JOAQUÍN MARÍN D.
Hasta hace nada, pronunciar la palabra ‘urbanismo’ y relacionarla con el nombre propio de ‘Marbella’ era casi una palabrota. Bueno, dos. Este binomio apestaba, era una expresión hedionda y vergonzante que preferíamos tener guardada en una cámara acorazada para que no nos atufara la ropa ni nuestra condición de demócratas. Nadie se podrá creer dentro de, pongamos, diez años, que permitimos la violación sistemática y televisada de Marbella. Marbella es como nuestra prima más guapa, la que todos llevamos en el corazón, y por la que poco o nada hicimos mientras unos desalmados abusaban de ella y encima se llevaban su dinero. Veinticuatro años, casi un cuarto de siglo ha costado devolverle a esta gran ciudad su normalidad urbanística. Es más, su dignidad democrática. Nunca nos perdonaremos haber tardado demasiado en restañar tantas heridas, en enjugar tanto sufrimiento y en actuar para evitar el escarnio público, transmitido a toda España, adornado con panzas rojiblancas a lomos de caballos blancos, bigotes ambiciosos con tonadillera de la mano, exclusivas asquerosas, bolsas de basura con euros que pagaban las violaciones del suelo marbellí, montajes, compra de mociones de censura jaleadas por coros rocieros de incapaces alcaldesas... Mucha de la culpa fue nuestra, de quienes permitimos con nuestra inacción que tales barbaridades se sucedieran a lo largo de años y años. De quienes prefirieron esperar a intervenir. Duró demasiado tiempo.
Renovación. Por fin, esta semana, tuvo lugar una de las noticias del año. O de la década: la aprobación del Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) de Marbella. Legal, consensuado, cabal, aunque no igual de bien recibido por todos, pues hay propietarios de hasta 2.000 viviendas que actuaron de buena fe, creyendo que todo era conforme a la ley, y se ven con una amenaza de derribo de sus casas. Pero es que las tropelías del felizmente extinto GIL fueron de tal envergadura que ni siquiera el tamiz de la buena intención del Ayuntamiento de Marbella y la Junta de Andalucía ha podido arreglar semejantes barbaridades. Ahora, con el nuevo PGOU, no sólo retorna la legalidad al planeamiento de nuestra Marbella; se nos devuelve nuestra dignidad como ciudadanos y se plantea un crecimiento lógico, medido a ocho años vista, con reservas suficientes de zonas verdes y parques, con miles y miles de viviendas de protección oficial. Y, por supuesto, sin libertinajes que permitan a cualquier sinvergüenza llevárselo calentito a costa de destrozar uno de los lugares, sin duda, más bellos y agradables de Europa. A partir de hoy, Marbella cambia para seguir siendo la misma. Necesitaba darse un baño de legalidad. Abrió el grifo la disolución del Ayuntamiento, calentó el agua la buena labor de la comisión gestora durante más de un año y vertió el gel espumoso la celebración de las últimas elecciones municipales, en la que la seriedad de los partidos políticos –resultados al margen– hizo posible un bautismo renovador.
Orgullo. La victoria del PP de Ángeles Muñoz en esas elecciones, el entendimiento con la Junta de Andalucía y la dedicada labor del equipo redactor del PGOU, con Manuel González Fustegueras a la cabeza, ha dado sus frutos. Siempre fue un placer ir a Marbella, pero antes íbamos, quizá, mirando al suelo, con miedo de levantar mucho la cabeza. Ahora será un placer llevarla bien alta no sólo para admirarla, sino como un ejercicio de orgullo. Tanto tiempo la descuidamos que casi dejó de ser nuestra. Como dice el maestro Rafael de la Fuente, “mi Marbellilla”, porque le duele, es hoy más que nunca “nuestra Marbellilla”, la que nunca debimos dejar en manos de gentuza sin escrúpulos, sin cultura, sin dignidad, sin vergüenza y sin otra sangre en las venas que la pasión por el dinero fácil y robado. joaquinmd@epi.es