LUCAS MARTÍN. MÁLAGA
La memoria de las inundaciones de 1989 no necesita activarse a golpe de efemérides y de páginas en color sepia. En Málaga, cada vez que el agua repiquetea contra los cristales con soberana violencia, surgen las imágenes, las evocaciones de la calamidad. El temor, a mayor o menor escala, continúa presente más allá de la superstición. Pero, ¿ existen razones fundamentadas para aventurar una nueva tragedia? La tibieza se apodera de la respuesta. Es afirmativa y negativa a la vez, pero siempre moderada, sin fanatismos ni militancia en la perspectiva, ya sea escéptica o pesimista.
Fausto Polvorinos, de la Agencia Estatal de Meteorología, asegura que las condiciones climáticas se pueden reproducir. La concatenación de tormentas es verosímil, aunque quizá no tanto sus consecuencias presumibles. Las obras hidráulicas realizadas, o al menos planificadas, en la salida de los ríos protegen de eventuales desbordamientos y las carreteras han crecido en alternativas que impiden el aislamiento de sectores de la población.
La teoría de las infraestructuras es una garantía de salvaguarda. También lo es el capricho del azar. Las posibilidades de que un fenómeno de esta envergadura gravite sobre la misma zona son remotas, aunque esta vez sí, no imposibles.
Pedro Aparicio, alcalde de Málaga en la época de las inundaciones, recuerda que la catástrofe precipitó la llegada de inversiones a la ciudad. "Nunca avanzamos tanto en financiación de obras como en esa legislatura", reseña. El ex regidor, al margen de las obras públicas, propone otra receta para paliar actitudes, que, en su opinión, no son consustanciales con el dolor. "En los días de las inundaciones hubo políticos, no necesariamente del PP, que intentaron hacer oposición con la desgracia. Luego lo vi también con el Prestige", lamenta.