Reportaje

Buscavidas del verano, trabajo a pie de playa

Sin un oficio estable, pasan días y noches durante todo el verano al calor de la arena

 22:46  
Anders Larsson y Martin Eisler son músicos ambulantes en Fuengirola. Nórdicos de origen, se encontraron por azar y ahora forman un dúo con bastante trabajo en la calle.
Anders Larsson y Martin Eisler son músicos ambulantes en Fuengirola. Nórdicos de origen, se encontraron por azar y ahora forman un dúo con bastante trabajo en la calle. José Luis Jiménez
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Frank Extremera. Málaga El litoral malagueño se transforma durante los meses de verano. Al calor de la llegada de miles de turistas el mercado laboral se agita como una gaseosa y son cientos las personas que buscan trabajo detrás de una barra de un chiringuito, en un hotel o en cualquier otra actividad relacionada con la pujante industria turística. Junto a estos trabajadores reglados, con contratos, florece por todo el litoral una legión de «buscavidas», habituales de las playas donde ejercen variadas actividades con las que lograr unos cuantos euros para ganarse la vida. Algunos son ya una leyenda en la Costa del Sol y, otros, vienen empujados por la crisis y la necesidad de ingresar dinero.

Artistas de la más diversas condición y en sus más variadas formas, vendedores ambulantes, masajistas o monitores de actividades deportivas novedosas pueblan la arena de las playas sin temor a las altas temperaturas. Estas son las historias de algunos de los «buscavidas» de las playas de la Costa del Sol.

Masajista de la playa Ferrara

Residente de origen mexicano, Orlando Antonio Astudillo trabaja como quiromasajista en una de las explotaciones de hamacas de la playa torroxeña de Ferrara. Cobra 20 euros por media hora de masaje y 35 si la duración del mismo es del doble. No hay mucha diferencia de precio con lo que cuesta este servicio en México, porque allí la cantidad mínima es de 30 dólares. «Lo que sí varía es la calidad de vida de la gente. Allí una vivienda cuesta 30.000 euros y aquí vale diez veces más. Pero además, con 500 ó 600 euros aquí tienes un alquiler con comodidades y allí te dan la casa vacía».

De un verano a otro ya ha notado la recesión económica que padece nuestro país: «Los españoles este año vienen con mucho menos dinero. Se nota todavía más la crisis, porque además hay más competencia entre los masajistas. Pero bueno, los orientales también saben bien lo que hacen y es el cliente el que tiene que comparar. Astudillo explica que mantiene clientes de muchas temporadas y que a todos les gusta el masaje a pie de playa: «Aquí tienes la brisa del mar fresca, con el sonido del mar de fondo. Es muy diferente a cuando ejerzo mi actividad en un lugar cerrado. Además, la higiene está garantizada. Poseo cremas especiales y toallitas con las que lavarme las manos en cada sesión».

Retratista en Torre del Mar

Muy cerca del templete de música, en pleno paseo marítimo de Torre del Mar, encontramos a Judith. Le da los toques finales al retrato de una pequeña niña, mientras mira una foto como referencia que sostiene entre sus piernas. Durante el verano, aprovecha las  noches, cuando el sol se oculta y el calor se deja sentir menos, para pintar al aire libre. Judith, de origen canadiense, en su estudio improvisado en plena calle hace retratos para ganar de 70 a 75 euros por cada uno. La crisis también se resiente en su trabajo: «Se está notando, la gente ya no los va pidiendo tanto. De todas formas, agosto es el mejor mes, sobre todo hasta el día 20, que suelo tener más público».

En cuanto a sus gustos, esta pintora prefiere a los más pequeños aunque requieran de algún truco: «Los padres tienen que entretenerlos algunas veces, para que no se muevan, por ejemplo, contándoles un cuento o dándoles algunas chucherías». Para Judith, la clave de un buen retrato «es hablar con la persona a la que se pinta. Hay algunos que lo hacen, en silencio, terminan y ya está, pero a mí me gusta hablar. Las sesiones duran de hora y media a dos horas, si se trata de un retrato en color, y de una hora si se pinta a carboncillo.

Fuengirola, como auditorio libre

Nuestros siguientes protagonistas no venden ningún objeto. Regalan acordes musicales durante un plácido desayuno, en una terraza del paseo marítimo de Fuengirola, o mientras tomamos una cañita en el centro de la localidad. Anders Larsson y Martin Eisler se conocieron hace un mes cuando, el primero de ellos con su bajo y el otro con la guitarra eléctrica, decidieron formar un dúo.

Con un carrito de bebé destartalado, «que es la furgoneta de la gira» –bromea Anders­–, un pequeño amplificador de batería, sus instrumentos y un micrófono, que milagrosamente funciona, esta bohemia pareja se patea cada día las terrazas y plazas del municipio costasoleño en busca de unas monedillas que les permitan sobrevivir. Anders es sueco y Martin, danés. Con la llegada del verano han decidieron venirse hasta Fuengirola para probar suerte.

