EUROCOPA
Mirando atrás

La sombra perdida del árbol familiar

En los últimos 20 años ha aumentado en Málaga la afición por encontrar el rastro de los antepasados

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Árbol genealógico para un testamento realizado en Benalmádena en 1508.
Árbol genealógico para un testamento realizado en Benalmádena en 1508. Carlos Criado

ALFONSO VÁZQUEZ La distancia no parece frenar el empeño de Daniel Maldonado, que en la actualidad vive en Irkutsk, Siberia, y envía correos electrónicos a sus familiares de Málaga en busca de nuevos datos de su familia, los Sell, que se establecieron en Málaga a finales del siglo XVIII y una rama marchó a Cuba. «Llevo nueve o diez años trabajando en el árbol (genealógico), en todas la ramas», explica por correo electrónico. Para su búsqueda, además de a familiares, en las visitas a Málaga ha pateado el Registro Civil, registros parroquiales, cementerios y el archivo diocesano.

Como él, son muchos los malagueños en busca de sus orígenes. No todos tienen la facilidad de contar, como la familia Werner, con un archivo familiar con documentos desde el siglo XVI a nuestros días, a cargo de un experto en archivos que además es miembro de la familia, así que emprenden el paciente rastreo en archivos de la provincia o contratan los servicios de un genealogista.

José Luis Cabrera, además de presidente de la asociación de amigos del Cementerio de San Miguel, tiene la diplomatura de Genealogía, Heráldica y Nobiliaria que imparte el instituto Salazar y Castro de Madrid, dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y señala que su disciplina, «es un instrumento auxiliar de la Historia porque te permite identificar un escudo o, a través de una familia, conocer la historia de un país».

A su juicio, en España no existe la fiebre por conocer los ancestros de los países anglosajones –en especial una tierra de emigrantes como Estados Unidos–, pero internet ha hecho posible que se extienda la afición, aunque llama la atención sobre el handicap de Málaga por la quema de buena parte de los archivos parroquiales con la llegada de la República, en mayo de 1931.

En cuanto a los servicios de un genealogista, José Luis Cabrera comenta que los precios varían mucho: «No es lo mismo partir de cero que realizar una investigación concreta».

Ciertamente es un problema la desaparición de miles de páginas de los archivos parroquiales. Así lo reconoce Carmen Durán, responsable del Archivo Histórico Curial de la Diócesis de Málaga, que se conserva en la única torre de la Catedral. «Es un problema porque antiguamente no había registros civiles, pues se crearon en 1871 y las que conservaban los datos eran las parroquias. En muchos pueblos las parroquias se quemaron y es como si no hubieran existido las personas, no hay modo de saber y es el gran problema de España».

Pero quienes buscan el rastro de los antepasados tienen otros campos en los que buscar. Y si el Registro Civil, por su constitución en 1871, quizás sólo aporte datos de padres, abuelos o bisabuelos, quedan recursos como el Archivo Histórico Provincial y el Archivo Municipal de Málaga.

En este último la archivera Carmen Urbaneja reconoce que «viene muchísima gente buscando información de familiares y podemos darles los padrones o los registros civiles de nacidos, casados o muertos». Como ejemplo, Carmen Urbaneja saca un padrón de 1852 en el que aparecen registradas las personas que vivían en cada casa, fueran propietarios o inquilinos, su sexo, profesión, lugar de procedencia, estado civil... Una valiosa información llena de anécdotas como que el que junto a las familias aparezcan también las criadas que vivían con estas y en las ocupaciones de 1852, algunos malagueños aparecen como «cesantes», que son los parados de nuestros días.

«El Archivo Municipal conserva los padrones de 1842 a 1972, a partir de ahí ya están informados» explica la archivera, que señala que numerosas consultas genealógicas proceden de Francia y suele tratarse de descendientes de exiliados por la Guerra Civil.

Y siguiendo con los documentos, el registro civil de Muertos (sin eufemismos) de 1852, no sólo aporta la fecha de defunción de los malagueños de tiempos del general Narváez sino un estudio sobre las enfermedades de la época, en este caso todas evidentemente mortales: tisis, viruela, calenturas, hidropesía, endeblez...

Pero sin duda el campo donde el buscador de las raíces familiares encontrará más datos, con un poco de suerte, es el Archivo Histórico Provincial.

Hace falta suerte pero también paciencia, porque como subraya su directora, María Esther Cruces, «todo no está en internet y esto no es la wikipedia, ponemos la información a disposición de la persona pero hay que sentarse».

La responsable de este archivo vecino del antiguo convento de la Trinidad coincide en el auge de las búsquedas genealógicas, que ya no se limitan a las familias de la antigua oligarquía malagueña. «No es algo de ahora, esto pasa en los archivos desde hace 20 años y en España subió mucho con la Democracia porque hubo gente que quiso reivindicar títulos».

Esther Cruces añade que las consultas incluyen «a familias normales y corrientes». Aunque a veces haya casos en los que cualquier ayuda resulta imposible como cuando pidió información una persona apellidada Expósito, nada consciente del significado de su apellido (se les daba a los recién nacidos abandonados o confiados a un establecimiento benéfico).

Sin obstáculos insalvables como el anterior, para la directora del archivo los protocolos notariales «son básicos» y aporta como prueba un voluminoso testamento realizado en Benalmádena en 1508.

Con el paso del tiempo, el documento ha ido engordando en legajos y cuenta con un árbol genealógico, un escudo de armas y una escritura de 1826, así como el dibujo a color de un caballero con un estandarte en el que se informa que se trata de Santiago Morales, que sirvió a Su Majestad 20 años en las guerras de Orange, Italia, Alemania y Flandes «sin haber hecho ausencia», y ganó el estandarte del Condestable de Francia en la batalla de San Quintín, al duque de Saboya. Como se ve, muchas más información que un mero asiento registral de nacimiento o muerte.

Pero no hay que descender de un caballero de Felipe II para realizar un árbol genealógico. También los expedientes personales de funcionarios aportan un caudal de información sobre ayudantes, celadores y oficinistas de todo rango. Lo de los expedientes personales es una práctica del Siglo de Oro para demostrar que existía limpieza de sangre. En el que Esther Cruces muestra de la jefatura de Obras Públicas de 1874 aparecen muchos datos sobre la vida de los trabajadores: familia, lugar de nacimiento, traslados, hijos y hasta partidas de bautismo y casamiento, «porque cuando te casabas, como a veces recibías una gratificación, había que demostrarlo».

También se puede obtener información de las cartas de dote y arras y otros documentos en los que la mujer tenía que estar representada por un hombre, por ejemplo para una compraventa.

Otro filón son las constituciones de mayorazgos, cuando el fundo iba a parar al hijo mayor, una oportunidad para dejar por escrito un gran caudal informativo sobre la familia.

María Esther Cruces recoge una frase de la directora del Archivo Municipal: «Por el hilo se saca el ovillo» y remacha que cualquier persona que quiera conocer a fondo sus orígenes, si lo va a hacer por su cuenta y riesgo, para que el resultado sea bueno, deberá «armarse de paciencia y ser constante». Quizás entonces puede resguardarse algún día a la sombra de su frondoso árbol familiar.

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