lucas martín. Málaga
No son ubicuos, pero casi. La luz verde gobierna los rincones. Su despacho, rodante y blanco, ha servido de butaca a las más reputadas posaderas. También a las más innobles. A los ricos. A los menesterosos. Los taxistas son testigos de nuestro tiempo. Acumulan experiencias dignas de Hollywood. Superan en anécdotas a los guiones más inverosímiles. El taxi, en Málaga, equivale a consulta, a punto de observación, a información, a alarma.
Para cumplir con la profesión, no basta con la pericia al volante. La obligación aproxima a las labores del auxiliar de clínica, del confesor, del gendarme. José María Gómez y Juan Francisco Alarcón acumulan horas de carretera. Hablan de servicio público, de prestaciones que no acaban con el viaje y el cobro. Socorrer a los mayores es una de ellas. "Si son personas de movilidad reducida subimos a recogerlas y las ayudamos hasta que llegan a la consulta del médico, es una regla de oro", señalan.
No todos los clientes del taxi son trabajadores con prisa. A veces se establecen relaciones especiales. Algunos padres los contratan para desplazar a sus niños al colegio. Atienden urgencias en las que el cliché se convierte en una realidad terca, de respuesta rápida. "Estamos coordinados y siempre damos el aviso de lo que vemos a la central", cuentan.
En la provincia ha habido nacimientos dentro del automóvil, persecuciones obligadas. La sorpresa es una garantía en el día a día del trabajo. Gómez está especializado en el trato a turistas y sabe de las dificultades adicionales de Málaga. Muchos viajeros llegan con referencias que van más allá de lo vago. Se acercan a la ventanilla con una llave y una población. Nada de direcciones. Eso, a las tres de la mañana, es casi un contubernio diplomático. "Resulta complicado, tenemos que preguntar en todas partes hasta que logramos dejarlo en la casa", resalta.
La desorientación no es patrimonio exclusivo de los extranjeros. José María recuerda con simpatía a una mujer que le dijo que la llevara al apartamento de su hija, la peluquera. "La dirección, por favor". "No lo sé, donde la peluquera". Tardó más de lo previsto, pero lo logró. A veces la profesión roza la épica.
El destino del taxista es verse inmiscuido en situaciones extrañas. Pura cuestión de estadística. Cada cien viajes debe tocar el asombro. Juan Francisco pasó una tarde en Granada en el salón de un cliente, viendo telenovelas, esperando pacientemente a que le pagara. José María, hábil con los idiomas, fue requerido por los servicios del Hospital Civil. Había trasladado a una joven norteamericana con una hemorragia íntima. En el centro, a esa hora, nadie se enteraba de nada. "Fue un poco embarazoso. El doctor lo primero que le preguntó era si había tenido relaciones y tuve que traducir, allí, delante de su padre".
Las profesiones de riesgo no tienen por qué lucir uniforme. En el taxi, la noche lastra sus servidumbres opacas. Los automóviles llevan incorporado un sistema de seguridad que se activa a través de un botón silencioso. Aun así, persiste el peligro. La amenaza es fácil. Un boli, punzando el cuello, resulta suficiente. ¿Se pasa miedo? Sí, aunque el taxista cuenta con sus propias armas. La intuición, la más poderosa. Aunque a veces las apariencias engañan.
Lo de Alarcón es casi de fábula. Minutos después de la medianoche, una mujer, elegantemente vestida, reclama sus servicios en la parada de un hotel del Centro. Le pide que la lleve al polígono Guadalhorce. El destino desata la inquietud. No sabe lo que le espera hasta que alcanzan las naves. Allí, observa por el retrovisor que la chica está cambiada. Los pantalones son ahora una minifalda. Le señala hacia una hilera de mujeres. Cuenta: "Una, dos, tres, cuatro, déjeme allí detrás de la del bolso negro, ése es mi sitio".
La madrugada transforma al taxista en un sereno, en tutor de adolescentes. Los clientes se desploman, dormitan, necesitan ayuda para encontrar su casa. La regla es la seguridad. No poner el coche en marcha hasta que se encienda el portal, símbolo del retorno amable. Aunque les falte un euro, cosa bastante común entre la muchachada.
Las anécdotas del taxi son retorcidas, cinematográficas. José María fue protagonista de un caso que habría sido rechazado por improbable en los estudios de Hollywood. Una mañana tropezó con un ladrón de bancos. El tipo iba al galope con una pistola y una enorme bolsa de plástico. Tras él, policías y vigilantes. No quería rehenes, sino escapar en taxi. Le amenazó con el cañón apuntando al pecho. El taxista se lo quitó de encima con un empellón automático, lo que permitió que sus perseguidores le dieran caza. "No piensas. Son décimas de segundo. Supongo que no quería verme envuelto en una carrera con una pistola en la cabeza y actúe de esa manera", reseña.
La picaresca también existe en la profesión. Sobre todo por parte de clientes casi profesionales. En Málaga, un taxista fue requerido para trasladar a un ejecutivo a Barcelona. A pocos kilómetros de la ciudad condal, el tipo quiso parar en una gasolinera. Su maleta estaba dentro del vehículo. No había riesgo de fuga. Media hora después, el conductor fue a buscarle. Ni rastro. Salió por la otra puerta del establecimiento. En el equipaje, únicamente había pañuelos de papel, trozos de plástico.
A simple vista, despierta la suspicacia. Pero el taxista no se lo puede permitir. Su sexto sentido debe emplearse en consonancia con la diplomacia. Nada de mostrarse recelosos, aunque esté justificado. A veces las carreras corresponden a personas con problemas de droga. En más de una ocasión, después de cobrarles, descubren que se han dejado la cartera en la tapicería. El documento de identidad no se ajusta al cliente. Toca buscar la dirección, presentar la denuncia y devolverla a su dueño.
Si los taxistas saben de sociología es porque los clientes hablan. Y mucho. A veces de manera sorprendente. La cabina del vehículo es un diván de psicoanálisis. Se producen confesiones, incluso de personas que dudarían en hacerlo delante de sus allegados. "Supongo que necesitan el desahogo frente a una persona anónima, que probablemente no volverán a ver nunca más", comenta Alarcón. Una curiosidad: sólo se conversa cuando el motor está en marcha.