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ALFONSO VÁZQUEZ Hace un par de años el autor de estas líneas decidió prescindir del teléfono móvil y pasó una de las temporadas más deliciosas de su vida.
La ausencia del dichoso teléfono apenas repercutió en su vida diaria, al descubrir que realmente no era un instrumento tan de ´primera necesidad´ como nos querían vender.
En una ciudad llena de teléfonos fijos y cabinas como las que jalonan Málaga, los móviles sólo serían imprescindibles en momentos de verdadera urgencia, esos que sólo llegan, menos mal, de higos a brevas.
El destino me ha vuelto a regalar uno de esos momentos. Con la llegada de los vacaciones, de forma simbólica un servidor ´lanzó´ el móvil a cualquier rincón de la casa y, tras el regreso, el teléfono no aparece ni poniendo una recompensa.
Por desgracia, parece que existen procedimientos para volver a hacerse con toda la ´ristra´ de números de contacto de forma inmediata: basta con solicitar una copia de la tarjeta. Además, como hoy en día estos aparatos casi te los regalan, o sin el ´casi´, basta una pequeña gestión para hacerse de nuevo con el cacharro.
Uno tiene que admitir que tiene alergia a los móviles. En los autobuses son un verdadero incordio. Ya no es sólo sorprender conversaciones dignas de escucharse con toda nitidez en Tarifa; hace tiempo que los móviles tienen vídeos y mp3 y si uno va tranquilo disfrutando del trayecto, puede ser incordiado en cualquier momento por una letra de rap siniestra o por flamenqueos del tipo ´Yo soy el vaquilla´, las dos expresiones musicales más frecuentes, al menos en la EMT.
Gracias a esta pérdida, uno ha vuelto a descubrir que el mundo personal y laboral no sufre ningún cataclismo por la ausencia del telefonito; es más, puede vivirse de una forma mucho más reposada.
Pequeñas dosis de estrés han desaparecido cuando uno deja de escuchar el móvil a cualquier hora del día (incluso de la noche si uno se olvida de apagarlo). Toda llamada ´urgente´ es susceptible de ser contestada con un par de horas de retraso sin que por ello el cosmos se resienta.
La tentación es muy grande: seguir más tiempo sin el móvil, aún a riesgo de que uno se convierta en un paria social, en un incomprendido que no vive en el mundo de las tecnologías.
¿Cuánto tiempo durará este idilio con la tranquilidad? Mejor no contestar, dejen al firmante disfrutar de esta liberación tecnológica y otro día ´hablaremos´, qué remedio, por los cauces de moda.
La semilla
El otro día hablábamos de un curioso libro encontrado en La Concepción, una recopilación de jurisprudencia de 1919. Más acorde con el jardín botánico es la jacaranda que crece junto a una de las esquinas de la Casa Palacio: fue plantada en 1999 por el barón y la baronesa Thyssen. Quizás ese árbol marcó el comienzo de un ´idilio´ cultural entre estos mecenas y Málaga y se convirtió en la ´semilla´ del Museo Thyssen. ?
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