LUCAS MARTÍN. MÁLAGA
Dicen que la lluvia tamborilea en todos los techos. Las tormentas también lo hacen, sin distingos, aunque sus reclamos, en lugar de un punteado, semejen una cadena de golpes. En Málaga, el 14 de noviembre de 1989, apenas hubo quien pudiera detraerse al impacto, rotundo y desmembrado como una avalancha de nieve. Los tejados sonaron durante toda la mañana y la población se dividió, quizá por el oficio o la mala suerte, en función de su mayor correspondencia con la condición de víctima, testigo y superviviente.
Luis Cuevas, empresario y promotor de la vuelta ciclista a Andalucía, encaja en los tres roles. El día de la tragedia estaba al frente de su negocio, Interesport, en el polígono de la Azucarera. Dice que pecó de "iluso", pero se necesita creer en el apocalipsis para precaverse de las catástrofes. Mientras llovía, apenas se dio cuenta de nada. Parte de sus trabajadores se fueron a almorzar y esperaba, junto a su mujer y dos de sus hijos, la llegada del relevo.
Tres horas más tarde el teléfono no funcionaba y el agua crecía en la nave. El material, los folios, chapoteaban inservibles bajo el agua. En ese momento, los esfuerzos se concentraban en salvarse. "Teníamos un coche aparcado cerca, pero cuando fuimos a por él, había sido arrastrado doscientos metros", evoca.
En su huida, descubrió que la carretera estaba cortada por coches y objetos desplomados. Ni siquiera podía llegar a su casa, situada a escasos metros. Tuvo que recular. No había salida. Andaba por la plaza del Guadalhorce y llegó la providencia en forma de grúa. La familia viajó en una pala, a través del diluvio, recién salida de un naufrago atroz. Los dejaron provisionalmente en un desnivel, mojado, pero seguro. Allí permanecieron tres horas. Por la noche, se deslizaron en barca y treparon por un cable hasta su vivienda, ocupada por dos de sus hijos, aterrados e incomunicados en su interior. "¿Que si temí por nuestras vidas? Por supuesto, pero también pensaba que si sobrevivía, estábamos en la ruina", dice.
Los casos de Jesús García, de Protección Civil, y de Antonio Castillo, sargento de bomberos, son diferentes, pero están igualmente poblados por escenas más propias de las visiones ominosas del cine que de la realidad de occidente. Ambos permanecieron en sus puestos, sin descanso, participando y coordinando operaciones de rescate durante casi una semana. "En esos días nos dimos cuenta, desafortunadamente, de la cantidad de arroyos que hay en Málaga", comenta Jesús.
Su experiencia se prolonga hasta los últimos episodios ligados a la catástrofe, a la llegada del helicóptero de Defensa y el reparto de alimentos en puntos casi asilados de la ciudad. La de Castillo resulta una antología de cuerpos en defensa del agua, de vehículos detenidos con cadenas, de inmersión parcial.
Al alcalde de la época, Pedro Aparicio, la tragedia le sobrevino en Japón, donde había acudido, junto al presidente de la Junta, a promocionar el PTA. Su regreso fue inminente y la primera noticia, asegura, el mayor mazazo de su carrera política: "Había muerto un niño en la Carretera de Cádiz. Volvía del colegio en la parte de atrás de un camión y cerca de su casa se arrojó a la carretera. Era el hijo de un amigo mío", confiesa. Los ojos del regidor se transformaron en un receptor de instantáneas espeluznantes. En los vehículos de emergencia, trabó contacto con imágenes difíciles de olvidar: un perro atado a una caseta, con el agua al cuello, personas que solicitaban socorro, riadas y destrucción. "Desde el avión ya vimos una película marrón, los montes se habían venido abajo por la ausencia de árboles", dice.
En su análisis de lo ocurrido, Aparicio lanza mimbres para armar la reflexión: "Decir que no llovió tanto y que todo fue por la infraestructura es una barbaridad, pero también a la inversa". Las flaquezas, dice, estuvieron en el territorio, en la reducción de las comunicaciones en una sola vía, el cauce de los ríos y la escasez de vegetación. El 14 de noviembre está en la memoria de todos.