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Culpan a la proliferación de supermercados

El Mercado Central, en crisis

Tras una leve mejoría en sus ventas, los comerciantes asfixiados avisan que han vuelto las cifras negativas

 09:57  
Los pescaderos se quejan del reajuste de espacios que han sufrido tras la rehabilitación del mercado
Los pescaderos se quejan del reajuste de espacios que han sufrido tras la rehabilitación del mercado  Gregorio Torres
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Tras una leve recuperación en sus ventas, los vendedores reconocen que casi han retornado a las cifras negativas

Celina Clavijo Gil La difícil situación económica empieza a ahogar a los comerciantes del mercado de Atarazanas de Málaga que, tras la rehabilitación de sus instalaciones en mayo de 2010, sólo ha experimentado una leve mejora en cuanto a las ventas, con cifras que mantienen la tendencia a la baja desde que comenzó la crisis, en 2008. «La afluencia de público ha flaqueado», lamenta el presidentede la asociación de comerciantes del mercado y uno de los 110 dueños que lo integran, David Ruiz.

«Después de una ligera recuperación, los vendedores casi han retornado a los niveles de cuando trabajaban en las ubicaciones provisionales de calle Camas», apunta.

En este sentido, los tenderos consideran que sus principales enemigos son los supermercados en las barriadas de la capital, dado que, según manifiestan, han crecido de forma significativa durante los últimos años.

La ventaja más notoria de estos establecimientos es la libertad de horario, ya que permanecen abiertos hasta la noche, a diferencia del céntrico mercado de abastos, que cierra sus puertas a las 3 de la tarde. Una posibilidad cada vez más valorada por los matrimonios jóvenes con hijos, «que son los que más gastan» y suelen trabajar en horario de mañana, por lo que agradecen poder llenar sus carros en cualquier momento.

«En precio y calidad no hay quien pueda con nosotros, pero hay que llegar hasta el Centro y el aparcamiento está complicado», matiza el portavoz de los vendedores de este equipamiento comercial.

Tradicionalmente, en el también llamado mercado central, que cuenta con 131 puestos, las cifras más elevadas se habían alcanzado a principios de mes, pero ahora es a partir del día 10 cuando se registra el mayor volumen de negocio, gracias a las ayudas que reciben los desempleados.

A pesar de que el verano siempre ha sido una época agradecida para las ventas, sobre todo por la variedad de frutas de la que se abastece el mercado, el comienzo de este año ha sido «desastroso», según las fuentes, puesto que ahora la crisis ha vuelto más racionales a los consumidores, que miran hasta el último céntimo.

La mayoría de los dueños de los puestos de Atarazanas coincide en que las instalaciones provisionales «llevaron a la ruina» a muchos vendedores. Jorge Navarro, uno de los dependientes del mercado, asegura que, tras 15 años vendiendo frutas y verduras, estos dos últimos años «han sido los peores». «El público quería volver aquí. Estamos de nuevo en casa porque, aunque el mercado provisional no estaba mal, la clientela allí se perdía», recuerda Manuel Villamuela, miembro de la junta directiva. Para los comerciantes, el efecto más evidente es el hecho de que muchos compradores «no hayan vuelto a consumir desde hace 18 meses».

El ahorro se convierte en una prioridad fundamental en tiempos de crisis y el recorte de gastos es el camino más eficaz para conseguirlo: «Si antes se le echaba gambas a una paella, ahora se le ponen congelados. Los filetes de ternera sustituyen al entrecot. Se recorta de donde se puede», sentencia Villamuela, dueño de la carnicería que hace honor a su apellido.

En su negocio, el perfil de compradores suele variar en función del día. Lo normal es que por las mañanas se observe un incremento en el número de inmigrantes, concretamente latinos, mientras que, durante la semana, es más frecuente cruzarse con compradores «que vienen de paso», tras realizar gestiones en el Centro o haber ido al médico.

Sin embargo, en los últimos años también se ha recuperado un elevado número de clientes habituales, como Francisco González que, viviendo en la barriada de Miraflores, se dirige al mercado cada dos días para comprar «el mejor pan de Casabermeja, cocido en horno de leña», bollería y otros productos típicos, aunque también reconoce ser un fiel consumidor del pescado de la caseta llamada El Ruinas.

María Jiménez, de 75 años, ha perdido la cuenta de los años que lleva consumiendo en el mercado de Atarazanas, pero recuerda que desde niña iba con su madre. «Ahora también vienen mi hija y mis nietas. Cuando no le compro al padre, le compro al hijo, que lo conozco desde que lo traían en un paño», detalla.

Al ser preguntados por la rehabilitación del mercado de Atarazanas, la respuesta es prácticamente unánime: «Éste ha sido siempre el auténtico. Me gusta muchísimo más que el otro», afirma rotundamente un cliente. «Con la reforma, ahora tiene mejor presentación. Vivo en La Palma, pero suelo venir a comprar verdura y pescado fresco», agrega otro.

Sin embargo, pese a la buena aceptación que han tenido las reformas del mercado central, los vendedores de pescado se quejan del reajuste de espacios que la rehabilitación ha originado: «Los puestos se han reducido mucho, nos han quitado mesas para vender, además de comodidad», lamenta uno de los comerciantes, Javier Belmam, quien señala que «les han complicado la vida, porque también han tenido que reducir las neveras».

Mientras muchos dueños se han visto obligados a ceder sus puestos, otros se complacen de haber superado este año con resultados favorables y viven la crisis con una discreta sonrisa. Es el caso de Toñi Castañeda, una de las panaderas del mercado de Atarazanas, que se muestra satisfecha al reconocer que sus ventas van mejorando poco a poco, en gran medida por la llegada de turistas: «Estoy muy contenta, aunque hay muchos altibajos».

Tras más de un año de trabajo en el rehabilitado mercado, donde han tenido que apretarse el cinturón, la mayoría de los propietarios de las 266 casetas de Atarazanas no pierden la esperanza. Aspiran a obtener mayores beneficios cuando la economía recargue las pilas que, desde hace tres años, parece habérsele agotado.


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