nombre y de los Remedios.