LUCAS MARTÍN. MÁLAGA
Se habla de un paseo en descapotable , del desembarco de marines con tatuajes y navajas, de la visita a una boutique, de un mayordomo dispuesto a repartir caramelos entre los niños del parque. Un fantasma recorre la Costa del Sol y se llama Michelle Obama. A la primera dama le precede una sombra alimentada con aportaciones populares. Los rumores se suceden, ocupan las conversaciones de los chiringuitos, de los supermercados. ¿Qué hará en sus vacaciones en Málaga? ¿Quiénes serán sus acompañantes?
La primera pregunta exige una respuesta tan sólo apta para sus hombres de cámara. Resulta complicado aventurar su comportamiento, más allá de los datos oficiales. Lo que sí parece más asumible es atender a la manera en la que viaja. Existen precedentes. El más claro, el del pasado verano, en el que Michelle también se desplazó con su hija pequeña mientras el presidente atendía los compromisos presidenciales.
En esa ocasión, el destino fue Londres y París. La esposa de Obama aprovechó para tomar el té con la mujer del primer ministro británico. Esta vez será el café y los Reyes de España. Las vacaciones supondrán el principio de un viaje que la llevará también a la costa californiana, afectada por la fuga de petróleo, y a la isla Martha´s Vineyards, ya frecuentada por otras personalidades de la política americana. Michelle viajará en un avión presidencial, aunque se hará cargo de los costes de los vuelos y de la estancia. No se trata de un gesto de probidad, sino de una costumbre de los presidentes, agudizada, en este caso, tras las críticas recibidas por una excursión reciente a Nueva York con el objetivo escasamente gubernamental de disfrutar de un musical en compañía de Barack. Una polémica que se zanjó con la asunción de los gastos por parte del mandatario. La controversia, no obstante, se antoja más complicada en su visita a Málaga. A los medios norteamericanos no les entusiasma la propuesta de la primera dama y no precisamente por una falta de apego al Mediterráneo. Aseguran que no es el momento de un viaje transcontinental y justifican su reacción en la campaña alentada por la Casa Blanca, que en los últimos meses ha animado a los americanos a apostar por el turismo de proximidad con la doble intención de reforzar la economía de las familias y demostrar al mundo que las playas vuelven a poblarse de tablas de surf y a despedirse de las manchas.
La corriente de opinión, sin embargo, no frenará el viaje, previsto en un Boeing 757, el mismo modelo que utilizan otros políticos como Hillary Clinton. De sus asesores habituales, tan sólo vendrán los más cercanos. La seguridad estará coordinada por varias decenas de policías de élite, algunos de los cuales ya están en Málaga. Ha empezado el aterrizaje, la locura comarcal por los Obama.