LUCAS MARTÍN
Hace veinte años Ángel Luis Serrano paseaba por la playa. Ahora, también. Quizá sea lo único que se mantiene inalterable en una vida de cambios, de arrojo empresarial. El presidente de Isofotón vive a la velocidad que marcan los maletines de los ejecutivos. Una mañana en Pekín, la otra en Japón. Dice que volar no le entusiasma, pero su mono de trabajo empieza en el respaldo acolchado, con los dedos entre montañas de documentos y un bolígrafo en la boca mientras despega el avión. ¿Tópico? Quizá. Pero su labor no lo es. En los últimos meses, ha conseguido rescatar a Isofotón y devolverla a la élite. Sin sangrías ni sortilegios. En plena crisis. Como si fuera un juego de naipes y su carta contara con el sello del ganador.
Si se le habla del giro de la compañía, Serrano rebaja los elogios y resopla con humildad. Asegura que no ha sido fácil y en sus palabras asoma la fotografía en sepia de sus veinte años, de las carreras entre la consultoría en la que trabajaba y los últimos exámenes de la universidad. Por entonces soñaba con montar algo por su cuenta, acaso una empresa de asesoramiento con su hermano, el abogado Diego Serrano. La trayectoria de Ángel Luis es mucho más sencilla de lo que parece y no incluye galimatías ni saltos entre firmas y ciudades. En realidad, siempre estuvo ahí. No se había licenciado cuando empezó a trabajar en el proyecto familiar. Los dos hermanos con una mesa. Suficiente para crear un imperio que en 2008 facturó casi 100 millones de euros.
La pregunta es inevitable. Ángel Luis responde. No, ni su hermano ni él pensaban en que la consultoría iba a derivar en el gigante de hoy. El negocio les empezó a ir bien. Ampliaron oficinas en Madrid, abrieron sucursales en Barcelona. Surgieron clientes internacionales. Incluidos de la remota China, donde al empresario se le encendió la bombilla con una energía doblemente natural. Le hablaron de las placas solares. De su futuro en un contexto cada vez más amenazado por la dependencia al petróleo y la contaminación. Los Serrano se metieron de cabeza en lo que entonces sonaba poco menos que a una habladuría verde, un rumor de gente utópica, poco dada a la rentabilidad. «Empezamos a instalar placas en España. Todo lo que sé lo aprendí de mis amigos chinos», resalta.
Las renovables catapultaron a Ángel Luis y a su empresa, el Grupo Affirma, que el pasado año se enredó en lo que parecía un feo asunto, la planta de Isofotón. Los dos hermanos, de nuevo, al frente, aunque con algo más que una mesa y ochocientos trabajadores. Al empresario le pilló ya con casa en China. También, en Málaga, aunque por una historia distinta. Los hermanos Serrano son de Madrid, pero Ángel Luis, conoce la arena de la provincia desde muy poco después de nacer. Su familia tenía una vivienda en El Morche y allí le trajeron a los tres meses, y todos los veranos de su vida, incluso, cuando ya no era el hijo de los madrileños, sino un emprendedor de éxito, con negocios en medio mundo, de predicamento internacional. «Siempre me ha encantado venir a Málaga. Mi mujer está encantada con la mudanza. Hemos salido ganando, eso está claro», comenta.
El entusiasmo del presidente de Isofotón se aplica también a la empresa, en la que piensa constantemente. La vuelta a la viabilidad no ha detenido al Grupo Affirma, que ha conseguido que Isofotón suene de nuevo en todo el mundo a vanguardia y primer nivel. Ángel Luis tiene muy claro que la clave está en los clientes de otros países, que representan actualmente el noventa por ciento de la facturación. «Nuestra ventaja es que somos también productores de tecnología y eso hay que mantenerlo y reforzarlo», reseña.
La pequeña consultora de los hermanos Serrano ha mutado hasta convertirse en una fábrica puntera, Ángel Luis ha abandonado Madrid por Málaga, pero sigue, a su modo, cuando puede, sobre la arena de El Morche, que le sirve de reencuentro y de tregua, al igual que los paseos por la Costa del Sol. También el deporte. Especialmente, la vela y el golf, que practica con regularidad, aunque no tanta como la que gobierna sus viajes en avión. El negocio sobre el aire, asentado bajo sus pies.