Wikileaks y ley Sinde. Ciberguerra en el frente de Málaga

Usuarios de internet se conjuran desde puntos como la Costa del Sol para poner en jaque a grandes corporaciones en una batalla sin precedentes en la Red

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Los internautas que participan en los ataques suelen tener edades comprendidas entre los 20 y los 35 años, según los especialistas.
Los internautas que participan en los ataques suelen tener edades comprendidas entre los 20 y los 35 años, según los especialistas.  Gregorio Torres
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Lucas Martín. málaga
Las calles amanecen limpias. No hay restos de pancartas, de claudicaciones, de adoquines reventados. La huella urbana de la revuelta apenas excede el perímetro de las ojeras. Algo está pasando en la Red y su dimensión es histórica. Primero fueron los movimientos de apoyo a Wikileaks. Unos días después las protestas a la denominada Ley Sinde. Miles de jóvenes movilizados, replegándose, consultando estrategias bélicas. Todo a golpe de ratón. La rebelión ha superado a sus profetas.
En la década de los noventa, a propósito de la emboscada americana en el Golfo Pérsico, se especuló con el peso que adquiriría la información en los conflictos del nuevo siglo. Se hablaba de que el dominio de los flujos de comunicación equivaldría a ganar la contienda, algo que ya insinuaban Clausewitz y Julio César, aunque probablemente sin imaginar, ni tan siquiera remotamente, lo que ha ocurrido en estos días. Miles de personas han puesto en jaque a las grandes corporaciones, han urdido ataques y resistencias y todo ello sin salir de casa, probablemente en la amable contigüidad de la taza de café y el sillón doméstico. Es lo que ha empezado a describirse con el término de ciberguerra, unánimente empleado para capturar un fenómeno que implica tanto a Málaga como a Chicago.
El desplazamiento del escenario de confrontación social no es casual. Los expertos señalan al manoseado cliché de la sustitución de la realidad por el espacio virtual, pero hay quien amplía el concepto. Internet se ha convertido en un planeta de itinerarios casi infinitos, imposible de supervisar al cien por cien, especialmente indicado para superar distancias, incluidas las que separan a los emporios del pueblo.
Durante las horas posteriores a la detención de Julián Assange, la cabeza visible del controvertido cablegate, la Red se convirtió en un hervidero. Los foros sociales articulaban la energía de miles de usuarios dispuestos a manifestar activamente su respaldo a las filtraciones. En apenas tres días, consiguieron inutilizar durante horas el andamiaje cibernético de entidades tan poderosas como Paypal o Master Card. No lo hicieron precisamente con bates de béisbol, aunque las empresas, a buen seguro, habrían preferido quedarse sin lunas o con las sillas gateando por el suelo.
Antonio Moreno Losana, doctor en Física y autor del blog Memetic Diaries, una de las ventanas periodísticas más activas durante la revuelta, relativiza la novedad de la técnica y pone el acento en la particularidad del movimiento. El sabotaje a las páginas webs, indica, cuenta con precedentes, lo verdaderamente inapelable ha sido el compromiso de tanta gente. En internet, al igual que en la calle, la unión hace la fuerza. El especialista, formado a caballo entre Sevilla e Inglaterra, ofrece algunos números que orientan acerca del potencial del descontento. Desmoronar las casas virtuales de los gobiernos apenas requiere a un puñado de internautas. La de Venezuela, por ejemplo, fue tumbada por una treintena. Miles de usuarios suponen un ejército, capaz de doblegar la protección de gigantes comerciales y su entramado técnico.
Dicho así parece que el movimiento se enfrenta a dinosaurios indefensos. Nada más lejos de la realidad. Si se habla de guerra es porque nadie se cruzó de brazos. Los ordenadores daban cuenta de ataques múltiples, los usuarios contra las corporaciones y éstas obstinadas en sacarlos del sistema y disgregarlos con el mismo régimen de triquiñuelas.
Usuarios, internautas, ciberguerrilleros. Existen dificultades para denominar al movimiento que en las últimas semanas se ha transformado en una preocupación creciente para los gobiernos. Lo más recurrente es apuntar a Anonymous, pero esto no aclara excesivamente los términos. Los que piensen que detrás del nombre se oculta una organización con organigrama y jerarquías no les queda más remedio que blandir el látigo contra el desierto. La palabra no indica nada más que a un conjunto heterogéneo de aficionados a la Red que empezó a ganar popularidad a partir de la ofensiva contra la Iglesia de la Cienciología. De ahí a desenmascarar a activistas hay un trecho. El frente que ha protagonizado la última revuelta incluye a comentaristas de vídeos de entretenimiento, de fotos privadas, de chats dedicados a un abanico de temas que va desde la alta cultura a la frivolidad más resultona.
Esa es, en cierta medida, su fortaleza. En la llamada operación Payback, surgida espontáneamente en la Red para fastidiar a Master Card y Paypal, los contraataques comprendieron una búsqueda desesperada de la gestación del movimiento. Facebook y Twitter les cerraron las puertas a los internautas y, por momentos, también los chats de conversación de IRC. Algo que, según Moreno Losada, no resulta un problema. «Existen canales tan sumamente secundarios que son imperceptibles. Con tanta gente implicada, recomponer el circuito y los lugares de información es cuestión de minutos», detalla.
Un joven empresario de Torremolinos, que prefiere mantenerse en el anonimato, estuvo cuatro días sin despegarse de la computadora. Las fechas de la rebelión en solidaridad con Wikileaks coincidieron con el puente festivo de España. «Había quedado con un grupo de amigos y todos estábamos indignados con la represión a Assange y a la libertad de expresión. Pensábamos que había que hacer algo. Encendimos el ordenador y hasta hoy», detalla.
Para desmantelar una página web no se necesita ser un hacker. Moreno Losana, que ha ejercido de consultor para varios organismos, precisa que un ataque no es cuestión de complicados logaritmos. El mecanismo es casi primitivo y consiste en solicitar una actualización de contenidos de modo masivo y frenético. Internautas pulsando la orden de refrescar al mismo tiempo es la estrategia para bloquear sistemas y se pude hacer de modo manual, con el dedo índice a modo de gatillo o con el método conocido como enjambre. «Para éste basta con estar en la dirección adecuada, que automáticamente direcciona a todos los usuarios hacia un mismo objetivo». ¿Cuál? El experto responde: «Demostrarle a los poderosos que estamos hartos de tragar», sentencia.

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