VÍCTOR A. GÓMEZ. MÁLAGA
Tangencial pero directamente estoy viviendo al minuto el terremoto de Chile. Mi mujer es chilena. Jamás se me olvidará el momento en que, en la comodidad del hogar, descubrimos que sus familiares y sus adorados animales podían estar en peligro, o, lo peor, no estar. "Un terremoto de 8,8 grados Richter sacude Chile". El seísmo lo sentimos en Málaga: los dos nos derrumbamos.
Fue un día atroz: llamadas a todo tipo de instituciones supuestamente de enlace –contestador de todas ellas: "Nuestro horario es de lunes a jueves"–, asistiendo, impotentes, entre ataques de pánico, tilas y ataques de pánico al cruel goteo de teletipos que agrandaban la brecha de dolor en el país. Era imposible contactar telefónicamente con nadie, ni personas ni comisarías: las líneas, todas, estaban ´out´, y la señal ´online´ de las cadenas de televisión iba y venía como las olas del tsunami que dijeron que no se iba a producir y que se terminó produciendo. Me acordaba entonces de un profesor de Filosofía del instituto al explicarnos cómo los seres humanos suponemos demasiadas cosas, creamos patrones para solapar la incertidumbre que es siempre la vida: "Todos, al volver a casa del colegio y del trabajo, damos por supuesto que nuestra casa seguirá donde estaba al salir de ella". ¿Y si no lo está?, me preguntaba yo entonces. Lo sigo haciendo estos días.
Sólo a última hora de la noche del sábado, después de millones de intentos telefónicos, logramos saber de todos los familiares de mi mujer, en perfecto estado –dentro de lo que cabe: algunos miembros, incluidos menores de diez años, habían quedado incomunicados entre sí; aún lo siguen–, y ayer averiguamos que sus allegados más o menos indirectos también han sobrevivido, a pesar de vivir en la casi derruida Concepción.
"Qué suerte", nos decimos para consolarnos mientras tratamos de alcanzar, sin resultado, a amigos y conocidos y vemos por internet a Mónica Pérez, periodista de TVN –por cierto, amiga del príncipe Felipe, asiduo visitante de Chile– manteniendo el tipo al dar cuenta del desastre primero sísmico, luego de infraestructuras y humano y ahora de índole moral: uno de entre centenares de hombres saquea un mercado y lleva riéndose litronas de cerveza y media docena de piñas.
Y las réplicas. Centenares. La madre de mi mujer convive a diario con los movimientos; nos dice que casi se ha acostumbrado. Y la paranoia: la mujer ha salido a comprar los víveres imprescindibles en Santiago, y nos cuenta cómo hordas de personas se agolpan en los markets, eso sí sacando el monedero, o cogen sus coches para terminar atascando las pocas salidas viarias útiles. Como una película de zombis.
Mi mujer y yo vemos como espectadores cruelmente protegidos, desde el monitor, a 15.000 kilómetros, lo que ocurre. Y así continuaremos. Los chilenos, ese pueblo tan solitario y orgulloso –con lo bueno y lo malo que tienen ambos adjetivos: están analizando con precisión quirúrgica la lista de ofrecimientos internacionales de ayuda, porque saben que la ayuda es casi siempre un favor y los favores siempre, sin casi, se cobran–, se levantarán y se desharán del polvo y de las cenizas: en todos los testimonios que he visto de afectados estos días no se ha asomado ni una sola lágrima.