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"Gracias a los amigos y los familiares hemos salido del bache". Sonriente, Teresa Alcántara recuerda los primeros meses después de que le diagnosticasen a su hijo un trastorno mental grave. "Nos dimos cuenta porque él estaba trabajando y llegó a casa hacia el mediodía diciendo que lo estaban persiguiendo y que le tenían puestas cámaras por todos lados. Como yo soy enfermera, me asusté y decidí llevarlo al hospital", asegura.
Con apenas 27 años, el hijo de Teresa tuvo que empezar de cero, siempre bajo la atenta mirada de sus familiares. "El primer año siempre estábamos encima de él. Le hacíamos saber que era imprescindible para nosotros y que lo necesitábamos para hacer cualquier cosa. Además intentó suicidarse varias veces. Él sentía que era un estorbo y no quería hacerle daño a nadie", explica esta enfermera madre de seis hijos.
Aprender a convivir es uno de los retos de las familias afectadas; su vida se convierte en una carrera de fondo. "Como madre sentía que debía tenerlo siempre ocupado". Cada caso es un mundo y la cobertura de la enfermedad adquiere matices distintos, pero el apoyo en el proceso de rehabilitación es fundamental. "Ahora mismo está estupendamente. Se ha hecho una casa, toca la guitarra y hasta tiene un barco para irse a pescar con los amigos. Además, trabaja con su hermano como aparejador".
Las personas que tienen una enfermedad mental ven afectado su tono afectivo, su conducta y la manera en que se comunican con otras personas. La psicoeducación del paciente y el desarrollo de las habilidades sociales potencia las opciones de llevar una vida normal. "El segundo brote fue fuerte pero no tanto como el primero porque lo cogimos a tiempo. Yo se lo vi en la mirada, la tenía perdida. Inmediatamente decidí llevarlo al hospital", asegura Alcántara, quien puntualiza que su hijo ya ha abandonado el "tratamiento fuerte" y ahora "se medica para que no le den las crisis".
Colaboración. En su lucha, Alcántara decidió hacerse miembro de la Junta directiva de Afenes. Una asociación que ya alcanza los 200 socios. "Hay más hombres afectados. Sin embargo los familiares que van a la asociación suelen ser mujeres. Muchos padres incluso no quieren decir que tiene un hijo con una enfermedad porque se avergüenzan de ello, cuando lo que tendrían que hacer es apoyarlos", añade.
"Las madres nos agobiamos mucho y eso hace que los presionemos a ello. Hay que sacar fuerza de donde no la hay y tenerlo siempre ocupado", recomienda Teresa Alcántara, quien recuerda que los inicios de la enfermedad de su hijo fueron "muy duros"; "incluso me puse una cama al lado de él los primeros meses. A los hermanos les daba miedo y no dormían tranquilos. Yo les decía que no pasaba nada, pero es normal porque eran unos niños", explica.
Según los especialistas padecer un trastorno mental no puede ser el obstáculo que impida el desarrollo de roles sociales valiosos, como el trabajo o al menos una ocupación, vivienda, relaciones afectivas. El tratamiento individualizado es fundamental para conseguirlo.
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