Veinte años de la tragedia 

Noviembre de 1989, el temporal que cambió la historia de Málaga

Las inundaciones pusieron en evidencia las carencias de la provincia. La lluvia dejó seis víctimas, miles de evacuados y millones de euros en pérdidas

14-11-2009  
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LUCAS MARTÍN. MÁLAGA Alcantarillas pulverizadas, coches a la deriva, bustos braceando en avenidas, una herida irrestañable en el cielo. Era noviembre de 1989. Había llegado la democracia y triunfaba el tecno pop, avanzaba la prosperidad, crecía el empleo. La imagen llagada de la catástrofe pertenecía otro tiempo, a niños de ojos rasgados, a súbditos inmemoriales bajo el yugo de reyes implacables y barbudos. Málaga no era, no podía ser Málaga.
La noche que precedió a la tragedia se acumularon razones para el desasosiego. Una temporal de viento, procedente de Levante, había sacudido buena parte de la ciudad y los bomberos, al incorporarse al turno de mañana, tuvieron que atender una veintena de demandas, correspondientes a desperfectos.
En la Agencia Estatal de Meteorología, situada entonces en las cercanías del Aeropuerto, la inquietud se centraba en un aviso de tormenta y lluvias intensas. La comezón era alta, pero habitable. El mediodía agarró a todos por sorpresa. Las nubes descargaron en buena parte de la provincia con una violencia de récord, cayeron más de cuarenta litros en menos de una hora, arreciaron los granizos, la ciudad quedó sepultada por el agua antes de que se desplegaran los manteles.
De eso hace justamente veinte años. La violencia del balance no se atenúa con el paso del tiempo. Murieron seis personas y las pérdidas se contaron por millones de euros. Noviembre dejó de despuntar como una curiosidad en las estadísticas de pluviometría para convertirse en otra cosa, el recuerdo inamovible del infierno.
Málaga parecía la contraportada demoniaca de Venecia. Los testigos no exageran al hablar de los signos del apocalipsis, de la vida después de la hecatombe. La lluvia se concentró en el entorno del Guadalhorce, el río se desbordó, sus afluentes tomaron las calles. Las avenidas se convirtieron con una celeridad espantosa en pasadizos de cobre, ciénagas fluviales, mantos devastadores.
¿Todo a causa de la lluvia? La respuesta contiene numerosos matices. La fatalidad se cebó con Málaga, pero lo hizo de una manera sofisticada, casi barroca, indiscutiblemente macabra. El temporal no habría causado tantos estragos si se hubiera localizado en otro punto, en otra veintena de kilómetros. Fausto Polvorinos, de Meteorología, explica que este tipo de tormentes no son extraordinarias en el Mediterráneo. "En 2007, se localizó una similar en Nerja y no pasó nada porque allí no vivía nadie".
El problema fue que el núcleo sobrevoló el entorno del Guadalhorce, que en pocos minutos se agigantó hasta alcanzar el kilómetro de anchura y cuatro metros de altura por encima de su caudal. A esto se añadió el Guadalmedina y una maraña siniestra de afluentes, la fiereza del viento, que superó los cien kilómetros por hora, la despoblación de los montes. Se vieron imágenes incapaces de asimilar sin la conmoción de la retina y el repique de los párpados: un niño saltando desde la lona de un camión, una cabeza de perro, automóviles entregados a danzas autónomas y desesperadas, llamadas a gritos, filamentos de paraguas engastados trágicamente en árboles horizontales.
Más de un millar de personas fueron evacuadas. Los servicios de emergencia hicieron jornada continua, el Ejército tuvo que acudir a echar una mano. En todos las calles el mismo cuadro, cubos que descargaban por la ventana y que regresaban inútilmente a casa en una corriente más grande, casi inabarcable.
Antonio Castillo, jefe de uno de los destacamentos de bomberos, recuerda que las llamadas se sucedieron por centenares. Una prueba sombría de preparación en cada uno de los niveles profesionales. La ayuda corrió de parte de los más solidarios. Sin teléfonos móviles, con la luz y el agua suspendida en los hogares, los radioaficionados se convirtieron en un una legión de héroes. Su cuerpo anduvo bajo el agua, rescató, junto a sus compañeros, a conductores sin esperanza, guiados al vacío por la inercia despiadada de la corriente.
El caos se apoderó de Málaga. Hubo avisos que no se correspondieron con la realidad, ya de por sí, demasiado cruda. En Almacenes Mérida, con un metro y medio de lodo sobre el abdomen, buscaron cadáveres que no fueron, que ni siquiera estaban. En el polígono del Guadalhorce, una de las zonas más castigadas, tropezaron con un hombre en estado de embriaguez, chapoteando torpemente en persecución de sus familiares. "Lo subimos a la barca, pero en un descuido se zafó y se arrojó de nuevo al agua", relata.
El auxilio se convirtió en una operación de sutileza. Muchas personas se negaron a abandonar sus hogares, otras fueron recogidas por grúas, elevadas por palas como si se tratase de un fardo de heno. Por momentos, maniobró el milagro. Jesús García, de Protección Civil, logró restituir las comunicaciones con un walkie-talkie, la familia Cuevas llegó a su casa abrazada a un cable eléctrico, la actividad económica superó el trance. Incluso el periódico Sol del Mediterráneo, ubicado en las inmediaciones del aeródromo, logró salvar la tirada y distribuir los ejemplares a través de balsas.
Las intraestructuras contribuyeron a agigantar la desgracia. Las comunicaciones con Torremolinos y el aeropuerto dependían en exclusiva de una carretera, que quedó inutilizada. Cientos de personas quedaron atrapadas, algunas más de veinticuatro horas. A veinte años del aguacero, el mosaico continúa uniendo un conjunto de piezas magulladas, insoportablemente inolvidables.

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