IGNACIO A. CASTILLO. MÁLAGA
Los primeros toques de campana de la Cuaresma anticiparon ayer las sensaciones de una Semana Santa a la que sólo le quedan 38 días. Las primera volutas de incienso adelantaron lo que ya está a la vuelta de la esquina. Y la cera derramada sobre el asfalto hoy no es más que una premonición nazarena. La Agrupación celebró anoche su vía crucis oficial con la imagen del Cristo del Santo Traslado, que salió de San Julián para dirigirse a la Catedral.
En medio de un ambiente de rigor y silencio, el cortejo compuesto por cofrades de todas las cofradías agrupadas, hermanos de la Soledad y los hermanos mayores portando velas, salió la comitiva desde la sede de la Agrupación, la gran novedad de este año. Por ello, el Cristo fue trasladado de forma íntima y discreta en la noche del pasado lunes.
El cielo dio una tregua después de estar lloviendo prácticamente toda la semana, por lo que el cortejo recorrió el itinerario previsto y llegó a la Catedral a las 20.30 horas. Allí esperaba ya el obispo, Jesús Catalá, revestido con vistosa capa pluvial de color morado, tocado con mitra y sosteniendo el báculo episcopal, junto al deán y varios canónigos.
En el interior del Primer Templo se dio lectura a las distintas estaciones por parte de representantes de las cofradías de la Soledad de San Pablo, Salud, Cautivo (las tres de la parroquia de San Pablo), Pasión, Estudiantes, Gitanos, Sentencia, Sangre, Rescate, Dolores del Puente, Piedad, Amor y Sepulcro (tres de las cofradías del Viernes Santo, el mismo día de salida de la anfitriona). La última estación la leyó el propio obispo.
El Señor yacente de Pedro Moreira avanzaba muy despacio bajo las bóvedas catedralicias. Era la primera vez en la historia que entraba en la Catedral, con todo lo que eso significa para una cofradía y para sus hermanos.
Elegante. Iba sobre el trono de traslado del Cautivo, exornado con un elegante friso de rosas de color vino. En las esquinas lucía cuatro hachones del trono del Crucificado del Perdón, con cera roja. Destacaba el paño de pureza que cubría su cuerpo inerte, de tela de brocados morada, propiedad del Señor de la Columna, que destacaba sobre el sudario blanco y el catafalco de terciopelo negro, que elevaba a la talla.
Ofrecía el Cristo una imagen distinta, cercana, accesible. Como en su culto diario en la capilla, en la que tantas veces la devoción se ha plasmado en besapiés espontáneos, si no furtivos. Esta vez no era portado por José de Arimatea. Ni por Nicodemo. Ni por el Pastor Estefanus. Se quedaron en la Trinidad. Lo llevaban, hombros trinitarios, hombres de trono que vestían traje.
El regreso lo hizo acompañado por la banda de cornetas de la Esperanza, que interpretó un repertorio de marchas como ´Requiem´, ´Soledad de San Pablo´ o ´Costalero del Soberano´. Un bolardo que no fue retirado en San Agustín obligó a modificar el itinerario y a que la comitiva volviera, prácticamente, sobre sus pasos.