No son unos novatos en esto de la música callejera. Anders, carpintero de «profesión formal», como él mismo dice, ha formado parte de grupos de rock suecos y su sueño siempre fue dedicarse a la música y recorrer el mundo.

Martin es licenciado en Antropología pero también tenía claro que lo suyo era la música. «Todo el mundo cree que triunfar es estudiar una carrera, trabajar, casarse y tener hijos. Pero yo considero que el triunfo personal es hacer lo que te llene más, en cada momento, y yo, pese a que no tengo una fortuna ni soy un músico conocido me considero triunfador».

A sus 51 años, Martin sonríe al recordar todo lo que ha hecho hasta llegar a Fuengirola. Su añeja guitarra electroacústica ha viajado por la mayoría de los países europeos, Estados Unidos, Australia o Cuba, de donde es su mujer y a la que lleva sin ver un año y medio. «Me gustaría traérmela a España pero, de momento, no es posible». Tanto Martin como su inseparable compañero reconocen en un perfecto andaluz «que la cosa está muy mala».

Con suerte, en un buen día, el dúo recauda 40 euros tras sus actuaciones, en total unas 15 al día. «Es normal, hay crisis y la gente no está dispuesta a echar unas monedas», espeta sonriente Anders.

Estepona se abre al kite surf

Fran Salazar es un «buscavidas» que hace cinco años decidió hacer de su pasión una forma de ganarse la vida. Fue entonces cuando decidió crear Freedom Kite School, una escuela de kite surf en Estepona. La idea surgió porque él practicaba este deporte y se dio cuenta que todo el que quería aprender tenía que ir, como punto más cercano, a Tarifa.

La escuela tiene el permiso de Turismo Activo de la Junta de Andalucía y es de las pocas que existen en la provincia de Málaga, ya que en la costa occidental sólo Estepona y Los Álamos tienen lugares autorizados para la práctica de este deporte. Un hecho que Fran atribuye en parte al magnífico apoyo del Ayuntamiento porque en otros municipios como Marbella «se mantiene bloqueada la práctica de este deporte».

El kite surf se practica durante todo el año, pero Fran sólo tiene abierta su escuela sólo de cuatro a cinco meses, justo en la temporada estival. El resto del año se busca la vida con otros trabajos. La crisis no obstante también ha hecho mella en la práctica de este deporte y «en los dos últimos años se ha notado la afluencia de menos alumnos».

Pero el kite cada vez es más seguido. Este joven emprendedor creó también su propia página web, www.kitesurfestepona.com, donde ofrece toda la información sobre los cursos. Aunque se piense lo contrario, Fran asegura que Estepona tiene mejores condiciones que Tarifa para la práctica del kite, porque el Levante sopla mucho menos agresivo que en la localidad gaditana.

Además, es un deporte abierto a todas las edades a partir de los 14 años. Un curso de iniciación cuesta 180 euros y en la escuela ofrecen todo lo necesario para adaptarlo a cada nivel. Eso sí, los días que no hay viento, las cometas no pueden volar. Los que quieran practicar este deporte sólo necesitarán ganas de aprender y de divertirse: «La subida de adrenalina al enfrentarse al mar y al viento es una experiencia que sólo podrás sentir cuando lo practiques», finaliza este intrépido deportista.

Ofrecer trencitas senegalesas

Más escueto es el relato de Aua, senegalesa de 40 años, que muestra la cruda realidad de lo que significa trabajar en plena calle. Ella hace trencitas a todo aquel que quiera lucir un look más veraniego. Es filóloga de francés, pero al llegar a Fuengirola hace cuatro años no tuvo otra alternativa para trabajar. «Antes, cuando llegué, podía sacar suficiente para pasar bien el mes. Ahora, por la crisis, con suerte, en una buena jornada, no llego a ganar ni veinte euros».

Agrega que la policía no se lo pone fácil. «Nos requisa todo el material cada vez que nos pillan; no tengo papeles. Pero, sin embargo, estoy contenta aquí, en España, porque la gente de aquí me trata bien», manifiesta Ndoye.

Llegan cada vez más ambulantes

Antonio Sánchez es empresario de playas de una segunda generación de hamaqueros de Torrox Costa. Y explica que no son pocos los vendedores ambulantes y masajistas orientales que desde muy temprano buscan algunos euros al calor de los turistas y residentes centroeuropeos que abarrotan esta parte de la Axarquía. Indica que son «especialmente pesados los masajistas orientales, que pasan hasta tres veces por el mismo cliente».

Y se queja también de la proliferación de vendedores ambulantes, sin un horario fijo. Los califica de «buena gente que apenas buscan unos cuantos euros». Pero insiste en que los bañistas prefieren descansar más tranquilos.

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