LUCAS MARTÍN
El picudo no sólo destroza las palmeras. Las humilla, engaña y vampiriza. Primero, se traslada a sus hojas. Luego les merienda el tronco. Se reproduce en su interior, se tapa con su corteza y huye sólo en el momento de levantar el acta. Suena descorazonador. El único consuelo es que la vida no está hecha únicamente de palmeras. Pero, ¿qué pasaría si se extendiese a otras especies?¿Sería el apocalipsis? Por supuesto que no, aunque comportaría daños estruendosamente incalculables.
La dificultad de atacar al insecto no reside sólo en su tamaño. Tampoco en sus actitudes burlonas. El picudo es, ante todo, un supervivente. En los últimos años, ha demostrado su habilidad para acomodarse a climas contrapuestos, a cambiar de ruta y de hemisferio si fuera necesario. Sus preferencias son las palmeras canarias, pero está claro que en época de carestía no actuarían con tantos escrúpulos. Por el momento, ya han empezado a rumiarle el lomo a otras especies como la datilera. Aquí delante de nuestras narices. En la provincia de Málaga.
Miguel Ángel Alonso, del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, asevera que el escarabajo, ´rhyncophorus ferruginesis´, según su nombre biológico, tiene una ímpetu devastador que ya ha empezado a notarse en otros géneros. La caña de azúcar es una víctima potencial, pero también existen otras que empiezan a saber de qué se trata. Una de las variaciones más perniciosas es el picudo del césped, que, de acuerdo con Alonso, ya ha comenzado a extenderse por Andalucía. "Málaga tiene que estar alerta, porque puede mandar al traste a sus campos de golf". Una amenaza que ya trasciende la botánica, el ornamento urbano, para atacar a la industria.