LUCAS MARTÍN
La guitarra encallada en la penumbra. Rod Stewart y su cara alucinada, olisqueando las ráfagas de hierba, perdiendo tachuelas de la cazadora en el contacto con la luna. En 1978, el rockero se había reblandecido y no precisamente en sus canciones. Su llegada a Marbella, precipitada por sus amistades, y no por el mundial de Naranjito, como presumen algunas de sus biografías, le reportó un periodo parecido a una olimpiada floral, a una balada perpetua.
El artista, siempre propenso al mujerío, ensayó en la Costa del Sol su romanza, su redondilla. Se le veía con los ojos supinos, a la caza de las góndolas, mirando distraídamente el paseo marítimo. Stewart se enamoró en la provincia y lo hizo al modo parisino, convirtiendo cada rincón en una especie de cancionero íntimo, de paraíso, como si fuera un charcutero de Brimingham. Igual, pero con mucho más dinero, emparentado con las grandes figuras de Hollywood, a su modo nobiliario y Falcon Crest, aunque sin perder el salvoconducto de frescura de la música.
El artista vivió sus mejores días con Alana Hamilton en la Costa del Sol, en 1978, y ambos quisieron repetir después de casarse, en la luna de miel. Marbella era su sortilegio y no los safaris africanos ni las calles de Venecia. Una consideración que, en el caso de Rod, tuvo un eco liviano y múltiple, con la transformación de Málaga, y, sobre todo, de sus playas, en escenario predilecto para sus amoríos.
Entonces, sin embargo, todo era más blanco, más azul, de arena más fina. Stewart andaba en éxtasis, huyendo de la prensa, pero confesando a la vez a sus allegados algunas frases que el tiempo ha transformado en ironía. En la primavera de 1979, durante su luna de miel, el rockero empezó a fantasear por primera vez con la posibilidad de comprarse una casa en Marbella. Aquí tenía a sus amigos y el recuerdo límpido de sus delirios purpúreos con Alana. Y vaya si lo hizo. Y de buen grado. Hasta que topó con la avidez del pelotazo y de la ballena rojiblanca, justamente lo contrario al bicho de los huevos de oro, con capacidad para convertir en mugre todo lo que tocaban sus dedos de ladrillo.
Futuro con maleficio
Sí, Rod Stewart sufrió las tropelías instauradas por Jesús Gil, pero entonces todavía estaba lejos de pensar que le habían tomado el pelo, que el paraíso tenía una fórmula, la de la corrupción, que mudaba lentamente en pesadilla. El músico no estaba para los cálculos y las profecías. Lo suyo era la esencia de ángel y la margarita, los paseos con Alana.
La California de Europa
La pareja asumía un trayecto mucho más largo del que se preveía. Los Stewart eran buenos ingleses, pero habían decidido mudarse a Estados Unidos. En estas cosas la vida nunca cambia: una cosa es la patria, y otra la carga impositiva. Rod se sentía más cómodo en California, donde los impuestos sonaban menos, especialmente si se gozaba de una fortuna como la suya. Al músico le gustaba Los Ángeles, pero menos que la Costa del Sol; era la época en la que Marbella le ganaba la partida a Miami, Palm Beach y hasta a Sonny Crockett en calzoncillos.
La fidelidad al destino
La provincia estaba de moda y convencía a los paladares más exquisitos. Rod Stewart, doblemente embriagado, una con el lugar y otra con sus planteamientos dulzarrones, abrasivos. El hombre de los 150 millones de discos perdió el norte con la Costa del Sol y se convirtió en algo más que un turista, un residente a tiempo parcial, un cónsul en los camerinos del rock, en los besamanos de los dólares, del cine. Incluso después de que se apagara la candela de su matrimonio; el cantante llegó a encandilarse de una vecina del barrio de la Cruz del Humilladero, en Málaga, adonde acudía de incógnito, aunque sin enmudecer las llantas de sus modelos deportivos.
En 1978, sin embargo, el romance, las sonrisas eran sólo para Alana. Su mánager y secretario, Billy Gaff, aseguraba que la pareja había sido tan feliz en 1978 que lo primero que hizo a su regreso fue planificar la boda y, sobre todo, el viaje, la luna de miel, a la california del sur de España, con menos Schwarzenegger y más gobernadores civiles.