LUICAS MARTÍN
Algunos hablan de diferentes modelos de insecticida. Otros de una bacteria respetuosa con la planta y agresiva con los invasores. Hay quien dice, incluso, que es cuestión de química y de agua. Tampoco faltan los que se resignan y aluden, de manera siniestra y expeditiva, a la tala. Con el picudo pocos son los que están de acuerdo. Más que una plaga, que un escarabajo agresivo, parece la cuadratura del círculo, el comportamiento de los cuantos. Los científicos, no obstante, se muestran optimistas: se puede erradicar, nada de ecuación irresoluble.
Miguel Alonso, colaborador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, opina que el problema se escapa del ámbito de la jardinería. La respuesta está en la botánica, en los conocimientos y la aplicación de teorías. Además de una prevención que ponga en liza el instrumental adecuado, el especialista se inclina por métodos de exterminio que tienen que ver más con la ciencia que con lo estrictamente fitosanitario.
Como posibles soluciones, para acabar con el picudo, el experto apuesta por cambiar la temperatura de la planta y hacer que las condiciones de vida sean insoportables para los invasores. Un ejercicio complicado, sobre todo, por la capacidad de adaptación del insecto, que, pese a su reducido tamaño, encarna, como pocos, el espíritu de Darwin. "Se podría inyectar nitrógeno líquido, rebajar la gradación para que no pueda subsistir", resalta.
Una estrategia que, según expuso, no comporta riesgos para las palmeras. "Lo único que puede pasar es que se le caigan las hojas, pero se regeneran rápidamente". Una nueva conjetura, hay vida más allá de los insecticidas y de los parásitos. ? l. m. Málaga