Tribunales

Villanueva del Trabuco entra en la historia de la España más negra

´Los Parrato´, la historia de una familia marcada por la tragedia. Los acusados reconocieron su crimen tras ser detenidos

14-11-2009  
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Escenario del crimen. Imagen de la finca ubicada en el paraje conocido como ´Rajaestaca´.
Escenario del crimen. Imagen de la finca ubicada en el paraje conocido como ´Rajaestaca´.  L. Sánchez

JOSÉ ANTONIO SAU. MÁLAGA Villanueva del Trabuco es un pequeño y típico pueblo andaluz donde el blanco de sus encalados muros es castigado con dureza cada verano por la luz del sol. Cuenta con poco más de 5.300 habitantes y, además de ser rico en olivos y en alojamientos rurales, el 2 de marzo de 2008 entró a formar parte de la ´selecta´ lista de municipios que ocupan un lugar en la crónica de la España más negra.
El campo español siempre ha sido pródigo en alumbrar historias de celos y enfrentamientos entre familias que acaban trágicamente, como ocurrió en Puerto Urraco (Badajoz) cuando los hermanos Izquierdo acabaron el 26 de agosto de 1990 con nueve personas e hirieron a otras seis.
´Los Parrato´ son un clan familiar del municipio. Al morir el padre en 2004, los tres hermanos varones y la hermana se repartieron una sustanciosa herencia. El pueblo los describe como buena gente, callados labriegos trabajadores que sólo se dedican a recoger aceitunas cuando toca y a otros quehaceres prosaicos alejados de cualquier anormalidad. Cada uno de ellos se quedó con una serie de fanegas de tierra –y algunos animales–, pero el menor de los hermanos, José, vendió gran parte de sus propiedades. Enfermo del corazón, analfabeto y algo desbocado, empezó a andar por las sendas del mal camino. Tenía poco dinero para pagar sus deudas y la casi monacal existencia de los dos vástagos mayores debió pasarle factura.
Según acaba de declarar probado el Tribunal del Jurado de la Audiencia Provincial, el más pequeño de ´Los Parrato´ encargó la muerte de sus hermanos a un conocido del pueblo. Según explicó en sede judicial, sus hermanos le debían dinero al ejecutor de los asesinatos, lo que éste nunca perdonó. Pero lo cierto es que, tal y como se ha probado en el juicio, el inductor le ofreció una cantidad considerable (algo más de 40.000 euros) si segaba las vidas de sus familiares. Además, él era el beneficiario de la herencia.
A las 10.00 horas del 2 de marzo, el inductor y el autor acudieron a una solitaria finca ubicada en el paraje ´Rajaestaca´ de Villanueva del Trabuco. Allí, hicieron dos disparos al aire para probar una escopeta de caza sustraída días antes.
Los dos hermanos recogían poco antes de ese mediodía aceitunas en la finca. Hacía calor, pese a que el invierno moría lentamente por entonces. La faena les había dejado exhaustos y mientras se secaban el sudor, se sentaron a comer en el suelo. Detrás de ellos estaba la muerte. El ejecutor se acercó hasta un coche que había aparcado a sus espaldas, los observó calladamente mientras preparaba el arma y decidió salir a la palestra.
A un metro y medio de distancia, de pie, con las dos víctimas a su merced, le descerrajó dos tiros a Juan y tres a Francisco. Murieron rápido, sin poder defenderse, y expiraron al instante. Dice la fiscal que, cuando acabó con su macabro encargo, acudió a casa de José y le dijo: "El trabajo está hecho". Antes, había escondido el arma en el pueblo granadino de Villanueva de Mesías.
Ahora, ambos han sido hallados culpables de dos delitos de asesinato y se enfrentan, cada uno de ellos, a cincuenta años de cárcel. Mientras que el ejecutor –Miguel Ángel– volvió rápidamente a la normalidad, José no supo mantener la calma. Para buscar una coartada, acudió varias veces a casa de una vecina a preguntarle por el estado de salud de su marido. Y, cerca de las ocho de la tarde, fue a casa del panadero del pueblo para decirle que estaba preocupado por sus hermanos. Se montaron en el coche y acudieron a la escena del crimen –el asesino siempre vuelve a ella–. El panadero se sobresaltó al ver los cadáveres de los dos labriegos en el suelo: "Tus hermanos están matados", le dijo visiblemente descompuesto. José no lloró, ni siquiera se le vio nervioso. Ambos acudieron al cuartel de la Guardia Civil.
Los abogados han alegado presiones del Instituto Armado para que confesaran sus crímenes. Pero lo cierto es que José se derrumba, se pone a llorar y reconoce haber encargado el martirio de sus hermanos. Los agentes llegan a Miguel Ángel, lo detienen y éste también canta de lo lindo. El dibujo del fatal desenlace queda claro en la mente de los funcionarios.
En el pueblo se decía que una mujer embriagó a José y que éste, loco de amor, le daba todo lo que quería. De este punto no se ha hablado en el juicio. La hermana de los fallecidos se derrumbó en su declaración y afirmó que José intentó envenenar las cabras de sus parientes y que, incluso, cortó las correas de sus coches para que tuvieran un accidente.
Ésta es la crónica del último crimen de la España rural, una historia en la que resuenan con fuerza nombres de otros pueblos como Puerto Urraco, Paradas (el crimen de Los Galindo, donde murieron cinco personas) o Baños de Montemayor (una típica historia de amoríos entre familias enfrentadas). Las defensas recurrirán la sentencia. Pero Villanueva del Trabuco forma parte ya, a su pesar, de la historia criminal española.

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