LUCAS MARTÍN
Tenía un discurso replegado en sí mismo, espasmódico, tamborilero, dostoievskiano a la española, parecía siempre al borde de la apoplejía, de la arritmia predecible de las minifaldas, abismado, esperpéntico, babeante, español y minotauro con un rosario, la calva y una baraja de póker. Su presencia se rastreaba en la Costa del Sol, era el cuñado que comía sardinas y perdía los ojos en la cuarta curvatura de las nórdicas, el suegro libertino e infaliblemente casto, mi marido, tan crónico y peninsular, con un bañador a rayas y el pecho tozudo y revertido en pelambreras elementales. Mucho se ha dicho de eso, de José Luis López Vázquez como icono de una generación y una provincia tocada por el aire y la gracia, pero poco del tipo que se ocultaba detrás de la parrafada y el bigote melancólico. Porque el José Luis López Vázquez que se apoyaba en la arena, extrañamente blanca, por entonces, de Marbella, era también el hombre que sería llamado por George Cukor para puntear en las constelaciones de Hollywood, el vivo del teatro, consciente de su profesión y de lo que sobresalía al rol, necesario y valiente, que representaba.
De su vida aquí, apenas glosada, se sabe muy poco, a excepción de que resultaba infinitamente distinta a la de sus incorregibles personajes. Ni suecas, ni psicodelia coral y aperturista, pura discreción, alguna que otra fiesta en clubes selectos de Marbella. José Luis López Vázquez labró su trayectoria en la Costa del Sol y la fama, al principio, no se correspondió con los afiches cinematográficos de la actualidad, no había deportivos ni puros rabiosamente enredados en billetes. Sus primeras películas no le reportaron un capital y le obligaron, entre otras cosas, a buscarse nuevas remuneraciones. Es el caso de su participación en ‘Amanecer en puerta oscura’ (1957), de José María Forqué, en la que se desempeñó como ayudante de guionista, una profesión que no se basa en poner y quitar comas, sino en supervisar que el texto se cumpla como una partitura heterodoxa y con límites.
Nada de doble discurso
A estas alturas, nadie discute que la carrera de López Vázquez encontrase en Málaga una horma y una perfecta catapulta, que la inercia funcionara también para la Costa, que estuviera orgulloso de su participación y jalón en el imaginario colectivo. Pero en el actor, convivían otro tipo de competencias. Antes de dárselas de turista de la meseta, de conquistador valleinclanesco y peludo, ya tenía en la cabeza textos de Buero Vallejo, de Lope de Vega, de Dostoievski, de profesional del teatro, de escenógrafo y frustrado dramaturgo. No es una dualidad, sino un perfil, como el de Alfredo Landa, complementario y rico que sirvió, de paso, para reconocer también a la Costa y espejearle la pátina de cultura chusca y panzuda.
Reconciliación cinematográfica
A José Luis López Vázquez tardaron medio siglo en concederle un Goya, a pesar de sus papeles en títulos de directores reputados como Mario Camus y Juan Antonio Bardem y la trascendencia internacional de ‘La cabina’ (1972), de Antonio Mercero, que fue galardonada con un Emmy. Quizá los galones le fueron postergados por la tendencia del cine español a distinguir entre las españoladas y las nuevas corrientes, de considerar buena parte de la filmografía de los sesenta como material para consumo exclusivo de los tiempos y las familias con padres sin patillas. Pero López Vázquez no fue Manolo Escobar ni todas las películas de la época estaban exentas de hallazgos y valía. Más allá del aplauso generalizado a sus títulos más nobles, el cine que hizo en la Costa del Sol ha encontrado, por fin, la gloria que merecía. La imantación de la etapa dorada de la provincia y el lustre que ha recibido en los últimos años se deben, en gran medida, al concurso de este tipo de artistas. Por eso se emocionó con el homenaje que le brindó el Festival de Cine, por eso siguió ligado a su terruño de playas y de rubias como jurado de premios con nombres tan familiares para él como Estrellas Costa del Sol. Malagueño por suscripción popular, madrileño y malagueño superlativo.