ALFONSO VÁZQUEZ
Hace un par de días, esta sección contó algunas historias de la actual sede del Teléfono de la Esperanza, en la todavía preciosa calle Hurtado de Mendoza. Los vecinos la conocían como ‘la casa del gato’, por un gato de escayola que luce en el tejado. Un detalle no tan raro en las casas del primer tercio del siglo XX.
Los datos fueron aportados por el periodista Juan José Palop, excelente cronista de la Victoria y fueron recogidos por otro profesional, Luis Santiago, que colabora con el Teléfono de la Esperanza.
Pero en el tintero quedó un hecho bastante curioso: el hallazgo de un ‘cadáver’ muy especial en el jardín. Lástima que Agatha Christie, que según algunos testimonios visitó nuestra ciudad hace medio siglo, no conociera este descubrimiento que le habría dado argumentos para alguna de sus novelas.
Lo encontrado en el jardín fueron unos restos óseos de pequeño tamaño. No hizo falta llamar a los ‘sofisticados’ del CSI, se trataba del cadáver de un mono, y aquí entran las elucubraciones: posiblemente se trató de uno de los ‘miembros’ del desaparecido jardín de los Monos, que se escapó y terminó sus días en esas alturas del barrio.
Ya contamos en esta sección hace tiempo cómo otro de estos animales fue trasladado en los años sesenta al zoológico de Santo Domingo (en los años 90 seguía vivito, coleando y con la misma fama de ‘guarro’ que tuvo en Málaga, una de los causas de su ‘deportación’).
Más antiguo en el tiempo, de los años 20, era el gorila que un belga se trajo ‘de extranjis’ a Málaga y que conservaba en una jaula en un chalé de la actual avenida Juan Sebastián Elcano. A la muerte del propietario, el gorila se escapó, más hambriento que enfurecido, porque tras el fallecimiento del dueño, nadie se había ocupado de alimentarlo.
Muchos de quienes hoy son abuelos, recordarán los monos ‘victorianos’, capaces de lanzar un ‘esputo’ (con perdón) a varios metros de distancia y acertar a la víctima, amén de los tironazos de pelos, las cabriolas y las exhibiciones ‘impúdicas’.
En nuestros días, la sensibilidad hacia estos animales ha cambiado mucho y ya no se consideran objetos de feria. En la Protectora de Animales se encontraba hace unos meses un mono tití, requisado a su inconsciente dueño. Observando sus gestos tan ‘humanos’ y las ganas de vivir, uno piensa en esa jaula del jardín de la Victoria, y en la fuga que protagonizó uno de los ‘reclusos’. El monito fue libre quizás sólo unos días o unas pocas semanas pero fue suficiente. Seguro que cuando fueron encontrados sus restos, descansaba en paz.
Más altos vuelos
El ventarrón del jueves dejó en el suelo casi todas las papeleras y muchos contenedores vacíos que ‘en esos momentos’ cumplían con su trabajo en el barrio de La Luz. Cualquier día la ciudad levanta el vuelo, como en ‘La saga-fuga de J.B’ (y no nos referimos al whisky).