Cosas del rebalaje

La mujer que se enamoró de Málaga (II)

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RAFAEL ALDEHUELA Mi primer año de estancia en Málaga fue el más feliz de mi vida. En compañía de mi cuñada y amiga María nos recorrimos la ciudad de punta a punta. Málaga siempre fue una ciudad muy hermosa, por eso, nunca mis ojos se cansaron de admirar sus rincones. Me gustaba en especial visitar a la mujer del vigía, una mujer mucho mayor que nosotras pero con la que nos encantaba compartir largas charlas sobre esta ciudad. Desde su casa, subida en lo más alto del monte de Gibralfaro, se puede ver toda la ciudad en su maravilloso esplendor.

Hacía el oeste se divisa la raya del río que todavía lleva las aguas del invierno y se ven también las huertas que lo adornan y las casas nuevas del barrio de los percheleros. Se ve claramente la Alhóndiga y todo el perfil de la muralla que tuerce imponente al norte, donde se asoma la puerta contigua al puente por donde entran los carreteros a servir sus mercancías. Al sur, se ve la torre gorda y el mar y siguiendo su línea con la mirada, se puede ver toda la costa y hasta el pueblecito de Torremolinos, de donde antes venía el agua, hasta que la mandara traer del río nuestro buen y santo obispo.

La calle de Carretería sigue nada más cruzar la puerta de Santo Domingo y pasa por detrás de la Plaza Mayor, donde está la cárcel y el ruinoso Ayuntamiento. Desde aquí, se ve también algo de la raya de la calle nueva y la puerta del mar. A la derecha, dentro de la muralla se pueden ver los conventos de la Merced y de los monjes de San Pedro de Alcántara, justo al lado de la casa donde vivimos y justo a nuestros pies La Alcazaba, que mi esposo no me permite visitar porque está llena de gente que nada tiene que perder y sí mucho que ganar con la visión mía y de mi cuñada y que parece ser que es un castillo donde vivían hace unos doscientos años los moros. Un edificio misterioso que dicen que esta comunicado por pasadizos subterráneos con la Iglesia de Santiago y que, al lado de sus murallas, cuentan que todavía está enterrado un teatro romano.

Mirando al mar está la torre de vigilancia del marido de nuestra anfitriona, el señor Carrión de Mula, y un pequeño puerto donde embarcan los productos del campo, higos, zarzamoras, vino dulce y telas que los ligures y portugueses que aquí viven trafican por medio mundo. Está también la playa y se pueden ver las casas que están construyendo pegadas a la alameda que ya casi no existe y enfrente, donde se viene celebrando la vendeja, han abierto una calle, donde mi esposo ha construido algunas casas, en un carril paralelo al mar y que termina en la desembocadura del río, donde la chavalería recoge coquinas.

En compañía de María y custodiadas por algunos criados, no era raro vernos correr por toda Málaga, como cuando fuimos a casa del señor obispo para visitar a su sobrina y nos regañó aquel cura cascarrabias que luego estuvo preso por las cosas que contaba en sus libros.
Recuerdo que cuando salió de su encierro, fui a visitarle junto con mi esposo, porque aunque nunca estaban de acuerdo el uno con el otro, sí se tenían mucho respeto. Él se acordó de mí, pues me preguntó por mi compañera de carreras y de tormentos. Al poco, María y yo, cuando se puso enfermo, íbamos asiduamente a visitarlo y disfrutábamos mucho de las cosas que nos contaba, pues este hombre lo sabía todo de esta ciudad y yo, que me había enamorado de ella, quería descubrir todos sus secretos.

Aunque tenía mucho genio, siempre nos profesamos gran afecto, tanto que mientras todos le llamaban por sus apellidos que eran Medina Conde, a mí siempre me permitió llamarle Cristóbal y siempre tuvimos juntos la misma pasión por los mismos lugares secretos.

Con él conocí una higuera de muchos años que hay detrás de los patios de la Judería, justo detrás del palacio de los Condes de Buenavista, casi enfrente de donde mi esposo está terminando un palacete para el Conde de Villalcázar, gran amigo de mi esposo y con quien proyecta unos jardines en donde están las casitas de Churriana y tenía hogar un obispo muy famoso llamado Alonso de Santo Tomás, que parece ser que fuera hijo de nuestro señor el rey Felipe IV y que ahora son tierras del Conde y están bastante abandonadas. Cuando murió Cristóbal, mi amigo, este viejo cura cascarrabias, vine a llorarle a la higuera, quizás como preludio a las muchas lágrimas que hubieron de llegar después.
Quiso Dios, cuando más feliz eran mis días, regalarme, fruto del amor que profeso a mi esposo, la ventura más grande y más hermosa que ninguna mujer haya tenido en su vida, pues tuve la hija más maravillosa que jamás conocieron los ojos del mundo.

Yo la peinaba embobada, mirando su carita morena al brillo de las llamas del hogar mientras sus ojos interrogadores no cesaban de mirarlo todo y una boca parlanchina alegraba con su voz, la música mas hermosa que jamás oyeran mis oídos, mis días.

Diez años estuvo conmigo, diez años que junto a mi esposo me ayudaron a soportar la muerte de cuatro de mis hijos, por eso, cuando murió, se me quebró el alma para siempre y me morí yo también con ella. Sólo paso mis días esperando que llegue pronto el momento de encontrarla de nuevo y, si no me he tirado al mar para ahogarme dentro, es por no cometer pecado y así tener seguro el momento de volver a vernos.

Cuando mi hija, María, se murió de pestilencia, mucho niños de Málaga se murieron también con ella. Fuimos muchos los padres que llorábamos con un solo grito y una sola voz la pérdida de nuestros hijos. La dimos cristiana sepultura en el Convento de San Pedro de Alcántara, junto a mis otros hijos muertos, desde donde entonces un trocito de tierra de Málaga está besando sus tempranos cuerpos.
Me fui cuando pude a la higuera y lloré todo lo que supe mientras me golpeaba el pecho, después corrí, como cuando corría las calles junto a mi cuñada y casi sin perder el resuello volví a la casa del vigía, y allí, en el monte de Gibralfaro, con toda Málaga a mis pies, juro que escupí al cielo y caí de rodillas llorando.

Lejos quedan mis años mozos y ahora ya soy una vieja. Sin hijos y enferma, mi esposo está en Ronda haciendo un puente en su Tajo y yo me encuentro tan sola que ya ni los recuerdos pueden llenar mi tiempo. Solo me alegra caminar cada día las calles de Málaga, oler el pan recién hecho del horno que aquí se encuentra, mientras voy a visitar la tumba de mis hijos y al fondo se ve la única torre de la Catedral que está parada y parece no va a acabarse nunca…

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