Jose María de Loma
Arturo Torremocha González-Ledesma, al que aún no se le había borrado la sonrisa por el nacimiento, hacía un mes, de su vástago Arturito, casi cinco kilos, frente ancha, nariz aguileña, rectitud y bondad en el espíritu y una suerte de antojo en forma de rotonda en el antebrazo derecho, se llegó al Español muy de mañana por ver si los diarios reflejaban el petardazo que pegó la ganadería protagonista de la corrida de toros del día anterior.
Sin embargo, apenas encontró una reseña desganada de un famoso ´sobrecogedor´, un grabado hecho con prisas y algún artículo de esos llamados de negritas en el que se glosaba a modo de crónica rosa la presencia de autoridades, políticos, empresarios o algunas famosas busconas tenidas por actrices que se habían llegado de gañote a ver correr los toros.
No viendo satisfecha su curiosidad se dio a la lectura de los articulistas políticos locales. No diremos que Torremocha era un hombre cargado de eso que se ha venido en llamar con injusticia mala leche, pero sí reconoceremos que albergaba algún atisbo de sentimiento que había impelido a algunos de sus muchos amigos a tildarlo en más de una ocasión de cabroncete con pintas. Por eso se regocijó leyendo a un par de ellos y encontrar en ambos diversas invectivas, lo que vulgarmente llamaríamos hostias, a tres o cuatro políticos de la ciudad, muy especialmente al regidor.
Torremocha solía elegir el Español por la diversidad de diarios que encontraba allí, por lo bueno que estaba el café, grandemente diferente de los brebajes de El Suizo o El Universal, y también, por qué no decirlo si era un secreto a veces y a voces, por la presencia de una empleada que atendía por el nombre de Bollito, que en efecto tenía estampa de bollito apetecible aunque algo blanquecino, pechugona, cejicorta, morena clara, tirando a alta y con una habilidad insólita para (aún siendo más borde que un capitán de artillería a las seis de la mañana sin desayunar) caer simpática. Incluso podría ser que tuviera un toque pizpireto en ocasiones. De Bollito se rumoreaba que por mor de la orfandad estuvo el año final de su adolescencia atendiendo a obreritos mal leídos, curas, militares y algún terrateniente en un establecimiento discreto no de la misma calle Camas sino de alrededores, lo que siempre suponía un punto de discreción amén de cierta coartada.
Bollito le dio los buenos días a Arturo de muy de mala gana aunque cuando éste le dijo: "Jesús de mi vida hija, hay que ver lo antipática que te parió tu santa madre que en gloria esté", sonrió muy tontona ella, incluso se diría que ejercitó cierta coquetería.
Cualquier testigo de la escena, que no dejaría por mentiroso al cronista, atestiguaría un punto de rubor en Bollito, lo cual induce a pensar que tal vez era masoquista o que en realidad estaba falta de cariño o que sentía cierto afecto fraternal sincero por Arturito. En cualquier caso no sería tampoco científico ni literario no sopesar también la seria posibilidad de que lo que le pasara a Bollito es que don Arturo, tan serio, orondo, elegantón, con ese corbatín ´a la mode´ y ese bigotón la pusiera cachondona perdida, tal vez también por lo repleta de billetes que imaginara la cartera de Torremocha padre.
Fuese Magdalenita y Arturo sopesó la posibilidad de llegarse a comer luego a la Cancela y acudir de nuevo a los toros, si bien pensó también que su santa no tenía por qué ocuparse sola todo el día del muy berreón Arturito, dado que Micaelita, la criada que se habían procurado, andaba con dos días libres por la muerte de un tío abuelo suyo natural de Vigo, campeón de tiro con arco al que un rival había acertado en la frente en un mal lance de la competición. El Español se fue animando y Arturo pidió un anís.
Se lo trajo Bollito, que comenzó a darle palique a propósito de su paternidad. Torremocha se palpó el bolsillo.