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lucas martín. Málaga
La ciudad no es la misma para todos. Algunos ni siquiera pueden definirla con el más remoto apelativo que recuerde a la urbanidad. Para ellos, es una jungla eléctrica, un laberinto inacabable de colores y desniveles, un riesgo que invita a no salir de casa, que limita, aplasta, y diferencia hasta la extenuación. A pesar de los avances de los últimos años en política de accesibilidad, Málaga está todavía lejos de las medallas y de ufanarse de su política de relieves.
Los alumnos de la Escuela de Arquitectura lo comprobaron ayer en un ejercicio que los prepara para pensar en diseños sin barreras, en urbanismo para todos. Por un día, dejaron de ejercer de alumnos para convertirse en algo más: ciegos, personas con discapacidad física y visual. Según Francisco Becerra, la prueba se revela en un grado de iluminación forzosa, primero se viven los obstáculos, después se propone la solución.
Francisco Torres, de la asociación Altemi, entidad que promueve la iniciativa, junto a la ONCE y la Universidad, advierte que las barreras no sólo implican a las instituciones. La solidaridad tampoco es universal. En el punto de partida, la plaza de El Ejido, abundan los ejemplos. El acceso para discapacitados está bloqueado por dos vehículos poco escrupulosos con la normativa, lo que se repite en buena parte de las calles adyacentes.
La generosidad con los discapacitados visuales tampoco es mucho mejor. Jaime Carrión, alumno de Arquitectura, lo verifica enseguida. Diez minutos con antifaz y bastón le sirven para aproximarse a la batalla diaria de un sector de la sociedad. "La textura de los vados se confunde con la de las entradas a los garajes y la de los pasos de cebra no se percibe", señala. La ciudad no parece hecha para los que tienen problemas de visión. Manuel Rivero, de la ONCE, explica que la mayoría de los discapacitados visuales no padecen una invidencia total y que les bastaría con utilizar colores vivos para identificar los espacios más elementales. "Una línea roja podría avisarles de las marquesinas y una amarilla de la parada del autobús", indica.
Obras, salientes, curvas serpenteantes e innobles. La teoría asegura que los obstáculos se concentran en los espacios más antiguos, que las nuevas construcciones suelen cumplir. El entorno de El Ejido no es, precisamente, del siglo XIII, pero las deficiencias se suceden sin que los alumnos tengan que buscarlas para dotar a su ejercicio de verosimilitud.
En la calle Los Negros, las sillas de ruedas están a punto de claudicar. Pablo Iranzo se desvive por controlar la maquinaria y destaca la falta de firmeza de la superficie, más dada, por lo morfología de las baldosas, al patinaje que a la precaución. "Quizá habría que buscar un modelo menos deslizante", razona. Mientras su grupo delibera, Víctor Fernández, entorpecido por unas gafas de visión parcial, está a punto de partirse la crisma con abultadas razones para un traspiés. Sus sugerencias pasarán revista en clase el próximo 2 de diciembre. Les queda trabajo por hacer. No son los únicos. La accesibilidad aún anda en niveles de mocedad.
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Acompañamos al primer avión que aterriza en la nueva pista del aeropuerto de Málaga - Costa del Sol, y al despegue desde el aeroclub Leoni Benabú de Vélez Málaga

Alfonso García-Rabadán Gascón, abogado multidisciplinar y procesalista en Roji Abogados, ha respondido las preguntas de los lectores
Mónica Fernández- Mejía, miembro de Roji Abogados, responderá el miércoles, 23 de mayo.
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